El documental de Jarabo

Hay quienes enriquecen la democracia cultivando sus virtudes. Hay quienes la denigran aprovechándose de sus puntos débiles. Nunca los populistas han enriquecido la democracia, pero han encontrado en ella su mejor caldo de cultivo. Argumentar, convencer, rebatir y persuadir, son cuatro funciones fundamentales en el ejercicio de la razón dialéctica. Pero habrá que andarse con ojo cuando la persuasión se consuma de espaldas a la razón. La cuestión es que hay formas profundamente engañosas y destructivas de conseguirla, y la competencia intelectual y moral del pretendiente no está garantizada.
Hete aquí que el director y productor de un supuesto documental enarbola su deyección, entregándola en mano al líder nacional de Ciudadanos, de visita en Palma. Este remedo de Leni Riefenstahl sin brillo, es diputado en el Parlamento Balear. Ya sabemos que la creación y recreación con imágenes no siempre se aplican a sacarnos de la caverna. Al contrario, es lamentablemente habitual que en España las desgracias se instrumentalicen por su rentabilidad en términos de propaganda política. El desbordamiento sentimental impide un análisis de los hechos como se suceden, pero no importa, porque no es eso lo que se pretende. Así, ignorando la fatalidad – en lo relativo a la salud es una constante- que provoca una muerte, o el error que pudiera haber habido en el diagnóstico, lo que se prioriza es la culpabilidad como categoría, como explicación intencionada y causal de los hechos. Poco importa que la investigación judicial haya sobreseído la denuncia contra Fernando Navarro -gerente del Hospital de Inca que fue absurda e infundadamente destituido- porque lo que cuenta es seguir intoxicando a la opinión pública, valiéndose de un supuesto documental, aunque la Justicia lo haya dejado obsoleto. No, a estos savonarolas de nuevo cuño, sólo les interesa el esquematismo maniqueo entre buenos y malos con el que lo infantilizan todo.

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Lanzmann y Murmelstein

Hace dos años que salió a la luz El último de los injustos, la última parte del monumental documental Shoah, de Claude Lanzmann, considerado por muchos el mejor documental de la historia. Es de celebrar que 70 años después de terminada la Segunda Guerra Mundial, aparezcan documentos reveladores sobre lo que pasó. Pero es sorprendente que Lanzmann se demorara 38 años en publicar el resultado de la semana que pasó en Roma, entrevistando a Benjamin Murmelstein en 1975. Shoah consiste en casi 10 horas de testimonios de víctimas y victimarios a veces en los mismos lugares donde tuvieron lugar los hechos. Sumando El último de los injustos, se alarga hasta las 14 horas de duración. Se trata de un documento histórico excepcional. Así que nada tiene de extraño preguntarse por qué Lanzmann tardó tanto en publicar una parte tan sensible de la verdad.
El mismo Lanzmann afirma en la entrevista que le hace Chris Kijne, que Murmelstein fue una de las primeras personas a las que quiso incluir en su investigación, y, de hecho, una de las primeras a las que entrevistó. Hay, pues, un sorprendente cambio en el orden de los factores: digamos que el primero es el último. Lanzmann demostró su disposición a desvelar las vergüenzas que descubrió -mintió al oficial de las SS Franz Suchomel al prometerle que no divulgaría nada de lo que le contara sobre lo que ocurrió en Treblinka- pero cabe preguntarse si estaba dispuesto a hacer lo mismo con todos por igual, si descubrió algo que no era oportuno sacar a la luz, o si hay otros motivos que expliquen tal retraso. Aclaremos que Benjamin Murmelstein fue casi el único superviviente de todos los Judenräte, los consejos judíos a los que las autoridades nazis encargaban la gestión de los guetos en los que se hacinaba a la población judía antes de enviarlos progresivamente a los campos de exterminio. Y fue la única autoridad superviviente del Judenrat de Theresienstadt, gueto a 60 km. de Praga, organizado y montado para hacer creer al mundo que el régimen nazi se comportaba humanitariamente con los judíos, es decir, para la mentira y la propaganda. Kijne pregunta a Lanzmann por qué tardó tanto en completar su documental. La respuesta es de lo más simple e irrelevante –si no decepcionante- que cabe esperar: Lanzmann reconoce irónicamente que el tiempo que se ha tomado es de record, afirma que es difícil explicarse los motivos, que en realidad se olvidó de Murmelstein (¡sic! m. 33), que la parte que relata no tiene el carácter épico del resto por relatar otra cara de los hechos, y que siempre tuvo el condicionante de no contar con un productor para financiar una película tan larga.
Sin embargo, el contraste entre la respuesta de Lanzmann y el impacto que produce el testimonio de Murmelstein en el espectador, invita a bucear en los aspectos internos y en la lógica interna de los sucesos narrados. El riesgo, también aquí, consiste en la sobreinterpretación que tendemos a realizar con tal de rellenar los vacíos que no sabemos explicar, estableciendo una particular relación causa-efecto, siempre que no demos por satisfactoria del todo la respuesta de Lanzmann, y a moralizar sobre cómo ha logrado sobrevivir quien se haya enfrentado a una situación extrema.
Lanzmann confiesa su admiración por Murmelstein. Le deslumbra su sabiduría, su ironía, su particular clarividencia. Afirma en los créditos iniciales que no miente. Le coge amistosamente por el brazo en la toma final frente al Arco de Tito y le pasa el brazo por los hombros, demostrando que él no es como sus enemigos, que incluso habían pedido su condena a muerte. El espectador avezado tendrá que valorar hasta qué punto la empatía entre entrevistador y entrevistado influye en el documento, como lo haría la antipatía. Lanzmann explica a Kijne, que tuvo que seleccionar lógicamente entre el material filmado durante una semana para confeccionar El último de los injustos y que no siempre incluyó lo que denomina bad side of the story. Por ejemplo, el caso de un joven que suplicaba a Murmelstein que hiciera lo posible para sacarlo de la lista de deportados en el próximo tren a Auschwitz, con lo que eso implicaba. Murmelstein siempre se negó a confeccionar lista alguna, también a alterarlas, pues la salvación de una persona significaba el sacrifico de otra. Cuenta Murmelstein que días después se encontró al joven muy alegre… había sido un error, era otro nombre el que figuraba en la lista, así que se alegraba de haber tenido la suerte de su lado. De ahí la respuesta de Murmelstein a quien le pedía cambiar a una persona por otra: usted sustituye al rescatado, pues a los nazis sólo les importaban las cifras de deportados, no de quién se tratara. Y esa es la revelación más humana, pero más inquietante de El último de los injustos. En palabras de Murmelstein: “todos fueron mártires, pero no todos fueron santos”. Pues el miedo a morir desató toda forma de corrupción con tal de salvarse, o de salvar a aquellos por los que había alguna forma de dependencia emocional o sexual, afirma Murmelstein. Esa es una de las verdades que le convierten en un dinosaurio en medio de la carretera que los coches quieren evitar, dice de sí mismo. Y es que en situaciones extremas, no se nos puede exigir convertirnos en héroes. De ahí que Murmelstein se compare con Sherezade: tenía que participar en un cuento, con tal de seguir sobreviviendo en una situación en la que no podía comportarme como un caballero.
Hannah Arendt –a quien tampoco Lanzmann se ha molestado en leer ni comprender e incluso desprecia abiertamente- resume el papel de los Judenräte que se reveló durante el juicio a Eichmann: no fueron responsables de lo que ocurrió, pues también a los rabinos y sus familias les llegaba la hora de ser asesinados o deportados a Auschwitz, pero mantuvieron el orden en los guetos sin el cual todo hubiera sido caótico, y la administración de la muerte más difícil. Tal vez alguien se hubiera salvado entre el caos. Se ha reprochado el colaboracionismo de Murmelstein en su contrastada eficiencia organizativa en multitud de aspectos de la rutina diaria y laboral de Theresienstadt, motivo por el que muchos le odiaban. Aquí es donde Murmelstein se muestra más vehemente: la supervivencia de Theresienstadt y sus habitantes dependía de que sirvieran para prolongar lo máximo posible la fachada de normalidad que interesaba a Eichmann.
Cabe preguntarse si el título de la película es un acierto, o se presta a la confusión. Las palabras no son neutras. Y menos lo parecen en este caso. ¿Por qué calificar a Murmelstein como el último de los injustos? También aquí la apariencia resulta engañosa. Pues la idea es en realidad del mismo Murmelstein, que juega con el título de la novela de André Schwart-Bart, El último de los justos, sobre la saga de una familia judía, para calificarse irónicamente y riéndose de sí mismo, como el último de los injustos.
Nunca lo sabemos todo, y sólo Lanzmann sabe si había otras razones de fondo para retrasar o esconder hasta mejor ocasión lo que filmó. Pero es cierto que el testimonio y las vivencias de Murmelstein quiebran el principio de que todos los judíos fueron víctimas por igual. Tal vez los años 70 y 80 no eran el momento oportuno para revelar lo que dañaba la imagen de sufrimiento y persecución contra los judíos, sobre la que se había justificado la necesidad de fundar el estado israelita.

Quemados por el sol

Colaborar en el cinefórum que dirige Juan Antonio Horrach, que ha llegado este año a su punto culminante –por tener en su haber ni más ni menos que un estreno nacional ante el público con Gente que vive fuera– es para mí una gran satisfacción.
Quemados por el sol es casi un testamento cinematográfico. Fue premiada en 1994 y en 1995, pero paradójicamente y desde entonces, el director ruso ha estado muy lejos de repetir sus grandes éxitos como Ojos negros, o la película que hoy comento.
Las circunstancias invitan a ver de nuevo Quemados por el sol. Nadie duda de que una de las dos utopías del siglo XX, el fascismo, fue y conduce al desastre. Pero sigue sorprendiéndome que todavía haya voces que no hablan en los mismos términos de la otra, el comunismo. No hay hoy en día excusas para tal error, porque los hechos, los datos y los testimonios históricos están al alcance de quien quiera conocerlos. De hecho, lo que me hizo escoger esta película fueron las declaraciones del líder del partido que está en boca de todo el mundo, al decir –cuando no escondía sus filias tras cortinas de humo para no perder apoyos- que él era partidario de un leninismo amable. Signifique eso lo que signifique, ver películas en las que el leninismo en acción culmina en el estalinismo –los métodos y las ideas son las mismas- me parece muy educativo, tanto como leer Rebelión en la granja, sobre todo cuando uno es políticamente pueril.
Califico Quemados por el sol como película pre-orwelliana. Es reveladora, desenmascaradora de principio a fin, y no tanto por tratar hechos históricos, que también, sino porque bucea en las claves previas que subyacen a las prácticas totalitarias con las que termina, imposibles sin tremendos resentimientos previos. A lo primero dedica Orwell su literatura, en plena soledad mientras millones de intelectuales, ignorantes y manipuladores, mantenían el mito del paraíso comunista. Quemados por el sol se situaría en la parte previa a la tragedia, con un final sobrecogedor. El punto de inflexión en la película es la llegada de Mitya –Dimitri- que aun presentándose como miembro de la familia, irá dando señales de que algo turbio está tramando.
Aparte del contenido, hay elementos cinematográficos que destacar. El primero es un elemento simbólico -el sol-, en forma de bolas de fuego, una metáfora visual que me parece muy lograda. Otro es un elemento felliniano –el camionero perdido- con un final inesperado. Además de los elementos del paisaje ruso: la dacha integrada en el bosque, el río…

 

Propongo dos caminos principales para comentar Quemados por el sol. Uno es el histórico, y el otro va más bien por la vía intimista o psicológica. La opción histórica nos lleva inevitablemente a las purgas de Stalin. La película narra el caso de Kotov, que tuvo lugar en 1936. Los años siguientes fueron los peores: se calcula que sólo en 1937 y 1938, se fusiló o envió a los campos de concentración del Gulag a entre 1,5 y 2 millones de personas por año. No es mi intención hacer un análisis histórico exhaustivo, lo que sí me parece interesante es el testimonio de un gran personaje de la época –Arthur Koestler- que en sus Memorias explica el proceso por el que fue descubriendo la verdad de lo que ocurría en la URSS, motivo por el que dejó su militancia, a pesar de haber trabajado activamente haciendo propaganda comunista en la Internacional Comunista. Cabe esperar que acusados como Kotov se defendieran negando que fueran agentes infiltrados del capitalismo internacional o del fascismo. Sin embargo, lo que añadía a los juicios un punto de incomprensión para el mundo entero, es que muchos acusados acabaron autoinculpándose. Koestler afirma que para quien entienda la mentalidad del comunista convencido, estos hechos no entrañan secreto alguno. Explica que los acusados de traición y fascismo son de muy diversos tipos: había analfabetos que no sabían leer lo que firman cuando se autoinculpan, otros confiesan sus delitos por proteger a su familia y tras haber sufrido torturas. Pero otros –los más interesantes- que tienen a sus espaldas 30 y 40 años de actividad revolucionaria, que habían estado en la cárcel durante el zarismo, que se habían jugado el tipo una y otra vez en defensa de la revolución, que durante años son considerados héroes populares como Kotov, también se declaran culpables. ¿Cómo era eso posible? Koestler explica que no hay secreto alguno: estaban convencidos de que estaban haciendo un último servicio en favor de la revolución. Un caso espectacular es el de los líderes Mrajkovski y Smirnov, que tras una vida de actividad revolucionaria desde 1905, y negándose inicialmente a confesar delitos que no habían cometido, acaban haciéndolo porque su interrogador les hace ver que ante el descontento del pueblo ruso, y para frenar que surgieran corrientes opositoras en su seno, el gobierno necesitaba de confesiones de supuestos opositores y de castigos ejemplares para paralizar el descontento mediante el miedo. En el fondo, el acusador les propone que el régimen necesita identificar enemigos interiores para cohesionar al pueblo. Este es uno de los casos que cuenta el general jefe del contraespionaje soviético Krivitski, en el libro Fui un agente de Stalin, que en 1937 deserta, y tras dos intentos de asesinato, aparece muerto en Washington, supuestamente por suicidio. Previamente había dicho a su familia, que si alguna vez se anunciara su suicidio, podían estar seguros de que sería un asesinato, porque jamás se le pasó por la cabeza cometerlo. Cuenta Krivitski que Stalin tenía especial empeño en que los juicios no empezaran hasta que Mrajkovski y Smirnov estuvieran por la labor de confesar, pues cuanto más populares y más queridos por el pueblo fueran los acusados, mayor impacto tendría su ejecución. El mismo Bujarin –otro de los grandes líderes purgados- llegó a afirmar “yo soy subjetivamente inocente, pero objetivamente culpable”. El caso es que no tenías por qué haber hecho nada para ser fusilado, ni opositor a nada, bastaba con que se te considerara culpable por quien así lo dice, y que se asumiera que uno era el mejor chivo expiatorio posible para aglutinar a la masa en favor de la revolución. Esta facilidad del totalitarismo de crear una mentira que pasa por ser verdad, en la que encajan las piezas en contra del acusado, queda muy bien reflejada en la película. Koestler observa que para la mentalidad occidental aquellas autoinculpaciones eran incomprensibles, pero que a él no se lo parecen: “el método por el que Mrajovski, Bujarin o Rubashov fueron inducidos a confesar, solo podía aplicarse a cierto tipo de antiguos bolcheviques con una lealtad absoluta al partido” (Koestler, 2011: 897).
Uno de los aspectos del desenlace que, en principio, le deja a uno perplejo, es el suicido final de Mytia. Sin embargo, Koestler explica que los interrogatorios solían tener lugar entre colegas revolucionarios que incluso se enseñaban sus cicatrices por la revolución, pero que, una vez se había ejecutado al acusado, el acusador, acababa suicidándose.

El otro aspecto de la película es el intimista, el psicológico, que he calificado como pre-orwelliano. Analicemos algunos detalles de Mytia. Descubrimos que es un ruso blanco que ha perdido la guerra. Que ha sobrevivido como ha podido, incluso delatando a destacados rusos blancos que posteriormente fueron fusilados. Sin embargo, ha medrado en la policía política o NKVD. Era el prometido de Marusia, que se ha casado con Kotov, admirado líder de la revolución. Tiene un mayordomo que habla mejor en francés que en ruso. Recordemos que la aristocracia rusa educaba en francés a sus vástagos. En un diálogo significativo de la película, le dice a Marusia que “excepto que me habéis suprimido, la vida de la familia no ha cambiado nada”. Cuando Kotov ya sabe a qué ha venido, le pregunta si ha venido por su cuenta o se lo han ordenado; queda claro que le mueve el resentimiento por lo que ha perdido. La escena final de saludo a la imagen de Stalin es la de un saludo forzado, grotesco, no es natural… ¿Es Mitya un comunista convencido? No lo parece en ningún momento, incluso más bien parece un cínico que se aprovecha de su poder. No, Mytia es un resentido que busca venganza en contra precisamente de la que fue y hubiera podido ser su familia.
Pese a todos los componentes ideológicos, económicos y sociales que hay tras una revolución, el resentimiento en el ámbito personal o emocional debe estar presente. Quemados por el sol es también una película sobre la venganza. Es evidente que Marusia no puede tener dos maridos, y que la venganza de Mitya tiene un trasfondo puramente personal. Que se haya casado con Kotov, impide que se case con Mitya. Un ejemplo de suma cero. Lo que uno gana, lo pierdo el otro. Como pueda haberla en un partido de fútbol o en una pelea de boxeo. Pero la visión de que lo que uno tiene, se debe a que se lo ha quitado a otros está presente en las revoluciones, especialmente en la revolución rusa, y es extrapolada a todos los campos. El resultado es un resentimiento social tremendo. Por ejemplo, si alguien tiene dos casas, y otro no tiene ninguna, aplicando la falacia de la suma cero, se concluye que el primero le ha quitado una al segundo. Lenin aplicaba este rasero para todo el que destacara en algo, que quedaba clasificado como burgués. Y en consecuencia, se le trataba como a un usurpador que ha quitado algo a los demás, con lo que se le expropiaba, asesinaba o deportaba en nombre de la justicia social. Había que quitárselo todo para compensar el daño que había hecho. Es el mismo razonamiento de Hitler con los judíos: sus riquezas y propiedades provenían de habérselas arrebatado a la clase obrera alemana.
Lo que me parece preocupante es que, a poco que agudicemos el oído, este discurso está presente de forma creciente hoy en día, y el ejemplo anterior sobre las casas no es un invento cualquiera: hay quien lo denomina como violencia estructural de la sociedad. Con lo que a continuación se justifica el asalto a la propiedad ajena, puesto que el que roba responde defensivamente, en el fondo, a una agresión. Es un peligro, y también un problema clásico desde la Revolución Francesa, que se entienda un valor como la igualdad de tal forma, que sea incompatible con otro, la libertad. Este es el discurso que exacerbadamente llega de Venezuela. No en vano, el partidario del leninismo amable acaba de votar en contra de que la Eurocámara exija a Maduro la liberación de los opositores encarcelados.

 

REFERENCIAS

Koestler, A., Memorias, Editorial Lumen, Madrid 2011.

Falacias sobre la fusión municipal

A diferencia del conservadurismo de los de siempre, y las asonadas desquiciadas de los recién llegados, quedan quienes son capaces de hacer propuestas incisivas e innovadoras. Nadie ignora que la crisis institucional se traduce en la ruinosa deuda -22000€ por cada español- con la que nos premian las diferentes administraciones públicas. Hete aquí que UPyD-Baleares se ha puesto manos a la obra y ha presentado su proyecto para racionalizar una administración municipal de origen decimonónico. Se propone pasar de 67 ayuntamientos a 16 en toda Baleares, fusionándolos de forma que sólo uno tenga menos de 20.000  habitantes. Nada que no se ha hecho ya en muchos países europeos. Lo que aquí está en juego es que la racionalidad y la eficacia incluyan a la administración pública, que no tiene que ser un lastre incapacitante. Las reacciones se han producido de inmediato, por lo que analizo a continuación las que más llamativas me parecen.
Falacia del terruño. Es tal la profusión de bufidos sentimentales que se ha adueñado de la política española en general, que algunas voces plantean que esta propuesta fracasará por ignorar la idiosincrasia de los habitantes de las pequeñas localidades. Se supone que éstos consideran imprescindible tener sus ayuntamientos como si fueran fines en sí mismos, al margen de sus costes y conveniencia. Tras este argumento subyace una generalización y un prejuicio: la de que el patrioterismo chico ha insuflado pasiones desatadas entre todos los vecinos. Pues bien, a lo mejor resulta que los lugares comunes no son más que eso -simplezas de trazo grueso- de forma que un fino escepticismo y un agudo sentido crítico son más compatibles de lo que parece con el hecho de vivir en un pueblo. La lucidez para entender que algo no funciona, no depende del lugar en que uno vive.
Falacia de la cercanía. A menudo se oye hablar con gran alharaca sobre la trascendencia de tener una administración lo más cercana posible que, cómo no, esté gestionada por los que son de aquí. Pero la perspectiva en pequeñito puede distorsionar procesos sociales complejos. Además, la tentación del nepotismo es mucho más probable en las administraciones cercanas, lo que abre las puertas a la corrupción. Los intereses creados y las presiones son mucho más efectivos entre conocidos que ante una administración anónima que no hace distinciones a la hora de aplicar la ley. Es un fenómeno humano bastante comprensible: el calor de la cercanía y la confianza favorece el espíritu del cacique, que hoy en día ya no ejerce presiones dictatoriales sino que hace favores a los suyos, y a quien conviene, claro está. Aunque eso implique vulnerar leyes injustas.
Falacia del tamaño. Desde posiciones liberales, se ha observado el peligro que el intervencionismo de las administraciones desorbitadamente grandes –como las de los imperios y los grandes estados- representan. Que, en efecto, así haya sido históricamente, no significa que las administraciones pequeñas se autolimiten, ni que se ajusten a las funciones básicas que la ley establece. De hecho, ha ocurrido precisamente lo contrario. Llevados del populismo, la ambición y la necesidad de justificar sus cargos, son legión los alcaldes con tendencias cesaristas, que han intervenido en áreas que no les corresponden, derrochando recursos más allá de lo tolerable, para convertirse posteriormente en permanentes plañideras por la mala financiación que reciben.
El falso dilema de la desaparición. Se plantea en este caso un extremismo dramático entre dos polos: o se dispone de ayuntamiento o poco menos que se desaparece de la realidad. No sólo hay en Baleares localidades que ya están integradas en ayuntamientos más grandes, sino que racionalizar la gestión pública no tiene nada que ver con desaparecer del mapa, renunciar a los topónimos, dejar de tener fiestas patronales, ni con dejar de tener la particularidad que sea. No, pueden tranquilizarse los temerosos, porque la propuesta de fusión de ayuntamientos no tiene inclinación estalinista alguna.
En conclusión, los argumentos contra la fusión destapan algunos de los orígenes intelectuales de las deficiencias que padecen los ciudadanos. Lo que confirma el acierto de una propuesta dirigida a asegurar los servicios municipales básicos con unos costes razonables, aunque mucho listillo se quedara sin su cargo.

Regeneración sin degeneración

Otro aquelarre de profetas. Como si no hubiera habido experiencia histórica de lo peligrosos que son, sencillamente, porque son falsos profetas. Que todavía deslumbren las propuestas atronadoras, en lugar de verdades humildes pero contrastadas y equilibradas, demuestra serias deficiencias personales y colectivas. Ya decía Russell que tenemos tendencia a equivocarnos en las cosas importantes. Si añadimos que el iluminado y sus convicciones vienen acompañados del efectismo de los buenos resultados, el mal ejemplo puede ser contagioso. Anda el patio español revuelto por la llegada de un discurso básico en todos los sentidos que, al resultar eficaz en términos propagandísticos, despierta la envidia de quienes tienen que competir con él, con el riesgo de caer en la tentación de imitarlo.
Uno se sorprende de que durante tanto tiempo se haya admirado la apariencia de las formas, y lamenta que muchos comentaristas y analistas hayan tardado tanto en darse cuenta de que, además de cómo se dice, hay que analizar lo que se dice. Porque hasta la supuesta novedad del discurso de los nuevos puritanos es ficticia. De hecho, la tozuda realidad de los hechos históricos demuestra que ha arruinado cientos de países en los que se ha aplicado. Los últimos casos están en Sudamérica. Pero como reconocer los hechos implica cierta honestidad intelectual, en nada cambian los voceros de la simpleza, anclados en su particular secuestro de los buenos sentimientos. Porque de esto último presumen de andar sobrados, de ahí que a cualquier pregunta sobre su programa, sobre su financiación, o sobre sus presuntos delitos fiscales, recaiga sobre uno la furia por los miles de pobres y desamparados que en España y el mundo entero ha habido. ¿Respuestas procedentes? ¿Soluciones efectivas que no empeoren las cosas? Ni una sola, porque de eso se trata: de canalizar la indignación a ciegas, de despertar al monstruo del resentimiento al servicio de una ideología decimonónica que ahora se traviste de bolivariana, acentuando la emocionalidad con el recurso de la descalificación ad hominem. De ahí que la mala educación esté presente en el sarcasmo dirigido a cualquier voz crítica. Son las formas del teniente coronel. ¿Acaso creían ustedes que las gafitas trotskistas se llevan hoy en día en vano?
Todo esto confirma la lúcida visión de la época y las capacidades cognitivas humanas que se han hecho en los últimos 20 años. Para empezar, cierta involución antiilustrada en las mismas sociedades desarrolladas, que pone en repliegue el equilibrio con el que la razón modera la tensión entre el pensamiento y las emociones. De ahí que se extienda un discurso directamente dirigido al sistema límbico, que ignora la complejidad de la realidad en todos los aspectos, con tal de mantener al votante en una adolescencia permanente: la de reafirmar sus intuiciones maniqueas. La mercadotecnia complementa el proceso creando un marco lingüístico repetitivo.
Los ciudadanos sensatos son conscientes de que las cosas se pueden empeorar mucho. Aun teniendo una larga lista de motivos por los que estar indignado, quieren una regeneración que no destruya libertades ni empeore la crisis institucional. Pero no cualquier cosa, ni a cualquier precio. Y saben que – peor incluso que un bipartidismo esclerótico- es un discurso populachero y desquiciado que conduce a la degeneración, es decir, produce los efectos contrarios a los que anuncia a bombo y platillo.

Gente que vive fuera

No cabe duda de que cinco años después, y de la mano de Juan Antonio Horrach, el cinefórum que uno contribuyó a iniciar ha llegado a su culmen. El estreno en Palma, ante un público selecto, del documental Gente que vive fuera, presentado y comentado por uno de sus protagonistas –el escritor catalán afincado en Mallorca Xavier Pericay– puede considerarse una verdadera primicia. Y no sólo por el hecho de que se tratase, efectivamente, de un estreno, ni por la calidad incuestionable del producto, sino también porque quienes conocemos el panorama supuestamente cultural de las salas en las que un documental así debería verse –me refiero, por ejemplo, a Cineciutat– sabemos que la intoxicación ideológica de quienes deciden su programación, se traduce en una férrea censura del silencio contra todo lo que no se ajuste a la religión establecida. Con más motivo pues, se agradece la participación de Xavier Pericay.
Gente que vive fuera es el documental de las víctimas del nacionalismo catalán, que ha producido exiliados que pudieron rehacer su vida profesional y personal en otras partes de España. Su talento les dio la posibilidad de escapar de un ambiente asfixiante, pero también el valor de hacerlo. Porque una vez más y como siempre, no hay nacionalismo que no deje un reguero de sujetos estigmatizados por atreverse a ser individuo antes que tribu. Albert Boadella, Félix de Azúa, Xavier Pericay y Federico Jiménez Losantos (tres barceloneses y un aragonés) dejan testimonio de los distintos aspectos en los que la Barcelona que conocieron en su juventud fue convirtiéndose en lo contrario de lo que fue: el lugar donde había libertades que no había en Madrid. Pero lo más relevante del documental, y le da una categoría excepcional, es que no se ventila cuestión ideológica alguna. El pálpito de la vivencia, no exenta de humor en momentos puntuales –cosa que no soportan los nacionalistas- recorre cada una de sus observaciones, sea en el campo familiar, social, educativo, político o económico. De ahí que Gente que vive fuera sea un documento recomendable, sobre todo, para quienes han caído en la trampa de la propaganda y la mentira, que pretende convertir las cosas en lo contrario de lo que son, transfigurando al verdugo en víctima, y han perdido la capacidad de ver la realidad si no es a través de las gafas de la ideología.

“Leer para vivir”, por Juan Jiménez Castillo

Tarjeton presentacion en Palma de Leer para vivir

 

En el proceloso panorama de la educación en Baleares, la voz de Juan Jiménez Castillo se distingue con luz propia. Mientras otros se sirven de la educación a modo de coartada para divulgar convicciones ideológicas que apenas disimulan un proyecto político, Juan Jiménez procede de forma radicalmente diferente. En sus libros – y éste es el tercero que publica en tres años- se adentra rigurosamente en las deficiencias reales de la práctica docente diaria, y lo que es más importante todavía, propone formas efectivas de mejorarla. No es casualidad que llegue tan lejos, pues el lector comprobará que a un profundo conocimiento del marco teórico y sus tendencias, suma la experiencia real del terreno que pisa –el de las aulas – soslayado precisamente por algunos de los que más elevan el tono en temas educativos. Insisto: no es lo mismo valerse de la educación que servir a la misma.

Pese a que nadie ignora la trascendencia de la lectura como habilidad fundamental, las revelaciones que hace Juan Jiménez con su fino análisis, le dejan a uno pensativo. En lugar de repetir argumentos trillados a los que se recurre habitualmente como cortinas de humo –pedir sin más la implicación de las partes o atribuir toda deficiencia a los condicionantes económicos- nuestro autor centra su investigación en causas internas relativas al ejercicio profesional de la enseñanza en las aulas, sin atribuirlas, como se acostumbra muy a la ligera, a factores externos. Su testimonio de que en las escuelas de Baleares se dispone de un enfoque sobre cómo aprender a leer, pero no de un verdadero método de aprendizaje, confirma la sospecha de que no siempre ha triunfado el mejor modelo pedagógico posible, por enjundioso y sugerente que suene su nombre (Teberovsky). Si sumamos a esto que el mismo marco legal –la LOE- no impulsa el desarrollo de la lectura por no contemplarlo como objetivo finalista hasta la educación primaria -siendo factible adelantarlo al segundo ciclo de la educación infantil-, o que los equipos de las escuelas de Infantil y Primaria no siempre hayan acordado ni discutido qué es lo que más conviene a los niños, resulta patente que se deben hacer mejoras profesionales concretas. En nada se parece todo ello a hacer meras declaraciones de buenas intenciones.

En Leer para vivir, Juan Jiménez revela una situación paradójica. Pese a que nadie niega la trascendencia de adquirir la habilidad de la lectoescritura, resulta que ha triunfado en las escuelas la renuncia a ejercer el papel de verdadero estímulo que desarrolle el potencial de los niños en cuanto brota. Un potencial innato, que ve mermada su capacidad de crecimiento exponencial si no es aprovechado a tiempo, cuando no se malogra. La causa radica en el constructivismo, en un pseudoprogresismo mal entendido que idealiza y eterniza el juego, y en los efectos de lo que Basil Bernstein denominó pedagogías implícitas. Combinando la ironía del experto y el rigor del científico, Juan Jiménez analiza la suma de esos factores, y demuestra sus verdaderas consecuencias. Así pues, los juzga por sus resultados en lugar de por la magia retórica con las que son promovidos, como si la innovación que los caracteriza fuera un fin en sí mismo. No se aprende a leer hojeando, mirando o jugando con los libros -sino que se necesita una labor metódica previa- y, mucho menos todavía, se debe renunciar a las cartillas de lectura. La progresiva desaparición de estos materiales redunda en otra consecuencia indeseable: se extingue la provechosa posibilidad de colaboración de los padres, que ni tan solo pueden prolongar la labor del maestro en casa, fomentando el hábito y el placer de leer. Precisamente en este sentido, Juan Jiménez reivindica la experiencia positiva de las escuelas de padres. Y expone un programa por niveles en los que éstos formen parte de la comunidad educativa (maestros, niños y padres), adquiriendo estrategias prácticas fáciles de llevar a cabo.
Por último, una simple reflexión sobre los posibles defectos de las ciencias humanas frente a las ciencias naturales, que supuestamente los superaron hace siglos. Juan Jiménez Castillo está en el grupo de los que dignifican el estatus de la Pedagogía, inclinándola del lado de la ciencia y alejándola del de la propaganda, motivo por el que no siempre ha salido bien parada del ruido mediático de quienes más dicen defenderla. Los que hemos tenido en ocasiones anteriores la grata experiencia de descubrir -gracias precisamente a la lectura- obras y fuentes que las versiones deformadas de los hechos pretendían escamotearnos, tenemos con Leer para vivir, un ejemplo vivo de lo que su título anuncia. Y una prueba de cómo hay que proceder y por dónde empezar, si realmente se pretende mejorar la realidad educativa española.