3º sesión de cinefórum. “Teléfono rojo: volamos hacia Moscú”

Dos son los motivos por los que es una satisfacción presentar el cinefórum de UPyD: se consolida la afluencia de un público que llena la sala, y la calidad de los ponentes invitados despierta siempre el máximo interés. En nuestra última sesión, Fernando Navarro –recomiendo su blog (http://www.navarth.blogspot.com.es/)- comentó lúcidamente la magistral película “Teléfono rojo: volamos hacia Moscú”, dirigida en 1964 por Stanley Kubrick.

Navarro afirmó que el enfoque humorístico en forma de parodia sobre el belicismo –muchos personajes son desaforados o ridículos- no debe eludir las importantes cuestiones de fondo que se suscitan. En la actualidad, es frecuente contemplar la Guerra Fría, y la terrible amenaza de una guerra termonuclear, como un caso de estupidez de los políticos y de paranoia generalizada (especialmente de los norteamericanos, claro está). Esta visión permite reafirmar la manía antinorteamericana, y nuestro sentimiento de superioridad moral (“estos americanos, tan obtusos como siempre”). Y por otro, porque permite pensar que un hecho real fue sólo una pesadilla, un mal sueño generado por unos políticos chiflados que no supieron cómo afrontar una crisis. Hay que decir que esta visión de los americanos como paranoicos se obtiene de una forma muy sencilla: se aparta de la escena a su contrincante. Es como si en una escena de boxeo, borráramos a uno de los púgiles: quedaría el otro dando puñetazos al vacío como un tonto, con el espectador diciendo ¿y éste qué hace? Pero lo cierto es que los americanos no eran especialmente tontos, ni absurdamente paranoicos. La amenaza existía realmente. Existía un bloque comunista con vocación expansiva y con armas termonucleares disponibles. Es muy posible que, los que ahora sonreímos ante la paranoia americana, si hubiéramos vivido en EEUU, en plena Guerra Fría, nos habríamos apresurado, por ejemplo, a construir un refugio en el sótano. Cabe preguntarse, por ejemplo, cómo hubiéramos actuado cualquiera de nosotros en una situación parecida; de hecho, la crisis de los misiles en Cuba había estado cerca de desencadenar la guerra en 1962.

Navarro se detuvo en el trasfondo gnoseológico del asunto: señaló las limitaciones que tenemos para imaginar la probabilidad que habríamos atribuido al desarrollo de escenarios cuyo desenlace ya conocemos. Tendemos, cuando conocemos un resultado, a atribuirle una cierta inevitabilidad, y a pensar que, desde el principio, este era el desenlace más previsible. Esta ilusión cognitiva se conoce como la falacia del “lo supe desde el primer momento”. Se ha comprobado experimentalmente que deformamos nuestras predicciones sobre lo que va a pasar, según lo que haya ocurrido de hecho: es decir,  mantenemos que considerábamos muy probable que algo iba a pasar, después de que pase. Pues bien esta ilusión cognitiva, que hace que reordenemos nuestras creencias según lo que efectivamente ocurre, está presente:

1)      Sabemos que la guerra termonuclear no se produjo.

2)      A posteriori, atribuimos a lo que ha ocurrido una probabilidad mucho mayor de la que le habríamos asignado previamente.

3)      Nos burlamos de los políticos pensando que eran unos exagerados y unos paranoicos.

Dado que a posteriori todos parecemos sabios, Navarro recordó las palabras de Daniel Kahneman sobre lo ingratos que podemos llegar a ser con los políticos:

   “Nos apresuramos a criticar a los que toman las decisiones (los políticos) por decisiones que, con los datos de los que disponían eran correctas, pero funcionaron mal, y a reconocerles poco mérito por decisiones acertadas porque a posteriori parecen obvias.”

Navarro observó además uno de los tres papeles que tiene Peter Sellers en la película, y que figura en el título original en inglés: el Doctor Strangelove.  En las escenas finales, éste hace planes delirantes para organizar la vida humana después de la devastación de la guerra nuclear, quitando importancia a que sólo sobreviviría un 1% de la población.  Lo relevante del asunto es el parecido con los análisis escritos en 1960 por Hermann Kahn, físico y consultor de la RAND Corporation, un think tank creado para ofrecer asesoramiento a las fuerzas armadas norteamericanas.

Para terminar, Navarro comentó que los nombres de los personajes tienen connotaciones sexuales: el general Jack D. Ripper (tiene que ver con Jack el destripador); el general Turguisson (se refiere a la turgencia del personaje obsesionado con sus fluidos corporales después de sufrir un episodio de impotencia); Mandrake alude a la mandrágora, conocido afrodisiaco; Strangelove,… Incluso, el del presidente, Merkin Muffley, con un sentido verdaderamente sarcástico.  En resumen, parece como si Kubrick nos estuviera enviando un mensaje: todo se debe a un exceso de testosterona. Al principio, un avión nodriza protagoniza una estética cópula al abastecer a otro, cuando la guerra ya es inevitable, los protagonistas están encantados porque van a poder encerrarse en un búnker con un harén formado por jóvenes debidamente seleccionadas para repoblar el planeta, etc. ¿Pero depende entonces todo de que los humanos tengan una buena voluntad? ¿De tener políticos sensatos en lugar de dominados por sus impulsos sexuales?

Para Fernando Navarro, esta visión moralista es lamentablemente insuficiente. La teoría de la decisión racional, con ejemplos como el conocido dilema del prisionero, demuestran que nada es así de simple. De ahí que todo político deba ser consciente de que al ejercer el poder, va a tener que trabajar con muchos condicionantes que convierten el purismo idealista en una opción descabellada, que los mismos ciudadanos rechazarían si les perjudicara. La peculiaridad de la Guerra Fría, lo que la convierte en algo horrible, es que parece ser un escenario de laboratorio, diseñado específicamente para demostrar que hay ocasiones en que, los condicionantes son tan diabólicos, que queda muy poco margen para la voluntad de los hombres, que se ven incapaces de evitar el camino al desastre, y a los que sólo cabe esperar que el azar juegue a su favor, concluyó Fernando Navarro.

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4 Responses to 3º sesión de cinefórum. “Teléfono rojo: volamos hacia Moscú”

  1. Navarth says:

    Arturo, ha quedado estupendo y se ve perfectamente. Tendremos que buscar alguna otra película para el próximo año. Un abrazo.

    • Desde luego que sí, Fernando. Tu análisis fue excelente, de ahí la sensación de haber reparado en cosas poco convencionales.
      Muchas gracias por tu participación.

  2. Lindo Gatito says:

    Estupenda disección, que tiene la ventaja de que no está hecha a un cadáver, porque la mejor película de Kubrik sigue vivita y coleando.

    Una peguilla sin mucha importancia en la trama (Como “Vulgarcito”, según José Luis Coll):

    «[…]el coronel Turguisson (se refiere a la turgencia del personaje obsesionado con sus fluidos corporales después de sufrir un episodio de impotencia)».

    El que está obsesionado por sus gatillazos no es el coronel Turguisson (capaz de dejar en la reserva a su eficaz secretaria-para-todo para después del Apocalipsis) sino el general Ripper, que quiere darle a los rusos una lección. “Con que satisfechos de que no se me levante, ¿eh? ¡Pues ahora veréis lo que os levanto!”

    Enhorabuena a Fernando.

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