La percepción como forma de conocimiento (entrevista a Enric Munar)

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El marco de conocimiento de la historia

El marco de conocimiento de las ciencias humanas

Una orientación bibliográfica para alumnos de Teoría del Conocimiento

El documental de Jarabo

Hay quienes enriquecen la democracia cultivando sus virtudes. Hay quienes la denigran aprovechándose de sus puntos débiles. Nunca los populistas han enriquecido la democracia, pero han encontrado en ella su mejor caldo de cultivo. Argumentar, convencer, rebatir y persuadir, son cuatro funciones fundamentales en el ejercicio de la razón dialéctica. Pero habrá que andarse con ojo cuando la persuasión se consuma de espaldas a la razón. La cuestión es que hay formas profundamente engañosas y destructivas de conseguirla, y la competencia intelectual y moral del pretendiente no está garantizada.
Hete aquí que el director y productor de un supuesto documental enarbola su deyección, entregándola en mano al líder nacional de Ciudadanos, de visita en Palma. Este remedo de Leni Riefenstahl sin brillo, es diputado en el Parlamento Balear. Ya sabemos que la creación y recreación con imágenes no siempre se aplican a sacarnos de la caverna. Al contrario, es lamentablemente habitual que en España las desgracias se instrumentalicen por su rentabilidad en términos de propaganda política. El desbordamiento sentimental impide un análisis de los hechos como se suceden, pero no importa, porque no es eso lo que se pretende. Así, ignorando la fatalidad – en lo relativo a la salud es una constante- que provoca una muerte, o el error que pudiera haber habido en el diagnóstico, lo que se prioriza es la culpabilidad como categoría, como explicación intencionada y causal de los hechos. Poco importa que la investigación judicial haya sobreseído la denuncia contra Fernando Navarro -gerente del Hospital de Inca que fue absurda e infundadamente destituido- porque lo que cuenta es seguir intoxicando a la opinión pública, valiéndose de un supuesto documental, aunque la Justicia lo haya dejado obsoleto. No, a estos savonarolas de nuevo cuño, sólo les interesa el esquematismo maniqueo entre buenos y malos con el que lo infantilizan todo.

Lanzmann y Murmelstein

Hace dos años que salió a la luz El último de los injustos, la última parte del monumental documental Shoah, de Claude Lanzmann, considerado por muchos el mejor documental de la historia. Es de celebrar que 70 años después de terminada la Segunda Guerra Mundial, aparezcan documentos reveladores sobre lo que pasó. Pero es sorprendente que Lanzmann se demorara 38 años en publicar el resultado de la semana que pasó en Roma, entrevistando a Benjamin Murmelstein en 1975. Shoah consiste en casi 10 horas de testimonios de víctimas y victimarios a veces en los mismos lugares donde tuvieron lugar los hechos. Sumando El último de los injustos, se alarga hasta las 14 horas de duración. Se trata de un documento histórico excepcional. Así que nada tiene de extraño preguntarse por qué Lanzmann tardó tanto en publicar una parte tan sensible de la verdad.
El mismo Lanzmann afirma en la entrevista que le hace Chris Kijne, que Murmelstein fue una de las primeras personas a las que quiso incluir en su investigación, y, de hecho, una de las primeras a las que entrevistó. Hay, pues, un sorprendente cambio en el orden de los factores: digamos que el primero es el último. Lanzmann demostró su disposición a desvelar las vergüenzas que descubrió -mintió al oficial de las SS Franz Suchomel al prometerle que no divulgaría nada de lo que le contara sobre lo que ocurrió en Treblinka- pero cabe preguntarse si estaba dispuesto a hacer lo mismo con todos por igual, si descubrió algo que no era oportuno sacar a la luz, o si hay otros motivos que expliquen tal retraso. Aclaremos que Benjamin Murmelstein fue casi el único superviviente de todos los Judenräte, los consejos judíos a los que las autoridades nazis encargaban la gestión de los guetos en los que se hacinaba a la población judía antes de enviarlos progresivamente a los campos de exterminio. Y fue la única autoridad superviviente del Judenrat de Theresienstadt, gueto a 60 km. de Praga, organizado y montado para hacer creer al mundo que el régimen nazi se comportaba humanitariamente con los judíos, es decir, para la mentira y la propaganda. Kijne pregunta a Lanzmann por qué tardó tanto en completar su documental. La respuesta es de lo más simple e irrelevante –si no decepcionante- que cabe esperar: Lanzmann reconoce irónicamente que el tiempo que se ha tomado es de record, afirma que es difícil explicarse los motivos, que en realidad se olvidó de Murmelstein (¡sic! m. 33), que la parte que relata no tiene el carácter épico del resto por relatar otra cara de los hechos, y que siempre tuvo el condicionante de no contar con un productor para financiar una película tan larga.
Sin embargo, el contraste entre la respuesta de Lanzmann y el impacto que produce el testimonio de Murmelstein en el espectador, invita a bucear en los aspectos internos y en la lógica interna de los sucesos narrados. El riesgo, también aquí, consiste en la sobreinterpretación que tendemos a realizar con tal de rellenar los vacíos que no sabemos explicar, estableciendo una particular relación causa-efecto, siempre que no demos por satisfactoria del todo la respuesta de Lanzmann, y a moralizar sobre cómo ha logrado sobrevivir quien se haya enfrentado a una situación extrema.
Lanzmann confiesa su admiración por Murmelstein. Le deslumbra su sabiduría, su ironía, su particular clarividencia. Afirma en los créditos iniciales que no miente. Le coge amistosamente por el brazo en la toma final frente al Arco de Tito y le pasa el brazo por los hombros, demostrando que él no es como sus enemigos, que incluso habían pedido su condena a muerte. El espectador avezado tendrá que valorar hasta qué punto la empatía entre entrevistador y entrevistado influye en el documento, como lo haría la antipatía. Lanzmann explica a Kijne, que tuvo que seleccionar lógicamente entre el material filmado durante una semana para confeccionar El último de los injustos y que no siempre incluyó lo que denomina bad side of the story. Por ejemplo, el caso de un joven que suplicaba a Murmelstein que hiciera lo posible para sacarlo de la lista de deportados en el próximo tren a Auschwitz, con lo que eso implicaba. Murmelstein siempre se negó a confeccionar lista alguna, también a alterarlas, pues la salvación de una persona significaba el sacrifico de otra. Cuenta Murmelstein que días después se encontró al joven muy alegre… había sido un error, era otro nombre el que figuraba en la lista, así que se alegraba de haber tenido la suerte de su lado. De ahí la respuesta de Murmelstein a quien le pedía cambiar a una persona por otra: usted sustituye al rescatado, pues a los nazis sólo les importaban las cifras de deportados, no de quién se tratara. Y esa es la revelación más humana, pero más inquietante de El último de los injustos. En palabras de Murmelstein: “todos fueron mártires, pero no todos fueron santos”. Pues el miedo a morir desató toda forma de corrupción con tal de salvarse, o de salvar a aquellos por los que había alguna forma de dependencia emocional o sexual, afirma Murmelstein. Esa es una de las verdades que le convierten en un dinosaurio en medio de la carretera que los coches quieren evitar, dice de sí mismo. Y es que en situaciones extremas, no se nos puede exigir convertirnos en héroes. De ahí que Murmelstein se compare con Sherezade: tenía que participar en un cuento, con tal de seguir sobreviviendo en una situación en la que no podía comportarme como un caballero.
Hannah Arendt –a quien tampoco Lanzmann se ha molestado en leer ni comprender e incluso desprecia abiertamente- resume el papel de los Judenräte que se reveló durante el juicio a Eichmann: no fueron responsables de lo que ocurrió, pues también a los rabinos y sus familias les llegaba la hora de ser asesinados o deportados a Auschwitz, pero mantuvieron el orden en los guetos sin el cual todo hubiera sido caótico, y la administración de la muerte más difícil. Tal vez alguien se hubiera salvado entre el caos. Se ha reprochado el colaboracionismo de Murmelstein en su contrastada eficiencia organizativa en multitud de aspectos de la rutina diaria y laboral de Theresienstadt, motivo por el que muchos le odiaban. Aquí es donde Murmelstein se muestra más vehemente: la supervivencia de Theresienstadt y sus habitantes dependía de que sirvieran para prolongar lo máximo posible la fachada de normalidad que interesaba a Eichmann.
Cabe preguntarse si el título de la película es un acierto, o se presta a la confusión. Las palabras no son neutras. Y menos lo parecen en este caso. ¿Por qué calificar a Murmelstein como el último de los injustos? También aquí la apariencia resulta engañosa. Pues la idea es en realidad del mismo Murmelstein, que juega con el título de la novela de André Schwart-Bart, El último de los justos, sobre la saga de una familia judía, para calificarse irónicamente y riéndose de sí mismo, como el último de los injustos.
Nunca lo sabemos todo, y sólo Lanzmann sabe si había otras razones de fondo para retrasar o esconder hasta mejor ocasión lo que filmó. Pero es cierto que el testimonio y las vivencias de Murmelstein quiebran el principio de que todos los judíos fueron víctimas por igual. Tal vez los años 70 y 80 no eran el momento oportuno para revelar lo que dañaba la imagen de sufrimiento y persecución contra los judíos, sobre la que se había justificado la necesidad de fundar el estado israelita.

Quemados por el sol

Colaborar en el cinefórum que dirige Juan Antonio Horrach, que ha llegado este año a su punto culminante –por tener en su haber ni más ni menos que un estreno nacional ante el público con Gente que vive fuera– es para mí una gran satisfacción.
Quemados por el sol es casi un testamento cinematográfico. Fue premiada en 1994 y en 1995, pero paradójicamente y desde entonces, el director ruso ha estado muy lejos de repetir sus grandes éxitos como Ojos negros, o la película que hoy comento.
Las circunstancias invitan a ver de nuevo Quemados por el sol. Nadie duda de que una de las dos utopías del siglo XX, el fascismo, fue y conduce al desastre. Pero sigue sorprendiéndome que todavía haya voces que no hablan en los mismos términos de la otra, el comunismo. No hay hoy en día excusas para tal error, porque los hechos, los datos y los testimonios históricos están al alcance de quien quiera conocerlos. De hecho, lo que me hizo escoger esta película fueron las declaraciones del líder del partido que está en boca de todo el mundo, al decir –cuando no escondía sus filias tras cortinas de humo para no perder apoyos- que él era partidario de un leninismo amable. Signifique eso lo que signifique, ver películas en las que el leninismo en acción culmina en el estalinismo –los métodos y las ideas son las mismas- me parece muy educativo, tanto como leer Rebelión en la granja, sobre todo cuando uno es políticamente pueril.
Califico Quemados por el sol como película pre-orwelliana. Es reveladora, desenmascaradora de principio a fin, y no tanto por tratar hechos históricos, que también, sino porque bucea en las claves previas que subyacen a las prácticas totalitarias con las que termina, imposibles sin tremendos resentimientos previos. A lo primero dedica Orwell su literatura, en plena soledad mientras millones de intelectuales, ignorantes y manipuladores, mantenían el mito del paraíso comunista. Quemados por el sol se situaría en la parte previa a la tragedia, con un final sobrecogedor. El punto de inflexión en la película es la llegada de Mitya –Dimitri- que aun presentándose como miembro de la familia, irá dando señales de que algo turbio está tramando.
Aparte del contenido, hay elementos cinematográficos que destacar. El primero es un elemento simbólico -el sol-, en forma de bolas de fuego, una metáfora visual que me parece muy lograda. Otro es un elemento felliniano –el camionero perdido- con un final inesperado. Además de los elementos del paisaje ruso: la dacha integrada en el bosque, el río…

 

Propongo dos caminos principales para comentar Quemados por el sol. Uno es el histórico, y el otro va más bien por la vía intimista o psicológica. La opción histórica nos lleva inevitablemente a las purgas de Stalin. La película narra el caso de Kotov, que tuvo lugar en 1936. Los años siguientes fueron los peores: se calcula que sólo en 1937 y 1938, se fusiló o envió a los campos de concentración del Gulag a entre 1,5 y 2 millones de personas por año. No es mi intención hacer un análisis histórico exhaustivo, lo que sí me parece interesante es el testimonio de un gran personaje de la época –Arthur Koestler- que en sus Memorias explica el proceso por el que fue descubriendo la verdad de lo que ocurría en la URSS, motivo por el que dejó su militancia, a pesar de haber trabajado activamente haciendo propaganda comunista en la Internacional Comunista. Cabe esperar que acusados como Kotov se defendieran negando que fueran agentes infiltrados del capitalismo internacional o del fascismo. Sin embargo, lo que añadía a los juicios un punto de incomprensión para el mundo entero, es que muchos acusados acabaron autoinculpándose. Koestler afirma que para quien entienda la mentalidad del comunista convencido, estos hechos no entrañan secreto alguno. Explica que los acusados de traición y fascismo son de muy diversos tipos: había analfabetos que no sabían leer lo que firman cuando se autoinculpan, otros confiesan sus delitos por proteger a su familia y tras haber sufrido torturas. Pero otros –los más interesantes- que tienen a sus espaldas 30 y 40 años de actividad revolucionaria, que habían estado en la cárcel durante el zarismo, que se habían jugado el tipo una y otra vez en defensa de la revolución, que durante años son considerados héroes populares como Kotov, también se declaran culpables. ¿Cómo era eso posible? Koestler explica que no hay secreto alguno: estaban convencidos de que estaban haciendo un último servicio en favor de la revolución. Un caso espectacular es el de los líderes Mrajkovski y Smirnov, que tras una vida de actividad revolucionaria desde 1905, y negándose inicialmente a confesar delitos que no habían cometido, acaban haciéndolo porque su interrogador les hace ver que ante el descontento del pueblo ruso, y para frenar que surgieran corrientes opositoras en su seno, el gobierno necesitaba de confesiones de supuestos opositores y de castigos ejemplares para paralizar el descontento mediante el miedo. En el fondo, el acusador les propone que el régimen necesita identificar enemigos interiores para cohesionar al pueblo. Este es uno de los casos que cuenta el general jefe del contraespionaje soviético Krivitski, en el libro Fui un agente de Stalin, que en 1937 deserta, y tras dos intentos de asesinato, aparece muerto en Washington, supuestamente por suicidio. Previamente había dicho a su familia, que si alguna vez se anunciara su suicidio, podían estar seguros de que sería un asesinato, porque jamás se le pasó por la cabeza cometerlo. Cuenta Krivitski que Stalin tenía especial empeño en que los juicios no empezaran hasta que Mrajkovski y Smirnov estuvieran por la labor de confesar, pues cuanto más populares y más queridos por el pueblo fueran los acusados, mayor impacto tendría su ejecución. El mismo Bujarin –otro de los grandes líderes purgados- llegó a afirmar “yo soy subjetivamente inocente, pero objetivamente culpable”. El caso es que no tenías por qué haber hecho nada para ser fusilado, ni opositor a nada, bastaba con que se te considerara culpable por quien así lo dice, y que se asumiera que uno era el mejor chivo expiatorio posible para aglutinar a la masa en favor de la revolución. Esta facilidad del totalitarismo de crear una mentira que pasa por ser verdad, en la que encajan las piezas en contra del acusado, queda muy bien reflejada en la película. Koestler observa que para la mentalidad occidental aquellas autoinculpaciones eran incomprensibles, pero que a él no se lo parecen: “el método por el que Mrajovski, Bujarin o Rubashov fueron inducidos a confesar, solo podía aplicarse a cierto tipo de antiguos bolcheviques con una lealtad absoluta al partido” (Koestler, 2011: 897).
Uno de los aspectos del desenlace que, en principio, le deja a uno perplejo, es el suicido final de Mytia. Sin embargo, Koestler explica que los interrogatorios solían tener lugar entre colegas revolucionarios que incluso se enseñaban sus cicatrices por la revolución, pero que, una vez se había ejecutado al acusado, el acusador, acababa suicidándose.

El otro aspecto de la película es el intimista, el psicológico, que he calificado como pre-orwelliano. Analicemos algunos detalles de Mytia. Descubrimos que es un ruso blanco que ha perdido la guerra. Que ha sobrevivido como ha podido, incluso delatando a destacados rusos blancos que posteriormente fueron fusilados. Sin embargo, ha medrado en la policía política o NKVD. Era el prometido de Marusia, que se ha casado con Kotov, admirado líder de la revolución. Tiene un mayordomo que habla mejor en francés que en ruso. Recordemos que la aristocracia rusa educaba en francés a sus vástagos. En un diálogo significativo de la película, le dice a Marusia que “excepto que me habéis suprimido, la vida de la familia no ha cambiado nada”. Cuando Kotov ya sabe a qué ha venido, le pregunta si ha venido por su cuenta o se lo han ordenado; queda claro que le mueve el resentimiento por lo que ha perdido. La escena final de saludo a la imagen de Stalin es la de un saludo forzado, grotesco, no es natural… ¿Es Mitya un comunista convencido? No lo parece en ningún momento, incluso más bien parece un cínico que se aprovecha de su poder. No, Mytia es un resentido que busca venganza en contra precisamente de la que fue y hubiera podido ser su familia.
Pese a todos los componentes ideológicos, económicos y sociales que hay tras una revolución, el resentimiento en el ámbito personal o emocional debe estar presente. Quemados por el sol es también una película sobre la venganza. Es evidente que Marusia no puede tener dos maridos, y que la venganza de Mitya tiene un trasfondo puramente personal. Que se haya casado con Kotov, impide que se case con Mitya. Un ejemplo de suma cero. Lo que uno gana, lo pierdo el otro. Como pueda haberla en un partido de fútbol o en una pelea de boxeo. Pero la visión de que lo que uno tiene, se debe a que se lo ha quitado a otros está presente en las revoluciones, especialmente en la revolución rusa, y es extrapolada a todos los campos. El resultado es un resentimiento social tremendo. Por ejemplo, si alguien tiene dos casas, y otro no tiene ninguna, aplicando la falacia de la suma cero, se concluye que el primero le ha quitado una al segundo. Lenin aplicaba este rasero para todo el que destacara en algo, que quedaba clasificado como burgués. Y en consecuencia, se le trataba como a un usurpador que ha quitado algo a los demás, con lo que se le expropiaba, asesinaba o deportaba en nombre de la justicia social. Había que quitárselo todo para compensar el daño que había hecho. Es el mismo razonamiento de Hitler con los judíos: sus riquezas y propiedades provenían de habérselas arrebatado a la clase obrera alemana.
Lo que me parece preocupante es que, a poco que agudicemos el oído, este discurso está presente de forma creciente hoy en día, y el ejemplo anterior sobre las casas no es un invento cualquiera: hay quien lo denomina como violencia estructural de la sociedad. Con lo que a continuación se justifica el asalto a la propiedad ajena, puesto que el que roba responde defensivamente, en el fondo, a una agresión. Es un peligro, y también un problema clásico desde la Revolución Francesa, que se entienda un valor como la igualdad de tal forma, que sea incompatible con otro, la libertad. Este es el discurso que exacerbadamente llega de Venezuela. No en vano, el partidario del leninismo amable acaba de votar en contra de que la Eurocámara exija a Maduro la liberación de los opositores encarcelados.

 

REFERENCIAS

Koestler, A., Memorias, Editorial Lumen, Madrid 2011.