Shame

La fusión magistral de imagen, guión y música, producen un impacto difícilmente superable. No es la primera vez que Steve Mcqueen da prueba de su talento. En este caso, lo hace como director y coguionista junto con Abi Morgan.

Shame es una película intensa, dura, sin concesiones al sentimentalismo. No hay psicología barata aventurando las causas por las que el protagonista –un adicto al sexo- cae en la espiral que puede llevarle a la autodestrucción,  echando por tierra la relación con su hermana. Tampoco le exime de su responsabilidad. No hay moralina propia de redentores que confunden el arte con la pseudoética. El resultado no es un producto inocuo color de rosa cuyo mayor mérito es la participación de un perrito fenomenalmente amaestrado. En lo formal, no se interpone el efectismo de la música para influir en las emociones, ya que las escenas con diálogos están tan bien concebidas, que se bastan por sí mismas. No obstante, la banda sonora de Harry Escott (Unravelling) –administrada oportunamente- ilumina en momentos puntuales el paisaje urbano de Nueva York.

Las pasiones humanas son pulsiones vitales y necesarias. Ninguna nos es ajena del todo. Una especie indiferente a la pulsión sexual estaría condenada a la extinción. Pero la tensión con la que las vivimos puede desviarse a los extremos, sea por exceso o defecto. Recuperar el equilibrio suele ser la fórmula que nos convierte en humanos. Es un tema central en las grandes corrientes éticas clásicas. En Shame, se contempla sin estridencias que Brandon –el protagonista- tiene, pese a todo, posibilidad de elegir en la lucha que inicia contra sí mismo a medida que se acerca a la pendiente. Aun siendo ése el trasfondo de la cuestión, no espere efectismo sensiblero el espectador, ni mucho menos intenciones ejemplarizantes de las que ya estamos sobrados. Uno agradece que por una ocasión no le traten como a un colegial al que adocenar en uno u otro sentido.

Viendo Shame, uno comprende mejor por qué hace tiempo que se muestra escéptico con el cine español. El 90% de los guiones parecen escritos por el mismo convaleciente de apoplejía: cuando no se trata de repetir las fórmulas comercialmente más rentables del thriller, se intenta provocar la carcajada zafia, se recurre por enésima vez al maniqueísmo guerracivilista, o se somete al espectador al ridículo imaginario que habita bajo la piel de un genio.

      Mención especial merecen los principales actores. Michael Fassbender demuestra –ya lo logró en Jane Eyre– que pertenece a la estirpe de actores como Kirk Douglas, Burt Lancaster o Marlon Brando, que se basan en su incuestionable calidad profesional para multiplicar su imponencia física, y no al revés.  Carey Mulligan – la frágil hermana de Brandon – sorprende sin embargo al espectador en una escena inolvidable en la que  canta New York New York, tema que parecía a priori vedado para siempre, y prohibido a la osadía de versionarla.

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3 Responses to Shame

  1. navarth says:

    Vaya, pues hay que verla sin duda. Sin te parece, volveré entonces y pondré mi opinión. Abrazos.

  2. Estupenda reseña (deberías abrir un blog de cine) y magníficos los tres minutos que has seleccionado. Difícil decir más con semejante economía. Imaginad la misma escena realizada por el ‘genio’: ¿cuánto habría tardado la protagonista en abrir las piernas y enseñar la lengua? ¿Y el protagonista en frotarse el paquete? ¿Con qué música cutre se habría acompañado el previsible despendole? Por el contrario, la tensión y el debate interior resultan aquí evidentes a través de una interpretación intensa pero contenida, creíble y alejada de la zafiedad. Me encanta también la realización de la persecución por la escalera y me quedo con muchas ganas de ver la película.

  3. Te aconsejo que no te la pierdas.Gracias.

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