La independencia no es cuestión de cifras

Participo en un debate televisivo sobre actualidad política. Un nacionalista enragé afirma que la democracia consiste en aceptar lo que quiera el pueblo catalán y, dado que los últimos sondeos oscilan entre un 41% y un 57% de voto independentista en las próximas elecciones del 25-N, concluye que la democracia se reduce a acatar las cifras. Los turnos y tiempos del programa apenas me dejan tiempo para contestar.

Aun siendo un factor importante, la democracia es una joya conceptual que no se reduce a una suma de votos. De hecho, es peligroso aferrarse únicamente a este principio. Hay marcos legales previamente establecidos que delimitan unas normas de juego. Esos códigos establecen, por ejemplo, en quién reside la soberanía y –mucho más importante todavía- qué principios básicos de derechos y libertades no pueden ser alterados circunstancialmente, a menos que nos sea indiferente que en nombre del fragor emocional del momento  se vote cualquier desatino. Hay derechos individuales que deben ser salvaguardados de una voluntad mayoritaria impulsiva. Este detalle capital es consecuencia de una extensa experiencia histórica plagada de ejemplos que llevaron a desconfiar de la democracia durante siglos. Después de vencer en la batalla naval de las Arginusas (406 a. J.C.), los atenienses juzgaron a los 6 generales que habían sobrevivido –murieron otros dos- por no haber salvado a los compatriotas que habiendo caído al agua,  se debatían entre las olas de un temporal que impedía a los barcos maniobrar. La Asamblea votó su ejecución, agitada por la locuacidad de un tal Calíxeno. Ejecutada la sentencia, los ciudadanos se arrepintieron y las cosas se giraron en contra de Calíxeno, pero nada podía ya reparar el error. De ahí que, con el tiempo, se establecieran frenos constitucionales a la voluntad mayoritaria de una soberanía popular que podía ser fácilmente manipulada. Piénsese en los extremos a los que ha llegado el nacionalismo vasco, y se comprenderá que el ejemplo no es demagógico.

Pues bien, la soberanía constitucionalmente establecida -y democráticamente refrendada- reside en el pueblo español, de forma que una parte no puede decidir en lo que afecta al todo, lo que además deja al nacionalismo independentista en franca minoría. Por otra parte, la aplicación práctica de sus postulados no mejora la democracia, sino todo lo contrario, pues siempre introduce algún sesgo identitario –étnico, racial, social, religioso, o lingüístico- que define al ciudadano auténtico, a diferencia del que no lo es. Como en las sociedades avanzadas –y Cataluña todavía lo es- hay personas de todo tipo y condición, los nacionalismos se concretan inevitablemente en algún nivel de discriminación a favor de quien tiene el rasgo que define su concepto de pueblo. De ahí que quien pide respeto y libertad de cara al exterior, puede ser una amenaza para la libertad interior, más todavía si es minoritaria. Por todo ello, afirmaba el pensador liberal Constant que el pueblo puede convertirse en su propio déspota. Se puede constatar que los nacionalistas han renunciado deliberadamente a distinguir entre democracia asamblearia y constitucional. El resultado es el que estamos viendo: consideran legítimamente democráticos mecanismos que tienen rasgos de aclamación, un sistema de votación característico de momentos de inestabilidad y que ha llevado a consecuencias históricas muy negativas, aun presentándose bajo la apariencia de la libertad.

El segundo argumento de nuestro nacionalista enragé es el de las balanzas fiscales. Más números. Sin embargo, las cuentas no están claras. No hay un acuerdo definitivo sobre cómo calcular las balanzas fiscales ni siquiera entre los especialistas. De ahí que cualquier lector de periódicos se encontrará un día con que España somete a Cataluña a un expolio fiscal, y al siguiente con que hay estudios que demuestran lo contrario. Como en todo, hay diversos paradigmas, y los nacionalistas tienen el suyo. El caso es que la comunidad autónoma más endeudada (la deuda catalana asciende a 46.000 millones de euros) va a ser rescatada por el Fondo de Liquidez del Estado que va a aportar más de 5000. Es imposible ignorar el tufillo a victimismo falaz de quien ha gestionado pésimamente el erario público. Por no hablar de otro embuste mayor: los impuestos no los pagan los territorios sino las personas. De ahí que básicamente aporte lo mismo un extremeño que un madrileño o un catalán a las arcas públicas según su status, al margen de dónde lo haga. Y si reivindica que no recibe en la misma medida en que aporta, está cuestionando el sentido redistribuidor de los impuestos –argumento propio de los más pudientes-, con el que los nacionalistas se alinean cuando conviene. Reivindiquen pues una reducción de impuestos o mayor eficiencia en el gasto, ya que el verdadero problema es la avidez de una enloquecida administración autonómica, local o nacional, que dilapida lo que esquilma a los contribuyentes.

Anuncios

3 Responses to La independencia no es cuestión de cifras

  1. alexroa says:

    Muy buen artículo, claro, directo y conciso.

  2. Epaminondas de Tebas says:

    Bravo.
    Si ya decía yo que esos atenienses son un poco atolondrados…

  3. Diego profesional says:

    Arturo

    Estoy totalmente, de acuerdo. Tales cosas pasaban a los griegos, gente locuaz y dada al debate, pero sin duda acostumbrados a ajustar su deseo a la realidad. Cuanto ms ocurrir hoy da a una sociedad que confunde demasiadas veces sus deseos con derechos.

    Vivimos en el tiempo donde todo se consigue con solo quererlo. Nos lo venden a plazos, nos financian en cmodas cuotas. Disfrute ahora, pague despus. Los nios de ayer, que son los votantes de hoy, no han sufrido nunca el “trauma” de ver sus deseos diferidos, no digo ya denegados. Todo son derechos incondicionales, y no hay obligaciones ni deberes. La palabra “sacrificio” ha sido vetada en nuestro ordenamiento moral. Cualquier coercin -incluso la realizada por los tribunales, aplicando un derecho comprensivo y suave- puede ser catalogada por los ciudadanos como “terrorista”. Desahuciar a un deudor es “asesinarlo” y exigir el cumplimiento de los contratos “terrorismo bancario”. Simplemente estamos acostumbrados a un mundo blando y rico, y nos llegan tiempos duros, donde incluso el suelo esencial que dbamos por descontado, como si no fuera el costoso producto del trabajo de nuestros mayores y el esfuerzo del conjunto de la sociedad. El 11/11/2012, a las 18:37, Arturo Muoz escribi:

    >

A %d blogueros les gusta esto: