Cuba 92 (II).

La población autóctona se veía abocada al delito de comprar con dólares en el mercado negro lo que no se podía comprar con pesos. Las tiendas para los cubanos estaban totalmente desabastecidas; un simple mostrador, tras el que solía haber un número anormalmente elevado de dependientes sin nada que hacer, y unos estantes vacíos. Cuando llegaba algo que vender, se producían unas inmensas colas que se disolvían cuando el producto se acababa, sin que hubiera habido para todos. Como alternativa, la pobreza e incluso el hambre. Porque sólo los que tuvieran suerte conseguían el podrido dinero yanqui. Suerte que, en general, tenían quienes trabajaban en algo que tuviera que ver con el turismo. Alguien me aseguró que esas ocupaciones eran un privilegio reservado para quienes fueran o tuvieran lazos familiares con la administración comunista. Años después, tal vez por la insostenibilidad de la situación, se despenalizaría la posesión de dólares para los cubanos, y la ayuda de la comunidad cubana de Miami resultó un  verdadero alivio para la población de la isla. El caso es que yo, por no ser cubano y tener dólares que legítimamente podía gastar, era más señorito en un país comunista de lo que después lo he sido en muchos otros países pobres azotados por el malvado y deshumanizador liberalismo. A pesar de las vallas publicitarias con lemas revolucionarios verdaderamente ingeniosos que había por todo el país, el parecido con otros países pobres era más que notable.

Tres detalles que caracterizaban a los que se me acercaban a pedir algo por la calle, me llamaron poderosamente la atención. Primero, huían como si del diablo se tratara cuando veían a un policía, lo que era frecuente en las ciudades, para reaparecer súbitamente en cuanto desapareciera el policía de la vista. Más tarde lo comprendí, cuando vi con mis propios ojos que se detenía a cubanos por el mero hecho, por ejemplo, de intentar acceder al hall de un hotel para hablar con amigos de viaje en Cuba, o por intentar bañarse en playas concurridas por turistas. Segundo, todos hablaban muy  mal del trabajo que el estado les había asignado, incluso en términos de burda explotación. Me parecía curioso que dijeran lo mismo que pudiera haber dicho del capitalismo salvaje un minero inglés en 1840. Si a eso añado que muchos decían tener titulación universitaria, era evidente que conseguían más pidiendo a los extranjeros que mediante el trabajo. Tercero, la ilusión que abiertamente confesaban era la de abandonar la isla. Un síntoma definitivo, ya que no se suele abandonar el lugar de origen si no es por necesidad.

Las alusiones al embargo norteamericano eran muy frecuentes. En el periódico Granma, el único que se podía leer, se achacaban todos los males de Cuba a ese motivo. Sin embargo, las empresas turísticas españolas ya estaban en plena expansión, además de otras francesas y canadienses. Por otra parte, si no llegaban productos de consumo desde los Estados Unidos, debían llegar de otros países, puesto que en las tiendas exclusivas para extranjeros había de todo.

A pesar de todo, en muchos lugares vi un ambiente festivo de música y danza constante. Tal vez fuera una impresión superficial, o la vía de escape de un pueblo al que no le quedaba otra salida. El caso es que un compañero de viaje que tenía una cita con una espectacular bailarina del Tropicana, se llevó un chasco cuando le entregó unas flores que había conseguido para tan especial ocasión: “Usted no se enteró de nada, mi amol…¡Debió traerme una ristra de chorisso!”

 

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