Lanzmann y Murmelstein

Hace dos años que salió a la luz El último de los injustos, la última parte del monumental documental Shoah, de Claude Lanzmann, considerado por muchos el mejor documental de la historia. Es de celebrar que 70 años después de terminada la Segunda Guerra Mundial, aparezcan documentos reveladores sobre lo que pasó. Pero es sorprendente que Lanzmann se demorara 38 años en publicar el resultado de la semana que pasó en Roma, entrevistando a Benjamin Murmelstein en 1975. Shoah consiste en casi 10 horas de testimonios de víctimas y victimarios a veces en los mismos lugares donde tuvieron lugar los hechos. Sumando El último de los injustos, se alarga hasta las 14 horas de duración. Se trata de un documento histórico excepcional. Así que nada tiene de extraño preguntarse por qué Lanzmann tardó tanto en publicar una parte tan sensible de la verdad.
El mismo Lanzmann afirma en la entrevista que le hace Chris Kijne, que Murmelstein fue una de las primeras personas a las que quiso incluir en su investigación, y, de hecho, una de las primeras a las que entrevistó. Hay, pues, un sorprendente cambio en el orden de los factores: digamos que el primero es el último. Lanzmann demostró su disposición a desvelar las vergüenzas que descubrió -mintió al oficial de las SS Franz Suchomel al prometerle que no divulgaría nada de lo que le contara sobre lo que ocurrió en Treblinka- pero cabe preguntarse si estaba dispuesto a hacer lo mismo con todos por igual, si descubrió algo que no era oportuno sacar a la luz, o si hay otros motivos que expliquen tal retraso. Aclaremos que Benjamin Murmelstein fue casi el único superviviente de todos los Judenräte, los consejos judíos a los que las autoridades nazis encargaban la gestión de los guetos en los que se hacinaba a la población judía antes de enviarlos progresivamente a los campos de exterminio. Y fue la única autoridad superviviente del Judenrat de Theresienstadt, gueto a 60 km. de Praga, organizado y montado para hacer creer al mundo que el régimen nazi se comportaba humanitariamente con los judíos, es decir, para la mentira y la propaganda. Kijne pregunta a Lanzmann por qué tardó tanto en completar su documental. La respuesta es de lo más simple e irrelevante –si no decepcionante- que cabe esperar: Lanzmann reconoce irónicamente que el tiempo que se ha tomado es de record, afirma que es difícil explicarse los motivos, que en realidad se olvidó de Murmelstein (¡sic! m. 33), que la parte que relata no tiene el carácter épico del resto por relatar otra cara de los hechos, y que siempre tuvo el condicionante de no contar con un productor para financiar una película tan larga.
Sin embargo, el contraste entre la respuesta de Lanzmann y el impacto que produce el testimonio de Murmelstein en el espectador, invita a bucear en los aspectos internos y en la lógica interna de los sucesos narrados. El riesgo, también aquí, consiste en la sobreinterpretación que tendemos a realizar con tal de rellenar los vacíos que no sabemos explicar, estableciendo una particular relación causa-efecto, siempre que no demos por satisfactoria del todo la respuesta de Lanzmann, y a moralizar sobre cómo ha logrado sobrevivir quien se haya enfrentado a una situación extrema.
Lanzmann confiesa su admiración por Murmelstein. Le deslumbra su sabiduría, su ironía, su particular clarividencia. Afirma en los créditos iniciales que no miente. Le coge amistosamente por el brazo en la toma final frente al Arco de Tito y le pasa el brazo por los hombros, demostrando que él no es como sus enemigos, que incluso habían pedido su condena a muerte. El espectador avezado tendrá que valorar hasta qué punto la empatía entre entrevistador y entrevistado influye en el documento, como lo haría la antipatía. Lanzmann explica a Kijne, que tuvo que seleccionar lógicamente entre el material filmado durante una semana para confeccionar El último de los injustos y que no siempre incluyó lo que denomina bad side of the story. Por ejemplo, el caso de un joven que suplicaba a Murmelstein que hiciera lo posible para sacarlo de la lista de deportados en el próximo tren a Auschwitz, con lo que eso implicaba. Murmelstein siempre se negó a confeccionar lista alguna, también a alterarlas, pues la salvación de una persona significaba el sacrifico de otra. Cuenta Murmelstein que días después se encontró al joven muy alegre… había sido un error, era otro nombre el que figuraba en la lista, así que se alegraba de haber tenido la suerte de su lado. De ahí la respuesta de Murmelstein a quien le pedía cambiar a una persona por otra: usted sustituye al rescatado, pues a los nazis sólo les importaban las cifras de deportados, no de quién se tratara. Y esa es la revelación más humana, pero más inquietante de El último de los injustos. En palabras de Murmelstein: “todos fueron mártires, pero no todos fueron santos”. Pues el miedo a morir desató toda forma de corrupción con tal de salvarse, o de salvar a aquellos por los que había alguna forma de dependencia emocional o sexual, afirma Murmelstein. Esa es una de las verdades que le convierten en un dinosaurio en medio de la carretera que los coches quieren evitar, dice de sí mismo. Y es que en situaciones extremas, no se nos puede exigir convertirnos en héroes. De ahí que Murmelstein se compare con Sherezade: tenía que participar en un cuento, con tal de seguir sobreviviendo en una situación en la que no podía comportarme como un caballero.
Hannah Arendt –a quien tampoco Lanzmann se ha molestado en leer ni comprender e incluso desprecia abiertamente- resume el papel de los Judenräte que se reveló durante el juicio a Eichmann: no fueron responsables de lo que ocurrió, pues también a los rabinos y sus familias les llegaba la hora de ser asesinados o deportados a Auschwitz, pero mantuvieron el orden en los guetos sin el cual todo hubiera sido caótico, y la administración de la muerte más difícil. Tal vez alguien se hubiera salvado entre el caos. Se ha reprochado el colaboracionismo de Murmelstein en su contrastada eficiencia organizativa en multitud de aspectos de la rutina diaria y laboral de Theresienstadt, motivo por el que muchos le odiaban. Aquí es donde Murmelstein se muestra más vehemente: la supervivencia de Theresienstadt y sus habitantes dependía de que sirvieran para prolongar lo máximo posible la fachada de normalidad que interesaba a Eichmann.
Cabe preguntarse si el título de la película es un acierto, o se presta a la confusión. Las palabras no son neutras. Y menos lo parecen en este caso. ¿Por qué calificar a Murmelstein como el último de los injustos? También aquí la apariencia resulta engañosa. Pues la idea es en realidad del mismo Murmelstein, que juega con el título de la novela de André Schwart-Bart, El último de los justos, sobre la saga de una familia judía, para calificarse irónicamente y riéndose de sí mismo, como el último de los injustos.
Nunca lo sabemos todo, y sólo Lanzmann sabe si había otras razones de fondo para retrasar o esconder hasta mejor ocasión lo que filmó. Pero es cierto que el testimonio y las vivencias de Murmelstein quiebran el principio de que todos los judíos fueron víctimas por igual. Tal vez los años 70 y 80 no eran el momento oportuno para revelar lo que dañaba la imagen de sufrimiento y persecución contra los judíos, sobre la que se había justificado la necesidad de fundar el estado israelita.

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4 Responses to Lanzmann y Murmelstein

  1. navarth says:

    En la película parece evidente que Murmelstein le cae bien a Lanzmann. En realidad también le cae bien al espectador, que asiste con cierta desazón a sus explicaciones y justificaciones que por momentos ni él mismo parece tomar muy en serio: es, obviamente, demasiado inteligente para ello. Por cierto, cuando Murmelstein habla de los intentos de los judíos por evitar su inclusión en las listas de ‘deportados’ me parece estar escuchando un reconocimiento soterrado de que él no era invulnerable a los reclamos del dinero o el sexo. Quizás esa simpatía, que pudo provocar dudas en Lanzmann sobre el enfoque que daría a la película.

    En cualquier caso, ante la evidencia de que Murmelstein está lejos de ser un monstruo, la pregunta más inquietante es ésta: si él actuó así ¿lo habríamos hecho nosotros mejor?

    • Buena pregunta, Navarth. Es fácil juzgar a los demás desde posiciones alejadas, acomodadas y civilizadas.
      Por cierto, el trato directo puede producir empatía o lo contrario, pero es curioso observar que entre los implicados de nivel en esta historia, hubo odios africanos entre los que no se conocieron personalmente. Raul Hilberg odiaba a Murmelstein, Hilberg y Lanzmann a Arendt, Scholem a Murmelstein, éste a su vez a Arendt… Me pregunto hasta qué punto una emoción tan humana como la empatía amplía el conocimiento o lo altera irremediablemente.

  2. Me da mucha rabia no poder participar en el debate, al no haber podido ver esta película. Sí leí en su momento una interesante entrevista que le hicieron los de JotDown al hijo de Murmelstein. Ya sé que esto no tiene que ver con el asunto, pero me maravilla (para bien) la capacidad del humor judío para introducirse ellos mismos en la escena. Me refiero a ese chiste de las 3 de la mañana y la Gestapo en la puerta de una casa, creo que os lo he contado alguna vez a los dos.

    • Hola, Johannes. Sí, el chiste en el que los judíos temen mucho más al Judenrät que a la Gestapo…
      Por cierto, he descubierto que El último de los injustos está en venta por sólo 13,30 euros y en versión subtitulada. Consulta en la página de Cameo.

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