Federalismos de tapadera

Entre el atrabiliario intercambio de sambenitos –generalmente insultantes o peyorativos- al que a diario reducen la política sujetos de poca categoría, aparecen de vez en cuando etiquetas que tienen, contrariamente, un matiz positivo, que repentinamente muchos dicen defender y que, atropelladamente, codician adjudicarse. Ambas maniobras son ejemplos de uso adulterado de los términos, pues si en el primer caso se pretende denigrar al contrario calificándolo de lo que no es, en el segundo, se quiere pasar por lo que uno quisiera ser, sin lograrlo.

Hete aquí que en el panorama actual abundan de sopetón los políticos y los partidos federalistas. Es normal y natural que la cercanía de procesos electorales agite los ánimos de los inventores de consignas, pero la verdad es que la huida hacia el independentismo de CiU y Mas, ha dejado en ridículo las ambigüedades calculadas y confusas del PSOE y sus secciones autonómicas, que temen ser menos que Mas, y que en los dos gobiernos tripartitos que formaron en Cataluña, como en Baleares, siempre pretendieron superar a CiU y no desentonar con sus socios nacionalistas. De ahí que llame la atención que sus líderes vuelvan ahora a ondear la bandera “federal”, supuestamente entre el autonomismo y el secesionismo, aunque de momento, su propuesta nade en la indefinición.

La palabra federal proviene del término en latín foedus, que significa alianza, pacto. En teoría política, se denomina federalista a quien organiza el poder político entre distintas partes o unidades territoriales en pie de igualdad. El acuerdo puede regular distintos derechos de distintas formas –la variedad de gobiernos federales es enorme-, pero siempre se establecen dos niveles de gobierno: uno general o federal y otro local jerárquicamente organizados. Muchos opinan que las autonomías españolas han evolucionado en un sentido federal muy claro, aunque no se las haya denominado como tales, y que el sistema autonómico ya ha derivado de facto en un federalismo. Dado que ha primado la deslealtad, el “yo no soy menos que nadie”y la irresponsabilidad del gobierno central, el resultado es un caos inviable y ruinoso en el que las comunidades no tienen las mismas competencias. Somos un ejemplo de federalismo sin compromiso, que además de hacer dificultosísimo el gobierno federal, encubre las ambiciones soberanistas. El caso es que el grado de simetría y de cooperación entre las partes es la clave pasa saber de qué estamos hablando. Y aquí es donde los federalistas de nuevo cuño – que niegan que el caso de España sea federalismo- inciden muy parcialmente en las características de los países federales que quisieran tener, hasta el punto de que su federalismo despeja el camino a la retórica de los estados libres asociados o la de de una confederación. Así, destacan que Alemania ha modificado su constitución más de 50 veces desde 1949 y que los Länder con mayor capacidad fiscal ponen límites a su aportación a los que tienen capacidad inferior a la media. Pero olvidan que también devolvieron competencias al gobierno federal cuando el desacuerdo entre los Länder hacía imposible el consenso e inviable el sistema. También destacan que los EEUU tienen una gran capacidad de decisión y autogobierno, pero dejan en segundo plano que tienen un alto grado de simetría, que nadie cuestiona la unidad que forman las partes ni la prevalencia del gobierno nacional sobre el de cada estado.

Dicho esto, hará bien el lector en ignorar mis palabras y considerarlas como una pobre introducción al brillante artículo de Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes.  El federalismo bien entendido tiene aspectos que deliberadamente le intentan escamotear los ideólogos oportunistas, sin los que el nacionalismo excluyente y segregador saldría reforzado.

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