Ciclo de cine políticamente incorrecto. “La naranja mecánica”.

Ha sido un placer concluir el segundo cinefórum de UPyD en Baleares, sobre cine calificable como políticamente incorrecto.

En el improbable caso de que hubiera habido alguien presente en la sala que viera “La naranja mecánica” –como en efecto, los hubo- por primera vez, o que no la hubiera visto en mucho tiempo, confieso mi envidia. Recuerdo el impacto visual, temático y musical que me produjo esta obra maestra -entre otras filmadas por Stanley Kubrick– cuando la vi primera vez. Tanto es así, que como ocurre con todo lo que produce profunda impresión en el público, traspasa las fronteras de la simple ficción, y provoca fuertes reacciones, sean de rechazo o admiración. Porque en cuanto algunos jóvenes cometieron algunos delitos en Inglaterra después de su estreno, se estableció una relación causa-efecto, de forma que incluso un primer ministro hizo declaraciones requiriendo la recuperación de la censura, y algunos alcaldes la prohibieron en sus respectivos municipios.

Kubrick fue amenazado de muerte. Vivía en las afueras de Londres con su mujer e hijas, y pidió a la Warner que retirara la película de la cartelera,  cosa que consiguió,  a pesar de los ingresos que ya estaba generando. La Warner Brothers no quería enemistarse con él, dado que sus películas eran garantía de éxito, y el hecho es que La naranja mecánica no volvió a verse en una sala de cine británica hasta 26 años después, lo cual es sorprendente tratándose de la democracia más antigua del mundo. Algunos aspectos de la película pueden parecer desde el presente osados para la época: por primera vez se filmaba una violación, entre carcajadas y cantando Singing in the rain,  melodía vinculada en la mente del público a la danza, la felicidad y el amor. Otros han señalado el contexto de conflictividad y movilizaciones sociales, más el problema irlandés precipitándose hacia lo peor, como factores que perjudicaron la acogida de la película.

A mí –que prefiero analizar una obra en sí misma más que por el contexto- me parece una de las películas más políticamente incorrectas de la historia del cine. Hay quienes la han incluido en el conjunto de las distopías, como Un mundo feliz o 1984. El mismo Kubrick no compartía esa clasificación –más bien le sorprendía- y afirmó que sólo quería hacer ficción. Yo me siento más identificado con quienes la consideran como una comedia negra, en la que ciertamente no se salva nadie, y en la que uno tiene la impresión de que el director siempre está muy por delante del espectador, al que está retando a reconocerse en un espejo del que no sale favorecido.

     La naranja mecánica narra una historia cruda, sin concesión sentimental alguna, en la que partiendo del sadismo de su protagonista, y sin pretensiones moralizantes, se sugieren muchos temas, de los que destaco uno: el grado de coacción adecuado para combatir el crimen. El tema más políticamente incorrecto queda plasmado en la conducta del intelectual (Patrick Magee)-personaje sobre el que reclamo especial atención- pues es natural exigir a las autoridades que nos defiendan de los delincuentes, y eso puede implicar a su vez  otras formas de coacción que en el fondo consideramos justificada cuando somos nosotros las víctimas. Lo más interesante es la profunda contradicción cuando -en nombre de unos valores ilustrados y humanitarios- decimos que rechazamos sin más la venganza o la violencia, para practicarla después con fruición si somos sus víctimas. De ahí que el intelectual –y sus amigos periodistas- sean los peor parados de la película: cínicamente criticarán por motivos políticos aquello que sienten, hacen y aprovechan secretamente.  Aclaremos que en este caso, la violencia se nos presenta en su nivel más inquietante, es decir, no como medio para conseguir fines concretos, cosa que puede entenderse y es la forma habitual de tratarla (como mecanismo de defensa, como resultado de la desesperación, el heroísmo por una causa justa, la miseria, etc.), sino en su manifestación más descarnada: por puro placer, pues Alexander DeLarge –el protagonista- tiene todos los rasgos de un psicópata. De ahí que inevitablemente uno se pregunte cómo reaccionar ante el mal desinhibido en forma de joven no inmoral sino amoral, que carece del más mínimo principio de empatía. Por cierto, sobre este particular no quiero dejar de decir que la calidad del doblaje es tal –Kubrick dirigía personalmente todas las facetas de sus películas- que la voz en off de Malcolm Mcdowell en el que fue el papel de su vida, no deja indiferente al espectador. Es sarcástica, inteligente, carismática, hipnótica, hasta el punto de que logra lo que él no hace con sus víctimas: ponernos en su lugar y en más de una ocasión, hacernos reír.

Kubrick nos retrata como somos, sin melindres gazmoños. Es ingenuo promover la justicia y el bien mediante la razón, sin poner  en juego mecanismos más básicos, más contundentes, y coactivos en términos de manipulación de la conducta. Sobre esto en particular, distingo tres niveles de complejidad ética creciente:

1º nivel: la manipulación de la conducta. El condicionamiento clásico o respondiente que descubrió Pavlov, aplicado intencionadamente como ingeniería de la conducta a un humano, como tesis fundamental del conductismo: la conducta no tiene misterio ni secreto, pues no es sino una variable que depende de los condicionamientos adquiridos. El cura de la prisión planteará el discurso tradicional sobre la libertad desde la perspectiva cristiana; es la elección moral y consciente la que nos convierte en seres humanos. Rechaza así el modelo de caja negra del conductismo, de forma que creer en la libertad se debería a nuestra ignorancia sobre el origen de la conducta.

2º nivel: el juicio que merece la posibilidad de la manipulación. Se plantea el problema de entregar al poder político –muy destacable la actuación de Anthony Sharp como Ministro del Interior– mecanismos de manipulación.  En este sentido, además del discurso moralizante del cura, el intelectual mantiene un juicio muy negativo desde instancias filosóficas, políticas y éticas. Ambos chocan con la lógica científica del Dr. Brodsky.

3º nivel: más profundo y que nos afecta a todos. Cuando nosotros somos la víctima, no distinguimos entre justicia y venganza, es más, no entendemos la primera sin la segunda. De ahí que al mismo tiempo que el intelectual se sirve del condicionamiento de Alex para atacar las inclinaciones totalitarias del poder, se aprovecha del mismo con la misma crueldad o más que la más humilde de sus víctimas. La razón dicta una cosa, pero la pasión otra muy diferente. Y esa disociación entre lo que pensamos y lo que hacemos da origen al giro del Ministro del Interior (Anthony Sharp), que como superviviente de la política que tiene que ser, está dispuesto a hacer lo que manden las circunstancias del momento, es decir, la opinión pública. De ahí que tanto pueda protagonizar la lucha contra la delincuencia, como convertirse en el mejor aliado de Alex, y ser tan amoral como él mismo. El fin –el poder- justifica los medios.

¿Cómo mantener a raya a un Alex sin coaccionarle? Este asunto me parece interesantísismo, porque el mismo Anthony Burguess –autor de la novela homónima en la que se basa la película- fue víctima en 1944 de un ataque del mismo estilo: su mujer fue violada por cuatro soldados norteamericanos cuando estaba embarazada –perdió el niño- y a él le dieron una paliza tremenda.  Y aquí, quitémonos las caretas, la cuestión es cómo responderíamos si pasáramos por algo así, si mantendríamos las sutilezas de un discurso políticamente correcto, cuando sentimos precisamente todo lo contrario.

Un aspecto de importancia capital de La naranja mecánica, y difícilmente explicable, es el efecto del fondo musical. Hay quien ha afirmado que con Kubrick la música deja de ser un simple fondo, o una forma de influir en los sentimientos, para pasar a ser parte intelectual de la película. En este caso, clásicos conocidísimos como Beethoven, Elgar, Purcell, Rossini etc., acompañan sorprendentemente bien a unas escenas con las que a priori parecen incompatibles. A los clásicos hay que añadir la música sintética de Wendy Carlos. Por lo demás, el uso magistral que hace Kubrick del zoom, me parece un recurso técnico destacable.

Afortunadamente, la participación del público en el coloquio compensó sobradamente la pobreza de mis notas. Cito pues los principales temas sugeridos:

-la relación de la conflictividad social británica de los años 70 con el reflejo de las clases sociales en la película.

-la reinserción del delincuente como principio constitucional, y el rechazo que produce en la opinión pública su coste económico.

-la educación como origen de las conductas antisociales.

-la dificultad de escapar del pasado.

-la aceptación de la naturaleza innata de cada sujeto, frente a los intentos del poder en transformarla en lo contrario de lo que es.

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One Response to Ciclo de cine políticamente incorrecto. “La naranja mecánica”.

  1. Arturo Cadenas says:

    Querido Arturo, excelente visión de la película. Un abrazo
    Arturo C

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