Historia de un crimen

A sangre fría –de Truman Capote- es un ejemplo sangrante de que no erraba Jean-François Revel cuando afirmaba que la mentira es la primera de todas las fuerzas que mueven el mundo. Y muy especialmente en el periodismo, podríamos añadir, ya que el único freno a la falsificación de los hechos es la probidad personal, de la que Truman Capote tenía tanta como cualquier ser humano, es decir, muy poca.

  Esto es lo que se desprende de la ponencia de Xavier Pericay en nuestro cinefórum. Pericay comentó Historia de un crimentitulada en inglés Infamous-, película que narra algunos detalles del proceso de elaboración y documentación de la que pasa por ser un ejemplo de reportaje de investigación modélico, hasta el punto de ser considerada como el inicio del Nuevo Periodismo. A sangre fría es una novela de no ficción que sigue siendo de lectura obligatoria para los alumnos de todas las facultades de periodismo españolas. Y sin embargo, se conocen muchos datos actualmente, que demuestran que su autor prefirió que la realidad no le estropease un producto redondo para el gran público gracias al cual, además, se hizo rico y mundialmente conocido.

Xavier Pericay –que ha ejercido el periodismo profesionalmente y ha impartido clases de varias asignaturas en facultades de periodismo de Barcelona y Palma- comentó algunas de las deformaciones interesadas que Capote hizo, para llegar posteriormente al fondo de la cuestión, en donde radica el verdadero problema -de cariz epistemológico- y que trata sobre cómo sabemos lo que creemos saber… Considera Pericay que el lector de periódicos debe preguntarse  cómo sabe el periodista lo que le sirve como verdad contrastada, y no dar por supuestas virtudes que cabe exigir a los periodistas responsables, no sólo porque pueden carecer de la objetividad que deberían tener como  bandera, sino por el sesgo ideológico que introducen los medios o las personas para las que trabajan. Eso le haría ser precavido y menos manipulable en nombre de intereses de toda índole que deforman deliberadamente la realidad. Lamentablemente, no abundan los lectores que se hagan esa pregunta. Si sumamos a esto que la ficción basada en hechos reales tiene un plus de fascinación de por sí, más se desdibuja la diferencia entre hechos y quimeras cuando el periodista desdibuja los límites entre ambos, o los explota. Y en este sentido, Truman Capote consiguió hacer pasar su novela como un minucioso trabajo de reporterismo fiel a la realidad, extremo que no deja de ser un mito.

 

Joaquín Zapata comenta “Wall street”

La prueba del interés que suscitó el último ponente de nuestro cinefórum,  es que se produjo el coloquio más largo de los que ha habido hasta ahora.  Joaquín Zapata –Licenciado en Ciencias de la Información y especializado en información económica-, reúne unas condiciones excepcionales para acercar a los profanos el mundo de la Bolsa y contrarrestar los mitos que lo rodean. Zapata suma a una larga experiencia tanto en España como en EEUU –debutó en el Mercado de Materias Primas de Chicago y ha colaborado con casas de intermediación de Wall Street- la virtud de la docencia especializada, a la que se dedica preferentemente en la actualidad.

Para Joaquín Zapata, Wall street –dirigida en 1987 por Oliver Stone- es un fiel retrato que apenas ha envejecido, y cuyos personajes recogen las presiones, ilusiones y sueños no siempre realizados que puede producir la fascinación por la posibilidad de ganar mucho dinero. No obstante, de sus comentarios se desprende que un inversor medio, se verá libre de incidir en los estereotipos habituales. Nadie disfruta del don de la adivinación, motivo por el que destacó que la Bolsa da grandes lecciones de humildad a diario. La imprevisibilidad de la evolución diaria de la cotización es una constante que como máximo puede reducirse, pero nunca eliminar del todo. De ahí que diera importancia a ciertos fundamentos que debe manejar el inversor medio: algunas herramientas básicas de análisis de gráficos y estadísticas, una actitud siempre templada ante los acontecimientos, jamás endeudarse para invertir en Bolsa el dinero que se necesite para la vida cotidiana, tomar medidas de protección conocidas como stop loss, y tener un conocimiento lo más objetivo posible de la situación económica general. Capítulo aparte -pero no por ello menos importante- son las reacciones psicológicas ante los golpes de buena o mala suerte, a los que Zapata dedica especial atención en sus cursos. Recordemos que las cifras oficiales hablan de  9 millones de españoles que invierten sus ahorros en Bolsa. De ahí que comentara las 10 cosas más tontas (y peligrosas) que dice la gente sobre el precio de las acciones, que divulgó el exitoso inversor Peter Lynch:

1. Si ya ha bajado tanto, no puede bajar más.

2. Siempre se sabe cuándo ha tocado fondo.

3. Si ya ha subido tanto, no es posible que suba más.

4. Sólo cuesta 3 euros la acción. ¿Qué puedo perder?

5. Con el tiempo todas vuelven.

6. Cuando rebote a 10€, yo vendo.

7. Tarda demasiado en suceder algo.

8. ¡Mira todo el dinero que perdí por no comprarla!

9. Esa me la he perdido, pero la siguiente no.

10. La acción ha subido, yo tenía razón. La acción ha bajado, me equivoqué.

 

La dilatada experiencia de Joaquín Zapata le permite sumar al conocimiento de la materia, las sensaciones que le dan los valores para tomar decisiones como inversor.  Por todo ello, y dado que el desarrollo de la informática ha puesto al alcance de todos el mundo de la Bolsa, recordó a los asistentes que se pueden obtener fácilmente mayores rendimientos que los que ofrecen los bancos en los fondos habituales de inversión. Y por encima de todo, la satisfacción de gestionar autónomamente sus propios recursos.

3º sesión de cinefórum. “Teléfono rojo: volamos hacia Moscú”

Dos son los motivos por los que es una satisfacción presentar el cinefórum de UPyD: se consolida la afluencia de un público que llena la sala, y la calidad de los ponentes invitados despierta siempre el máximo interés. En nuestra última sesión, Fernando Navarro –recomiendo su blog (http://www.navarth.blogspot.com.es/)- comentó lúcidamente la magistral película “Teléfono rojo: volamos hacia Moscú”, dirigida en 1964 por Stanley Kubrick.

Navarro afirmó que el enfoque humorístico en forma de parodia sobre el belicismo –muchos personajes son desaforados o ridículos- no debe eludir las importantes cuestiones de fondo que se suscitan. En la actualidad, es frecuente contemplar la Guerra Fría, y la terrible amenaza de una guerra termonuclear, como un caso de estupidez de los políticos y de paranoia generalizada (especialmente de los norteamericanos, claro está). Esta visión permite reafirmar la manía antinorteamericana, y nuestro sentimiento de superioridad moral (“estos americanos, tan obtusos como siempre”). Y por otro, porque permite pensar que un hecho real fue sólo una pesadilla, un mal sueño generado por unos políticos chiflados que no supieron cómo afrontar una crisis. Hay que decir que esta visión de los americanos como paranoicos se obtiene de una forma muy sencilla: se aparta de la escena a su contrincante. Es como si en una escena de boxeo, borráramos a uno de los púgiles: quedaría el otro dando puñetazos al vacío como un tonto, con el espectador diciendo ¿y éste qué hace? Pero lo cierto es que los americanos no eran especialmente tontos, ni absurdamente paranoicos. La amenaza existía realmente. Existía un bloque comunista con vocación expansiva y con armas termonucleares disponibles. Es muy posible que, los que ahora sonreímos ante la paranoia americana, si hubiéramos vivido en EEUU, en plena Guerra Fría, nos habríamos apresurado, por ejemplo, a construir un refugio en el sótano. Cabe preguntarse, por ejemplo, cómo hubiéramos actuado cualquiera de nosotros en una situación parecida; de hecho, la crisis de los misiles en Cuba había estado cerca de desencadenar la guerra en 1962.

Navarro se detuvo en el trasfondo gnoseológico del asunto: señaló las limitaciones que tenemos para imaginar la probabilidad que habríamos atribuido al desarrollo de escenarios cuyo desenlace ya conocemos. Tendemos, cuando conocemos un resultado, a atribuirle una cierta inevitabilidad, y a pensar que, desde el principio, este era el desenlace más previsible. Esta ilusión cognitiva se conoce como la falacia del “lo supe desde el primer momento”. Se ha comprobado experimentalmente que deformamos nuestras predicciones sobre lo que va a pasar, según lo que haya ocurrido de hecho: es decir,  mantenemos que considerábamos muy probable que algo iba a pasar, después de que pase. Pues bien esta ilusión cognitiva, que hace que reordenemos nuestras creencias según lo que efectivamente ocurre, está presente:

1)      Sabemos que la guerra termonuclear no se produjo.

2)      A posteriori, atribuimos a lo que ha ocurrido una probabilidad mucho mayor de la que le habríamos asignado previamente.

3)      Nos burlamos de los políticos pensando que eran unos exagerados y unos paranoicos.

Dado que a posteriori todos parecemos sabios, Navarro recordó las palabras de Daniel Kahneman sobre lo ingratos que podemos llegar a ser con los políticos:

   “Nos apresuramos a criticar a los que toman las decisiones (los políticos) por decisiones que, con los datos de los que disponían eran correctas, pero funcionaron mal, y a reconocerles poco mérito por decisiones acertadas porque a posteriori parecen obvias.”

Navarro observó además uno de los tres papeles que tiene Peter Sellers en la película, y que figura en el título original en inglés: el Doctor Strangelove.  En las escenas finales, éste hace planes delirantes para organizar la vida humana después de la devastación de la guerra nuclear, quitando importancia a que sólo sobreviviría un 1% de la población.  Lo relevante del asunto es el parecido con los análisis escritos en 1960 por Hermann Kahn, físico y consultor de la RAND Corporation, un think tank creado para ofrecer asesoramiento a las fuerzas armadas norteamericanas.

Para terminar, Navarro comentó que los nombres de los personajes tienen connotaciones sexuales: el general Jack D. Ripper (tiene que ver con Jack el destripador); el general Turguisson (se refiere a la turgencia del personaje obsesionado con sus fluidos corporales después de sufrir un episodio de impotencia); Mandrake alude a la mandrágora, conocido afrodisiaco; Strangelove,… Incluso, el del presidente, Merkin Muffley, con un sentido verdaderamente sarcástico.  En resumen, parece como si Kubrick nos estuviera enviando un mensaje: todo se debe a un exceso de testosterona. Al principio, un avión nodriza protagoniza una estética cópula al abastecer a otro, cuando la guerra ya es inevitable, los protagonistas están encantados porque van a poder encerrarse en un búnker con un harén formado por jóvenes debidamente seleccionadas para repoblar el planeta, etc. ¿Pero depende entonces todo de que los humanos tengan una buena voluntad? ¿De tener políticos sensatos en lugar de dominados por sus impulsos sexuales?

Para Fernando Navarro, esta visión moralista es lamentablemente insuficiente. La teoría de la decisión racional, con ejemplos como el conocido dilema del prisionero, demuestran que nada es así de simple. De ahí que todo político deba ser consciente de que al ejercer el poder, va a tener que trabajar con muchos condicionantes que convierten el purismo idealista en una opción descabellada, que los mismos ciudadanos rechazarían si les perjudicara. La peculiaridad de la Guerra Fría, lo que la convierte en algo horrible, es que parece ser un escenario de laboratorio, diseñado específicamente para demostrar que hay ocasiones en que, los condicionantes son tan diabólicos, que queda muy poco margen para la voluntad de los hombres, que se ven incapaces de evitar el camino al desastre, y a los que sólo cabe esperar que el azar juegue a su favor, concluyó Fernando Navarro.

“M, el vampiro de Düsseldorf”

Es una satisfacción ampliar la lista de colaboradores en nuestro cinefórum. Juan Antonio Horrach participó por primera vez como ponente el pasado día 15 de noviembre, y esperamos que vuelva a hacerlo de nuevo. Sabíamos a priori que Horrach reunía condiciones excepcionales para un acto de este tipo. Los hechos no hicieron sino confirmar nuestra sospecha.

Como buen cinéfilo que es, Horrach tiene entre sus favoritos a directores como Ingmar Bergman, Robert Bresson, Stanley Kubrick o Fritz Lang. Hay que destacar además, que presentó en abril de 2012 su tesis doctoral sobre René Girard, titulada “Hacia una fenomenología del desarraigo. El lugar de la filosofía en el proceso mimético-sacrificial de René Girard.” Un trabajo fenomenalmente escrito que trata aspectos literarios, psicológicos, históricos, antropológicos, sociológicos y filosóficos, siempre a la luz de las teorías de Girard. Precisamente, la película de Fritz LangM, el vampiro de Düsseldorf”, dio pie a comentar algunos conceptos centrales de las teorías de Girard, como son la función purificadora del chivo expiatorio en épocas de convulsión social, o la estructura mimética de la conducta individual al convertirse en masa.

Sin embargo, a lo largo de la presentación de nuestro invitado y del coloquio siguiente, se trataron temas que nunca pierden vigencia, gracias a los cuales las grandes obras de la literatura y el cine se convierten en clásicos. De hecho, a pesar de tratarse de una película de 1931, se destacó que “M, el vampiro de Düsseldorf” apenas ha envejecido. Resumo muy brevemente los temas comentados e invito a los lectores a ver el vídeo enlazado a continuación.

  1. El papel del estado como garante de una justicia imparcial frente a las reacciones  emocionales que conducen al linchamiento.
  2. La dificultad de determinar el grado de responsabilidad individual en los casos de criminales cuyo diagnóstico oscila entre la psicosis y la psicopatía.
  3. Posibles conflictos entre el Derecho Penal,  los derechos de los acusados, y la seguridad de la sociedad.
  4. La cadena perpetua como respuesta a los casos de criminales sin curación posible.                                                                                                                                                                                                                                                                              

“La ola”. Se reanuda el cinefórum.

Recomenzar el cinefórum de UPyD con el profesor Arturo Cadenas es ya, además de un lujo, un clásico. No en vano es la tercera vez que participa con nosotros abriendo el ciclo.

El planteamiento de Cadenas fue diferente al habitual en un cinefórum, pero propio de cinéfilos exigentes. Si a eso sumamos que se trata de un Doctor en Filosofía del Derecho,  que ha reflexionado y analizado los fundamentos y consecuencias de ciertas corrientes actualmente en boga, el nivel de exigencia aumenta, pues se espera de un buen guionista y de un buen director, que distingan entre lo esencial y lo secundario, si pretenden dar a su obra rasgos de verosimilitud. Porque ése es el punto débil que Cadenas criticó de La ola.

Los movimientos totalitarios no se sostienen –de hecho, ni siquiera nacen- sin un núcleo duro de  unas pocas ideas muy superficiales, con impacto emocional pero sin base racional, que son repetidas hasta la saciedad, de forma que una masa de indoctrinados las ponga en práctica sin freno moral alguno. Pues bien, sin este aglutinante que catalice otros factores secundarios –de cariz sociológico, económico, o psicológico-  se desenfoca completamente qué da origen al totalitarismo. De ahí que Arturo Cadenas, contestara la pregunta que Rainer Wenger –el profesor de instituto al que se le ocurre un experimento para explicar a sus alumnos qué son las autocracias- plantea en clase: ¿podría repetirse otra dictadura al estilo nazi en la Alemania actual? Sin un núcleo duro de creencias, es decir, sin una ideología, la respuesta es que no, y esto es precisamente lo que Cadenas echa en falta en la sucesión de episodios de la película. Sin un catalizador intelectual y moral, unos amigos adolescentes en busca de cohesión grupal, no se convierte en un movimiento totalitario. Sobre este particular, es inevitable observar la diferencia entre Rainer -un angelito candoroso caído del cielo- y quienes se valen de las instituciones educativas para imponer sus convicciones identitarias desde la más tierna infancia, introduciendo en las aulas lo que a todas luces falta en La ola.

Al señalar las deficiencias de La ola (Die welle), Cadenas dio indirectamente mayor relevancia a la ponencia con la que inauguró el acto. En un contexto postmoderno de relativismo casi absoluto sobre verdades y valores, de bajísima resistencia a la frustación, de hedonismo acomodado, de poca voluntad y capacidad para el esfuerzo, sin olvidar una tremenda ignorancia, pueden darse las condiciones para la reaparición de mitos irracionales que las conquistas políticas y filosóficas occidentales, tardaron siglos en derribar. De ahí que Cadenas destacara la conversación de dos jóvenes aburridos –y algo bebidos- que en la película, echan en falta la existencia de una meta colectiva por la que “hacer piña”. El peligro consiste en que la crisis de valores en que se encuentra la democracia liberal, favorezca una vulnerabilidad intelectual y sentimental, que renuncie al progreso moral en nombre de un omnipresente fast-food cultural. De ahí el peligro que el ultranacionalismo, el fundamentalismo de cariz religioso y movimientos asamblearios callejeros -ejemplos reales de ideologías esencialistas-, pretendan adueñarse del espacio público en nombre de lo contrario de lo que realmente son.    

    

Ciclo de cine políticamente incorrecto. “La naranja mecánica”.

Ha sido un placer concluir el segundo cinefórum de UPyD en Baleares, sobre cine calificable como políticamente incorrecto.

En el improbable caso de que hubiera habido alguien presente en la sala que viera “La naranja mecánica” –como en efecto, los hubo- por primera vez, o que no la hubiera visto en mucho tiempo, confieso mi envidia. Recuerdo el impacto visual, temático y musical que me produjo esta obra maestra -entre otras filmadas por Stanley Kubrick- cuando la vi primera vez. Tanto es así, que como ocurre con todo lo que produce profunda impresión en el público, traspasa las fronteras de la simple ficción, y provoca fuertes reacciones, sean de rechazo o admiración. Porque en cuanto algunos jóvenes cometieron algunos delitos en Inglaterra después de su estreno, se estableció una relación causa-efecto, de forma que incluso un primer ministro hizo declaraciones requiriendo la recuperación de la censura, y algunos alcaldes la prohibieron en sus respectivos municipios.

Kubrick fue amenazado de muerte. Vivía en las afueras de Londres con su mujer e hijas, y pidió a la Warner que retirara la película de la cartelera,  cosa que consiguió,  a pesar de los ingresos que ya estaba generando. La Warner Brothers no quería enemistarse con él, dado que sus películas eran garantía de éxito, y el hecho es que La naranja mecánica no volvió a verse en una sala de cine británica hasta 26 años después, lo cual es sorprendente tratándose de la democracia más antigua del mundo. Algunos aspectos de la película pueden parecer desde el presente osados para la época: por primera vez se filmaba una violación, entre carcajadas y cantando Singing in the rain,  melodía vinculada en la mente del público a la danza, la felicidad y el amor. Otros han señalado el contexto de conflictividad y movilizaciones sociales, más el problema irlandés precipitándose hacia lo peor, como factores que perjudicaron la acogida de la película.

A mí –que prefiero analizar una obra en sí misma más que por el contexto- me parece una de las películas más políticamente incorrectas de la historia del cine. Hay quienes la han incluido en el conjunto de las distopías, como Un mundo feliz o 1984. El mismo Kubrick no compartía esa clasificación –más bien le sorprendía- y afirmó que sólo quería hacer ficción. Yo me siento más identificado con quienes la consideran como una comedia negra, en la que ciertamente no se salva nadie, y en la que uno tiene la impresión de que el director siempre está muy por delante del espectador, al que está retando a reconocerse en un espejo del que no sale favorecido.

     La naranja mecánica narra una historia cruda, sin concesión sentimental alguna, en la que partiendo del sadismo de su protagonista, y sin pretensiones moralizantes, se sugieren muchos temas, de los que destaco uno: el grado de coacción adecuado para combatir el crimen. El tema más políticamente incorrecto queda plasmado en la conducta del intelectual (Patrick Magee)-personaje sobre el que reclamo especial atención- pues es natural exigir a las autoridades que nos defiendan de los delincuentes, y eso puede implicar a su vez  otras formas de coacción que en el fondo consideramos justificada cuando somos nosotros las víctimas. Lo más interesante es la profunda contradicción cuando -en nombre de unos valores ilustrados y humanitarios- decimos que rechazamos sin más la venganza o la violencia, para practicarla después con fruición si somos sus víctimas. De ahí que el intelectual –y sus amigos periodistas- sean los peor parados de la película: cínicamente criticarán por motivos políticos aquello que sienten, hacen y aprovechan secretamente.  Aclaremos que en este caso, la violencia se nos presenta en su nivel más inquietante, es decir, no como medio para conseguir fines concretos, cosa que puede entenderse y es la forma habitual de tratarla (como mecanismo de defensa, como resultado de la desesperación, el heroísmo por una causa justa, la miseria, etc.), sino en su manifestación más descarnada: por puro placer, pues Alexander DeLarge –el protagonista- tiene todos los rasgos de un psicópata. De ahí que inevitablemente uno se pregunte cómo reaccionar ante el mal desinhibido en forma de joven no inmoral sino amoral, que carece del más mínimo principio de empatía. Por cierto, sobre este particular no quiero dejar de decir que la calidad del doblaje es tal –Kubrick dirigía personalmente todas las facetas de sus películas- que la voz en off de Malcolm Mcdowell en el que fue el papel de su vida, no deja indiferente al espectador. Es sarcástica, inteligente, carismática, hipnótica, hasta el punto de que logra lo que él no hace con sus víctimas: ponernos en su lugar y en más de una ocasión, hacernos reír.

Kubrick nos retrata como somos, sin melindres gazmoños. Es ingenuo promover la justicia y el bien mediante la razón, sin poner  en juego mecanismos más básicos, más contundentes, y coactivos en términos de manipulación de la conducta. Sobre esto en particular, distingo tres niveles de complejidad ética creciente:

1º nivel: la manipulación de la conducta. El condicionamiento clásico o respondiente que descubrió Pavlov, aplicado intencionadamente como ingeniería de la conducta a un humano, como tesis fundamental del conductismo: la conducta no tiene misterio ni secreto, pues no es sino una variable que depende de los condicionamientos adquiridos. El cura de la prisión planteará el discurso tradicional sobre la libertad desde la perspectiva cristiana; es la elección moral y consciente la que nos convierte en seres humanos. Rechaza así el modelo de caja negra del conductismo, de forma que creer en la libertad se debería a nuestra ignorancia sobre el origen de la conducta.

2º nivel: el juicio que merece la posibilidad de la manipulación. Se plantea el problema de entregar al poder político –muy destacable la actuación de Anthony Sharp como Ministro del Interior- mecanismos de manipulación.  En este sentido, además del discurso moralizante del cura, el intelectual mantiene un juicio muy negativo desde instancias filosóficas, políticas y éticas. Ambos chocan con la lógica científica del Dr. Brodsky.

3º nivel: más profundo y que nos afecta a todos. Cuando nosotros somos la víctima, no distinguimos entre justicia y venganza, es más, no entendemos la primera sin la segunda. De ahí que al mismo tiempo que el intelectual se sirve del condicionamiento de Alex para atacar las inclinaciones totalitarias del poder, se aprovecha del mismo con la misma crueldad o más que la más humilde de sus víctimas. La razón dicta una cosa, pero la pasión otra muy diferente. Y esa disociación entre lo que pensamos y lo que hacemos da origen al giro del Ministro del Interior (Anthony Sharp), que como superviviente de la política que tiene que ser, está dispuesto a hacer lo que manden las circunstancias del momento, es decir, la opinión pública. De ahí que tanto pueda protagonizar la lucha contra la delincuencia, como convertirse en el mejor aliado de Alex, y ser tan amoral como él mismo. El fin –el poder- justifica los medios.

¿Cómo mantener a raya a un Alex sin coaccionarle? Este asunto me parece interesantísismo, porque el mismo Anthony Burguess –autor de la novela homónima en la que se basa la película- fue víctima en 1944 de un ataque del mismo estilo: su mujer fue violada por cuatro soldados norteamericanos cuando estaba embarazada –perdió el niño- y a él le dieron una paliza tremenda.  Y aquí, quitémonos las caretas, la cuestión es cómo responderíamos si pasáramos por algo así, si mantendríamos las sutilezas de un discurso políticamente correcto, cuando sentimos precisamente todo lo contrario.

Un aspecto de importancia capital de La naranja mecánica, y difícilmente explicable, es el efecto del fondo musical. Hay quien ha afirmado que con Kubrick la música deja de ser un simple fondo, o una forma de influir en los sentimientos, para pasar a ser parte intelectual de la película. En este caso, clásicos conocidísimos como Beethoven, Elgar, Purcell, Rossini etc., acompañan sorprendentemente bien a unas escenas con las que a priori parecen incompatibles. A los clásicos hay que añadir la música sintética de Wendy Carlos. Por lo demás, el uso magistral que hace Kubrick del zoom, me parece un recurso técnico destacable.

Afortunadamente, la participación del público en el coloquio compensó sobradamente la pobreza de mis notas. Cito pues los principales temas sugeridos:

-la relación de la conflictividad social británica de los años 70 con el reflejo de las clases sociales en la película.

-la reinserción del delincuente como principio constitucional, y el rechazo que produce en la opinión pública su coste económico.

-la educación como origen de las conductas antisociales.

-la dificultad de escapar del pasado.

-la aceptación de la naturaleza innata de cada sujeto, frente a los intentos del poder en transformarla en lo contrario de lo que es.

La conspiración. Ciclo de cine políticamente incorrecto

 

Tan importante como la calidad de las películas, es la talla de los ponentes con los que contamos en nuestro cinefórum. El pasado jueves, Chema Solera Orbis sacó un rendimiento extraordinario a la última película dirigida por Robert Redford: La conspiración. Aun sin ser calificable a priori como políticamente incorrecta (tal y como anuncia el título del cinefórum), pues defiende posiciones que se salvaguardan oficialmente, e incluso recurre al maniqueísmo, Chema Solera supo entrever agudamente las preguntas que la película suscita y que generan un vivo debate –como de hecho ocurrió-  pues afectan al núcleo de problemas clásicos en la historia de la humanidad.

1)      ¿Puede un hombre solo enfrentarse con el monumental aparato del poder de los estados?

     Frederick Aiken, el abogado defensor de Mary Surratt que evoluciona de un escepticismo desentendido a ser el único en creer en su inocencia, pagará un alto precio personal por su coherencia e integridad. No en vano se enfrenta a la opinión pública y a un establishment que, dadas las circunstancias históricas del momento, necesitaba un castigo contundente y rápido, que reafirmara la permanencia, la solidez de un estado que acababa de ser descabezado en el atentado que acabó con la vida de Abraham Lincoln. Mutatis mutandis, Chema Solera estableció el paralelismo entre el abogado y UPyD, un partido pequeño entre gigantes.

2)      ¿Es posible mantener el orden –los principios y valores- entre el caos y el desorden?

Es fácil mantenerse firme y fiel a los principios cuando no nos afectan, o somos espectadores desde la comodidad de la distancia. Pero la vivencia real de las cosas, altera nuestra percepción de la responsabilidad. De ahí la respuesta del Secretario de Estado Stanton (Kevin Kline) a Aiken –capitán del ejército de la Unión- cuando éste le reprocha que el proceso de Mary Surratt ha vulnerado los principios legales por los que ha luchado en la reciente guerra contra la Confederación: “los principios sirven para arengar a los soldados, no para dirigir una nación”. La razón de estado se contrapone a la pureza kantiana del clásico fiat iustitia, et pereat mundus, que subyace a la distinción de Weber entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad.

 

3)      ¿Somos influenciables por las características del acusado?

El hecho de que Mary Surratt fuera una abnegada madre, trabajadora y católica, que antepusiera la vida de su hijo – acusado a su vez pero prófugo- favorecen que se empatice con ella, y se comprenda la exigencia de garantías procesales que aseguren un juicio justo. ¿Mantedríamos el mismo nivel de exigencia con otro tipo de acusados? ¿Con todos, como debería de ser? ¿También con un pederasta o un terrorista?

4)      ¿Dónde están los conspiradores? ¿Hay más de una conspiración?

Si los sospechosos de estar implicados en un crimen, son juzgados y condenados precipitadamente por las implicaciones políticas del caso, bien podría plantearse que hay conspiradores entre los presuntos culpables, pero también entre quienes los juzgan. Con el agravante, de que se espera de los segundos una imparcialidad de la que carecen. De ahí que se citara el artículo de Pedro J. Ramírez en el que establecía paralelismos entre la resolución del juicio de los atentados del 11-M en Madrid y el de Mary Surratt.

 

A raíz de estas preguntas se despertó un vivo debate, en el que Chema Solera destacó que siendo el ser humano fundamentalmente movido por impulsos que una pátina de racionalidad no logra controlar, las sociedades avanzadas deben desarrollar mecanismos legales, políticos, jurídicos y económicos que impidan las reacciones más básicas en las que tendemos a incurrir. La monopolización de la violencia en manos del Estado fue un avance capital. Pero nada asegura que éste la use legítimamente siempre. De ahí que desde el pensamiento liberal se haya observado que también el Estado deba ser controlado, sometido a un sistema de garantías, especialmente cuando las circunstancias históricas o presiones concretas invitan a lo contrario.

Shame

La fusión magistral de imagen, guión y música, producen un impacto difícilmente superable. No es la primera vez que Steve Mcqueen da prueba de su talento. En este caso, lo hace como director y coguionista junto con Abi Morgan.

Shame es una película intensa, dura, sin concesiones al sentimentalismo. No hay psicología barata aventurando las causas por las que el protagonista –un adicto al sexo- cae en la espiral que puede llevarle a la autodestrucción,  echando por tierra la relación con su hermana. Tampoco le exime de su responsabilidad. No hay moralina propia de redentores que confunden el arte con la pseudoética. El resultado no es un producto inocuo color de rosa cuyo mayor mérito es la participación de un perrito fenomenalmente amaestrado. En lo formal, no se interpone el efectismo de la música para influir en las emociones, ya que las escenas con diálogos están tan bien concebidas, que se bastan por sí mismas. No obstante, la banda sonora de Harry Escott (Unravelling) –administrada oportunamente- ilumina en momentos puntuales el paisaje urbano de Nueva York.

Las pasiones humanas son pulsiones vitales y necesarias. Ninguna nos es ajena del todo. Una especie indiferente a la pulsión sexual estaría condenada a la extinción. Pero la tensión con la que las vivimos puede desviarse a los extremos, sea por exceso o defecto. Recuperar el equilibrio suele ser la fórmula que nos convierte en humanos. Es un tema central en las grandes corrientes éticas clásicas. En Shame, se contempla sin estridencias que Brandon –el protagonista- tiene, pese a todo, posibilidad de elegir en la lucha que inicia contra sí mismo a medida que se acerca a la pendiente. Aun siendo ése el trasfondo de la cuestión, no espere efectismo sensiblero el espectador, ni mucho menos intenciones ejemplarizantes de las que ya estamos sobrados. Uno agradece que por una ocasión no le traten como a un colegial al que adocenar en uno u otro sentido.

Viendo Shame, uno comprende mejor por qué hace tiempo que se muestra escéptico con el cine español. El 90% de los guiones parecen escritos por el mismo convaleciente de apoplejía: cuando no se trata de repetir las fórmulas comercialmente más rentables del thriller, se intenta provocar la carcajada zafia, se recurre por enésima vez al maniqueísmo guerracivilista, o se somete al espectador al ridículo imaginario que habita bajo la piel de un genio.

      Mención especial merecen los principales actores. Michael Fassbender demuestra –ya lo logró en Jane Eyre- que pertenece a la estirpe de actores como Kirk Douglas, Burt Lancaster o Marlon Brando, que se basan en su incuestionable calidad profesional para multiplicar su imponencia física, y no al revés.  Carey Mulligan – la frágil hermana de Brandon – sorprende sin embargo al espectador en una escena inolvidable en la que  canta New York New York, tema que parecía a priori vedado para siempre, y prohibido a la osadía de versionarla.

¡Bienvenido, Mister Marshall!

Es una gran satisfacción que viejos amigos se incorporen a la lista de ponentes que colaboran desinteresadamente en el cinefórum de UPyD. En esta ocasión, Javier Navarro Ferrer participó como invitado a la última sesión de nuestro ciclo de cine políticamente incorrecto.

Javier Navarro analizó el contexto histórico de ¡Bienvenido, Míster Marshall!

Filmada en 1952, cuando las posibilidades de que España se acogiera a la ayuda norteamericana -para reactivar la economía de una Europa arrasada- acababan de esfumarse. Una de las condiciones para ser incluida en el Plan Marshall, era la relajación en materia religiosa, de forma que se modificara el Foro de los Españoles, que no reconocía libertad alguna al respecto. Franco había hecho la consulta al Vaticano, que tras cuatro años deliberando, se negó a que España dejara de ser exclusivamente católica. El hecho de que se identificara al General Franco con el bando perdedor fue otro motivo para sumirnos en el período que conocemos como Autarquía: el retraso y la pobreza se traducen en que cuando se filma la película, todavía existían las cartillas de racionamiento.

  Javier Navarro comentó otros detalles sobre el Plan Marshall. Dado que el comunismo se había extendido al este de Europa, y había estado a punto de ganar las elecciones en Italia, la administración norteamericana decide resolver definitivamente la histórica y traumática conflictividad en Europa, convirtiéndola en una sociedad moderna, con una numerosa clase media, que disfrute de las ventajas de la democracia y el liberalismo. A la ayuda financiera, se suman iniciativas como el envío de mulas para reactivar la agricultura griega, ó 10 millones de cartas de los inmigrantes italianos a sus familias advirtiéndoles del peligro del comunismo. El modo de vida norteamericano se concreta en productos como el chicle, la coca-cola, los electrodomésticos, la publicidad, el café soluble, etc., privilegios poco extendidos hasta el momento.

Javier Navarro destacó el mérito de los guionistas de la película eludiendo los rigores de la censura del momento. Miguel Mihura (alma mater de La Codorniz), Juan Antonio Bardem (claramente opuesto al régimen) y Luis García Berlanga (más inclinado por el humor en forma de esperpento), consiguieron hacer pasar como una historia aparentemente banal en forma de simple comedia, lo que en el fondo es un retrato crítico de la realidad española y de los viejos defectos que la caracterizan. La picaresca generalizada, el paletismo cazurro, la mitificación del localismo castizo, la cultura del pelotazo que se espera como caído del maná gracias a la ayuda exterior en lugar de al desarrollo interno, la existencia de oligarquías caciquiles con las que congraciarse o el retraso cultural, son aspectos centrales de la película, sobre los que cabe hacer inevitables extrapolaciones sesenta años después. No en vano se destacó que los quiméricos proyectos de los responsables políticos para transformar la realidad, terminan también hoy en día como en ¡Bienvenido, Mister Marshall!, es decir, en sueños dolorosamente rotos, que los ciudadanos acaban pagando con lo poco que queda en sus esquilmados bolsillos.

Sin ser exhaustivo, los comentarios en el coloquio repararon en varias cuestiones:

  1. El recuerdo que suscita la película de una infancia no tan lejana.
  2. La pervivencia de prejuicios antinorteamericanos –que ya no proceden de una iglesia ultraconservadora como en la película- sino del supuesto progresismo de la izquierda, que rechaza tanto más profundamente los rasgos de la cultura estadounidense cuanto más los imita.
  3. El subdesarrollo en que las autoridades franquistas sumieron al país hasta que un grupo de ministros logró introducir cambios que terminaron con la Autarquía.
  4. El actual interés en conseguir la instalación en España de una gran zona de casinos con Las Vegas.
  5. Los guiños intencionados a un público consciente de que había censura en España.

Quinta sesión de cinefórum sobre cine políticamente incorrecto

El próximo jueves 8 de marzo a las 19h., tendrá lugar la próxima sesión del ciclo sobre cine políticamente incorrecto en la sede de UPyD en Palma (Plaza Alexandre Jaume 9, 1º 1ª).

 

      En esta ocasión, Javier Navarro Ferrer –una persona que destaca por lo polifacético de su trayectoria personal y profesional- comentará ¡Bienvenido, Mister Marshall! Javier Navarro Ferrer es Licenciado en Filosofía, y ha sido profesor de esta materia y de Lengua Española, en Baleares y en Estados Unidos. Previa introducción, se proyectará la película, y se abrirá un coloquio abierto entre todos los presentes. Se trata de una actividad gratuita y de libre acceso.

Dirigida por Luis García Berlanga en 1953, y protagonizada por Pepe Isbert, es una de las películas más conocidas del cine español de toda una época, y uno de los mayores éxitos del director valenciano. Basada en un guión en el que participaron Miguel Mihura, Juan Antonio Bardem y el mismo Luis García Berlanga, narra la historia de un pequeño pueblo español, que se prepara para recibir a un comité norteamericano del Plan Marshall, proyecto con el que se inició la reconstrucción económica de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. El ingenio y una ironía no exenta de compasión por la realidad española de la posguerra, dibujan excepcional y desenfadadamente una época que algunos consideran desaparecida para siempre.

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