Lanzmann y Murmelstein

Hace dos años que salió a la luz El último de los injustos, la última parte del monumental documental Shoah, de Claude Lanzmann, considerado por muchos el mejor documental de la historia. Es de celebrar que 70 años después de terminada la Segunda Guerra Mundial, aparezcan documentos reveladores sobre lo que pasó. Pero es sorprendente que Lanzmann se demorara 38 años en publicar el resultado de la semana que pasó en Roma, entrevistando a Benjamin Murmelstein en 1975. Shoah consiste en casi 10 horas de testimonios de víctimas y victimarios a veces en los mismos lugares donde tuvieron lugar los hechos. Sumando El último de los injustos, se alarga hasta las 14 horas de duración. Se trata de un documento histórico excepcional. Así que nada tiene de extraño preguntarse por qué Lanzmann tardó tanto en publicar una parte tan sensible de la verdad.
El mismo Lanzmann afirma en la entrevista que le hace Chris Kijne, que Murmelstein fue una de las primeras personas a las que quiso incluir en su investigación, y, de hecho, una de las primeras a las que entrevistó. Hay, pues, un sorprendente cambio en el orden de los factores: digamos que el primero es el último. Lanzmann demostró su disposición a desvelar las vergüenzas que descubrió -mintió al oficial de las SS Franz Suchomel al prometerle que no divulgaría nada de lo que le contara sobre lo que ocurrió en Treblinka- pero cabe preguntarse si estaba dispuesto a hacer lo mismo con todos por igual, si descubrió algo que no era oportuno sacar a la luz, o si hay otros motivos que expliquen tal retraso. Aclaremos que Benjamin Murmelstein fue casi el único superviviente de todos los Judenräte, los consejos judíos a los que las autoridades nazis encargaban la gestión de los guetos en los que se hacinaba a la población judía antes de enviarlos progresivamente a los campos de exterminio. Y fue la única autoridad superviviente del Judenrat de Theresienstadt, gueto a 60 km. de Praga, organizado y montado para hacer creer al mundo que el régimen nazi se comportaba humanitariamente con los judíos, es decir, para la mentira y la propaganda. Kijne pregunta a Lanzmann por qué tardó tanto en completar su documental. La respuesta es de lo más simple e irrelevante –si no decepcionante- que cabe esperar: Lanzmann reconoce irónicamente que el tiempo que se ha tomado es de record, afirma que es difícil explicarse los motivos, que en realidad se olvidó de Murmelstein (¡sic! m. 33), que la parte que relata no tiene el carácter épico del resto por relatar otra cara de los hechos, y que siempre tuvo el condicionante de no contar con un productor para financiar una película tan larga.
Sin embargo, el contraste entre la respuesta de Lanzmann y el impacto que produce el testimonio de Murmelstein en el espectador, invita a bucear en los aspectos internos y en la lógica interna de los sucesos narrados. El riesgo, también aquí, consiste en la sobreinterpretación que tendemos a realizar con tal de rellenar los vacíos que no sabemos explicar, estableciendo una particular relación causa-efecto, siempre que no demos por satisfactoria del todo la respuesta de Lanzmann, y a moralizar sobre cómo ha logrado sobrevivir quien se haya enfrentado a una situación extrema.
Lanzmann confiesa su admiración por Murmelstein. Le deslumbra su sabiduría, su ironía, su particular clarividencia. Afirma en los créditos iniciales que no miente. Le coge amistosamente por el brazo en la toma final frente al Arco de Tito y le pasa el brazo por los hombros, demostrando que él no es como sus enemigos, que incluso habían pedido su condena a muerte. El espectador avezado tendrá que valorar hasta qué punto la empatía entre entrevistador y entrevistado influye en el documento, como lo haría la antipatía. Lanzmann explica a Kijne, que tuvo que seleccionar lógicamente entre el material filmado durante una semana para confeccionar El último de los injustos y que no siempre incluyó lo que denomina bad side of the story. Por ejemplo, el caso de un joven que suplicaba a Murmelstein que hiciera lo posible para sacarlo de la lista de deportados en el próximo tren a Auschwitz, con lo que eso implicaba. Murmelstein siempre se negó a confeccionar lista alguna, también a alterarlas, pues la salvación de una persona significaba el sacrifico de otra. Cuenta Murmelstein que días después se encontró al joven muy alegre… había sido un error, era otro nombre el que figuraba en la lista, así que se alegraba de haber tenido la suerte de su lado. De ahí la respuesta de Murmelstein a quien le pedía cambiar a una persona por otra: usted sustituye al rescatado, pues a los nazis sólo les importaban las cifras de deportados, no de quién se tratara. Y esa es la revelación más humana, pero más inquietante de El último de los injustos. En palabras de Murmelstein: “todos fueron mártires, pero no todos fueron santos”. Pues el miedo a morir desató toda forma de corrupción con tal de salvarse, o de salvar a aquellos por los que había alguna forma de dependencia emocional o sexual, afirma Murmelstein. Esa es una de las verdades que le convierten en un dinosaurio en medio de la carretera que los coches quieren evitar, dice de sí mismo. Y es que en situaciones extremas, no se nos puede exigir convertirnos en héroes. De ahí que Murmelstein se compare con Sherezade: tenía que participar en un cuento, con tal de seguir sobreviviendo en una situación en la que no podía comportarme como un caballero.
Hannah Arendt –a quien tampoco Lanzmann se ha molestado en leer ni comprender e incluso desprecia abiertamente- resume el papel de los Judenräte que se reveló durante el juicio a Eichmann: no fueron responsables de lo que ocurrió, pues también a los rabinos y sus familias les llegaba la hora de ser asesinados o deportados a Auschwitz, pero mantuvieron el orden en los guetos sin el cual todo hubiera sido caótico, y la administración de la muerte más difícil. Tal vez alguien se hubiera salvado entre el caos. Se ha reprochado el colaboracionismo de Murmelstein en su contrastada eficiencia organizativa en multitud de aspectos de la rutina diaria y laboral de Theresienstadt, motivo por el que muchos le odiaban. Aquí es donde Murmelstein se muestra más vehemente: la supervivencia de Theresienstadt y sus habitantes dependía de que sirvieran para prolongar lo máximo posible la fachada de normalidad que interesaba a Eichmann.
Cabe preguntarse si el título de la película es un acierto, o se presta a la confusión. Las palabras no son neutras. Y menos lo parecen en este caso. ¿Por qué calificar a Murmelstein como el último de los injustos? También aquí la apariencia resulta engañosa. Pues la idea es en realidad del mismo Murmelstein, que juega con el título de la novela de André Schwart-Bart, El último de los justos, sobre la saga de una familia judía, para calificarse irónicamente y riéndose de sí mismo, como el último de los injustos.
Nunca lo sabemos todo, y sólo Lanzmann sabe si había otras razones de fondo para retrasar o esconder hasta mejor ocasión lo que filmó. Pero es cierto que el testimonio y las vivencias de Murmelstein quiebran el principio de que todos los judíos fueron víctimas por igual. Tal vez los años 70 y 80 no eran el momento oportuno para revelar lo que dañaba la imagen de sufrimiento y persecución contra los judíos, sobre la que se había justificado la necesidad de fundar el estado israelita.

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Quemados por el sol

Colaborar en el cinefórum que dirige Juan Antonio Horrach, que ha llegado este año a su punto culminante –por tener en su haber ni más ni menos que un estreno nacional ante el público con Gente que vive fuera– es para mí una gran satisfacción.
Quemados por el sol es casi un testamento cinematográfico. Fue premiada en 1994 y en 1995, pero paradójicamente y desde entonces, el director ruso ha estado muy lejos de repetir sus grandes éxitos como Ojos negros, o la película que hoy comento.
Las circunstancias invitan a ver de nuevo Quemados por el sol. Nadie duda de que una de las dos utopías del siglo XX, el fascismo, fue y conduce al desastre. Pero sigue sorprendiéndome que todavía haya voces que no hablan en los mismos términos de la otra, el comunismo. No hay hoy en día excusas para tal error, porque los hechos, los datos y los testimonios históricos están al alcance de quien quiera conocerlos. De hecho, lo que me hizo escoger esta película fueron las declaraciones del líder del partido que está en boca de todo el mundo, al decir –cuando no escondía sus filias tras cortinas de humo para no perder apoyos- que él era partidario de un leninismo amable. Signifique eso lo que signifique, ver películas en las que el leninismo en acción culmina en el estalinismo –los métodos y las ideas son las mismas- me parece muy educativo, tanto como leer Rebelión en la granja, sobre todo cuando uno es políticamente pueril.
Califico Quemados por el sol como película pre-orwelliana. Es reveladora, desenmascaradora de principio a fin, y no tanto por tratar hechos históricos, que también, sino porque bucea en las claves previas que subyacen a las prácticas totalitarias con las que termina, imposibles sin tremendos resentimientos previos. A lo primero dedica Orwell su literatura, en plena soledad mientras millones de intelectuales, ignorantes y manipuladores, mantenían el mito del paraíso comunista. Quemados por el sol se situaría en la parte previa a la tragedia, con un final sobrecogedor. El punto de inflexión en la película es la llegada de Mitya –Dimitri- que aun presentándose como miembro de la familia, irá dando señales de que algo turbio está tramando.
Aparte del contenido, hay elementos cinematográficos que destacar. El primero es un elemento simbólico -el sol-, en forma de bolas de fuego, una metáfora visual que me parece muy lograda. Otro es un elemento felliniano –el camionero perdido- con un final inesperado. Además de los elementos del paisaje ruso: la dacha integrada en el bosque, el río…

 

Propongo dos caminos principales para comentar Quemados por el sol. Uno es el histórico, y el otro va más bien por la vía intimista o psicológica. La opción histórica nos lleva inevitablemente a las purgas de Stalin. La película narra el caso de Kotov, que tuvo lugar en 1936. Los años siguientes fueron los peores: se calcula que sólo en 1937 y 1938, se fusiló o envió a los campos de concentración del Gulag a entre 1,5 y 2 millones de personas por año. No es mi intención hacer un análisis histórico exhaustivo, lo que sí me parece interesante es el testimonio de un gran personaje de la época –Arthur Koestler- que en sus Memorias explica el proceso por el que fue descubriendo la verdad de lo que ocurría en la URSS, motivo por el que dejó su militancia, a pesar de haber trabajado activamente haciendo propaganda comunista en la Internacional Comunista. Cabe esperar que acusados como Kotov se defendieran negando que fueran agentes infiltrados del capitalismo internacional o del fascismo. Sin embargo, lo que añadía a los juicios un punto de incomprensión para el mundo entero, es que muchos acusados acabaron autoinculpándose. Koestler afirma que para quien entienda la mentalidad del comunista convencido, estos hechos no entrañan secreto alguno. Explica que los acusados de traición y fascismo son de muy diversos tipos: había analfabetos que no sabían leer lo que firman cuando se autoinculpan, otros confiesan sus delitos por proteger a su familia y tras haber sufrido torturas. Pero otros –los más interesantes- que tienen a sus espaldas 30 y 40 años de actividad revolucionaria, que habían estado en la cárcel durante el zarismo, que se habían jugado el tipo una y otra vez en defensa de la revolución, que durante años son considerados héroes populares como Kotov, también se declaran culpables. ¿Cómo era eso posible? Koestler explica que no hay secreto alguno: estaban convencidos de que estaban haciendo un último servicio en favor de la revolución. Un caso espectacular es el de los líderes Mrajkovski y Smirnov, que tras una vida de actividad revolucionaria desde 1905, y negándose inicialmente a confesar delitos que no habían cometido, acaban haciéndolo porque su interrogador les hace ver que ante el descontento del pueblo ruso, y para frenar que surgieran corrientes opositoras en su seno, el gobierno necesitaba de confesiones de supuestos opositores y de castigos ejemplares para paralizar el descontento mediante el miedo. En el fondo, el acusador les propone que el régimen necesita identificar enemigos interiores para cohesionar al pueblo. Este es uno de los casos que cuenta el general jefe del contraespionaje soviético Krivitski, en el libro Fui un agente de Stalin, que en 1937 deserta, y tras dos intentos de asesinato, aparece muerto en Washington, supuestamente por suicidio. Previamente había dicho a su familia, que si alguna vez se anunciara su suicidio, podían estar seguros de que sería un asesinato, porque jamás se le pasó por la cabeza cometerlo. Cuenta Krivitski que Stalin tenía especial empeño en que los juicios no empezaran hasta que Mrajkovski y Smirnov estuvieran por la labor de confesar, pues cuanto más populares y más queridos por el pueblo fueran los acusados, mayor impacto tendría su ejecución. El mismo Bujarin –otro de los grandes líderes purgados- llegó a afirmar “yo soy subjetivamente inocente, pero objetivamente culpable”. El caso es que no tenías por qué haber hecho nada para ser fusilado, ni opositor a nada, bastaba con que se te considerara culpable por quien así lo dice, y que se asumiera que uno era el mejor chivo expiatorio posible para aglutinar a la masa en favor de la revolución. Esta facilidad del totalitarismo de crear una mentira que pasa por ser verdad, en la que encajan las piezas en contra del acusado, queda muy bien reflejada en la película. Koestler observa que para la mentalidad occidental aquellas autoinculpaciones eran incomprensibles, pero que a él no se lo parecen: “el método por el que Mrajovski, Bujarin o Rubashov fueron inducidos a confesar, solo podía aplicarse a cierto tipo de antiguos bolcheviques con una lealtad absoluta al partido” (Koestler, 2011: 897).
Uno de los aspectos del desenlace que, en principio, le deja a uno perplejo, es el suicido final de Mytia. Sin embargo, Koestler explica que los interrogatorios solían tener lugar entre colegas revolucionarios que incluso se enseñaban sus cicatrices por la revolución, pero que, una vez se había ejecutado al acusado, el acusador, acababa suicidándose.

El otro aspecto de la película es el intimista, el psicológico, que he calificado como pre-orwelliano. Analicemos algunos detalles de Mytia. Descubrimos que es un ruso blanco que ha perdido la guerra. Que ha sobrevivido como ha podido, incluso delatando a destacados rusos blancos que posteriormente fueron fusilados. Sin embargo, ha medrado en la policía política o NKVD. Era el prometido de Marusia, que se ha casado con Kotov, admirado líder de la revolución. Tiene un mayordomo que habla mejor en francés que en ruso. Recordemos que la aristocracia rusa educaba en francés a sus vástagos. En un diálogo significativo de la película, le dice a Marusia que “excepto que me habéis suprimido, la vida de la familia no ha cambiado nada”. Cuando Kotov ya sabe a qué ha venido, le pregunta si ha venido por su cuenta o se lo han ordenado; queda claro que le mueve el resentimiento por lo que ha perdido. La escena final de saludo a la imagen de Stalin es la de un saludo forzado, grotesco, no es natural… ¿Es Mitya un comunista convencido? No lo parece en ningún momento, incluso más bien parece un cínico que se aprovecha de su poder. No, Mytia es un resentido que busca venganza en contra precisamente de la que fue y hubiera podido ser su familia.
Pese a todos los componentes ideológicos, económicos y sociales que hay tras una revolución, el resentimiento en el ámbito personal o emocional debe estar presente. Quemados por el sol es también una película sobre la venganza. Es evidente que Marusia no puede tener dos maridos, y que la venganza de Mitya tiene un trasfondo puramente personal. Que se haya casado con Kotov, impide que se case con Mitya. Un ejemplo de suma cero. Lo que uno gana, lo pierdo el otro. Como pueda haberla en un partido de fútbol o en una pelea de boxeo. Pero la visión de que lo que uno tiene, se debe a que se lo ha quitado a otros está presente en las revoluciones, especialmente en la revolución rusa, y es extrapolada a todos los campos. El resultado es un resentimiento social tremendo. Por ejemplo, si alguien tiene dos casas, y otro no tiene ninguna, aplicando la falacia de la suma cero, se concluye que el primero le ha quitado una al segundo. Lenin aplicaba este rasero para todo el que destacara en algo, que quedaba clasificado como burgués. Y en consecuencia, se le trataba como a un usurpador que ha quitado algo a los demás, con lo que se le expropiaba, asesinaba o deportaba en nombre de la justicia social. Había que quitárselo todo para compensar el daño que había hecho. Es el mismo razonamiento de Hitler con los judíos: sus riquezas y propiedades provenían de habérselas arrebatado a la clase obrera alemana.
Lo que me parece preocupante es que, a poco que agudicemos el oído, este discurso está presente de forma creciente hoy en día, y el ejemplo anterior sobre las casas no es un invento cualquiera: hay quien lo denomina como violencia estructural de la sociedad. Con lo que a continuación se justifica el asalto a la propiedad ajena, puesto que el que roba responde defensivamente, en el fondo, a una agresión. Es un peligro, y también un problema clásico desde la Revolución Francesa, que se entienda un valor como la igualdad de tal forma, que sea incompatible con otro, la libertad. Este es el discurso que exacerbadamente llega de Venezuela. No en vano, el partidario del leninismo amable acaba de votar en contra de que la Eurocámara exija a Maduro la liberación de los opositores encarcelados.

 

REFERENCIAS

Koestler, A., Memorias, Editorial Lumen, Madrid 2011.

Gente que vive fuera

No cabe duda de que cinco años después, y de la mano de Juan Antonio Horrach, el cinefórum que uno contribuyó a iniciar ha llegado a su culmen. El estreno en Palma, ante un público selecto, del documental Gente que vive fuera, presentado y comentado por uno de sus protagonistas –el escritor catalán afincado en Mallorca Xavier Pericay– puede considerarse una verdadera primicia. Y no sólo por el hecho de que se tratase, efectivamente, de un estreno, ni por la calidad incuestionable del producto, sino también porque quienes conocemos el panorama supuestamente cultural de las salas en las que un documental así debería verse –me refiero, por ejemplo, a Cineciutat– sabemos que la intoxicación ideológica de quienes deciden su programación, se traduce en una férrea censura del silencio contra todo lo que no se ajuste a la religión establecida. Con más motivo pues, se agradece la participación de Xavier Pericay.
Gente que vive fuera es el documental de las víctimas del nacionalismo catalán, que ha producido exiliados que pudieron rehacer su vida profesional y personal en otras partes de España. Su talento les dio la posibilidad de escapar de un ambiente asfixiante, pero también el valor de hacerlo. Porque una vez más y como siempre, no hay nacionalismo que no deje un reguero de sujetos estigmatizados por atreverse a ser individuo antes que tribu. Albert Boadella, Félix de Azúa, Xavier Pericay y Federico Jiménez Losantos (tres barceloneses y un aragonés) dejan testimonio de los distintos aspectos en los que la Barcelona que conocieron en su juventud fue convirtiéndose en lo contrario de lo que fue: el lugar donde había libertades que no había en Madrid. Pero lo más relevante del documental, y le da una categoría excepcional, es que no se ventila cuestión ideológica alguna. El pálpito de la vivencia, no exenta de humor en momentos puntuales –cosa que no soportan los nacionalistas- recorre cada una de sus observaciones, sea en el campo familiar, social, educativo, político o económico. De ahí que Gente que vive fuera sea un documento recomendable, sobre todo, para quienes han caído en la trampa de la propaganda y la mentira, que pretende convertir las cosas en lo contrario de lo que son, transfigurando al verdugo en víctima, y han perdido la capacidad de ver la realidad si no es a través de las gafas de la ideología.

Hannah Arendt, la película

     En conjunto, el imaginario cinematográfico sobre los filósofos es más bien pobre. Ciertamente, raramente han tenido el tipo de aventuras que interesa al gran público. Tampoco es fácil reconvertir en imágenes la evolución del pensamiento y las ideas. Sin embargo, no siempre han tenido unas vidas tan monótonas como para que no hayan vivido vicisitudes y peripecias dignas de narrar.  Sólo con un buen trabajo de guión -análisis de textos y documentos que no siempre son fáciles- se puede conseguir un buen resultado.

     Es el caso de Hannah Arendt, dirigida por Margarethe von Trotta. La película está fenomenalmente documentada, pues gran parte de los diálogos están extraídos de sus cartas – su correspondencia con Mary McCarthy- o sus obras:  la clase que imparte en una escena, por ejemplo, es un texto de su gran obra Los orígenes del totalitarismo. Von Trotta y Pam Katz son las autoras del guión.

      Cuando en 1960, Adolf Eichmann fue secuestrado en Argentina y trasladado a Israel para ser juzgado por haber organizado el transporte masivo de judíos a los campos de exterminio, Arendt pidió al director de la revista The New Yorker ser su corresponsal en Jerusalén.  Había escrito y reflexionado largo y tendido sobre la mentalidad totalitaria, pero nunca había visto a ningún nazi justificándose, una vez había acabado todo. Pues bien, algo de lo que escribió en su incisivo análisis del juicio y del personaje, enfureció a mucha gente. Hasta el extremo de que las reacciones contra ella la sumieron en una especie de tercer exilio (de Alemania y Francia los dos primeros por ser de origen judío), y el tercero porque el marco de libertad de opinión y de respeto al individuo que sólo había encontrado en los EEUU, parecía haberse roto.

    Como tantas veces ha ocurrido, ese es el precio de pensar en libertad. Un pensador, escritor o periodista, necesita poder decir lo que piensa. En el caso de Arendt más todavía, porque ella siempre quiso entender la realidad, más allá de la comprensible indignación emocional. Y como lo que dijo superaba los esquematismos simples, el maniqueísmo radical, el falso dilema entre blanco y negro, señalando que había matices que se habían ignorado, o que no todas las víctimas lo fueron en el mismo grado, fue atacada visceralmente por el sectarismo ramplón; tanto es así, que por poner por escrito dos aspectos  que se revelaron durante el juicio –el papel de los Judenrät (consejos judíos formados por rabinos eminentes que regían los guetos aplicando las disposiciones de los nazis), y la valoración general de Eichmann, -que no era un monstruo sino un payaso a ojos de Arendt- la acusaron de autoodio, un recurso demagógico propio de  intransigentes de piñón fijo, y hubo reacciones desquiciadas en Israel que pedían incluso su ejecución. La primera es leída –un párrafo- en la película, y la segunda es una frase –en cursiva- que aparece una sola vez en todo el libro.

    La  recopilación de artículos que escribió sobre el caso se publicó en forma de libro en 1963, con el título de Eichmann en Jerusalén; informe sobre la banalidad del mal. El escándalo y las críticas demostraban en general que no se había leído la obra, o bien que no se la había entendido. Es frecuente que se hagan lecturas banales de los filósofos, haciéndoles decir lo que cada lector particular entiende. Arendt se defendió alegando que iban dirigidos contra lo que no había escrito. Una expresión –la perversidad del genio- le fue dedicada con la intención de contrarrestar la de la banalidad del mal, que había pasado a ser conocida por todo el mundo.

     Aclaremos cuanto antes que Hannah Arendt aprobaba el secuestro de Eichmann, defendía el derecho de Israel a juzgarle, y aprobaba su ahorcamiento final, por considerarlo uno de los peores criminales de la historia. Hubo voces que rechazaban estos tres puntos. Le pareció muy desafortunada la descripción que hizo la acusación al calificar a Eichmann de “sádico pervertido” o “monstruo más anormal de todos los tiempos”. Arendt destacaba que lo más grave e interesante del caso es que hubo muchos como él, que no eran sádicos pervertidos, sino personas terriblemente normales, incluso mediocres, que llegaron a cometer delitos atroces, en circunstancias que impedían reconocer que habían cometido actos de profunda maldad. De ahí que achacar los crímenes del nacionalsocialismo dibujando a uno de sus protagonistas como un remedo de Barba Azul, le parecía profundamente desacertado e ignorar totalmente lo más relevante de lo que se había visto en el juicio.

       Puede parecer que la expresión la banalidad del mal no cuadra. Mal y banalidad parecen palabras que se excluyen mutuamente. Quienes no leyeron o no habían entendido la obra de Arendt, interpretaban que quería decir algo así como que lo ocurrido no era tan grave o una banalidad, o que incluso eximía de responsabilidad a Eichmann. Jamás insinuó nada ni remotamente parecido. Se refería a la facilidad con la que alguien tan anodino, tan simple, que no tiene carisma ni iniciativas apenas, que al mismo tiempo que es buen padre ha renunciado a juzgar seriamente sus actos, valiéndose de mecanismos de justificación y racionalización que son de una insignificancia absoluta, puede convertirse en parte activa de la barbarie. Si en Los orígenes del totalitarismo había analizado las fuentes ideológicas profundas del mal radical, aquí constataba que también en las actitudes superficiales de quien renuncia a reflexionar sobre sus actos, puede anidar el mal.

      Y aquí hay un detalle que observar. Arendt era especialmente sensible al lenguaje. Como ella, Eichmann hablaba alemán y eso le permitió captar matices y connotaciones que se perdían en la traducción simultánea (la lengua oficial del juicio fue el hebreo). De ahí que le chocara la absoluta mediocridad del personaje, que repetía consignas –”clichés” los denomina- que además no eran suyos sino prestados de la retórica nacionalsocialista-, lugares comunes en forma de frases hechas que a veces ni él mismo entendía del todo, porque confundía el sentido de las palabras. El libro está plagado de observaciones al respecto. Por multitud de detalles, Eichmann le parecía más bien un payaso que un monstruo, que se había sumado a la posibilidad más cercana que tenía de medrar socialmente. Eichmann era un mediocre intelectual y laboralmente, que se había afiliado en 1932 a las SS sin haber leído Mein Kampf, días después de intentar formar parte de un club de masones. Había logrado pasar por experto en judaísmo tras leer dos libros –dos-. Se califica a sí mismo como un “idealista”. Cuando le pregunta el juez si cree que si hubiera habido más coraje cívico en Alemania, las cosas hubieran ocurrido igual, él contesta que claro que no, todo se hubiera organizado mucho más eficazmente, pero en el mismo sentido. No había tenido las ideas que puso en práctica, pero a veces se jactaba de ello. Insiste en que nunca odió a los judíos, que incluso ayudó a alguno, que lo pasó muy mal cuando le mandaron a ver lo que hacían en el este los einsatzgruppen (batallones que mataban a tiros a judíos y eslavos) o a Chelmno (donde se  los había empezado a gasear en camiones). Mantenía que la expulsión de 45000 judíos de Austria en 1938 –antes de optar por la solución final– era “salvarlos”, pero que llegado el momento, un funcionario tenía que hacer lo que le encargaban y que había hecho un juramento de lealtad. Se tomaba en serio los lemas que inventaba Himmler por Navidad o extraídos de los discursos de Hitler, como el juramento SS, “mi honor es mi lealtad”. Todo ello hacía que en la mente de hombres simples se grabara la idea de que se estaba haciendo algo grandioso, histórico, único: “una gran misión que se realiza una sola vez en dos mil años”, y que en consecuencia, era una pesada carga en nombre de la cual había que destruir la empatía por el sufrimiento humano, pero ese era su deber. En este sentido se declara lector de Kant y partidario del imperativo categórico, que en efecto es una ética del deber, pero vaciándolo totalmente de todo juicio de conciencia sobre lo que se está haciendo, es decir, que no sabe lo que dice cuando se declara kantiano, modelo que además establece que todo humano es un fin en sí mismo. Alegaba que las deportaciones y evacuaciones masivas en tren “habían ayudado a las víctimas, por cuanto les había facilitado ir al encuentro con su destino” (sic). Empezó el juicio declarándose “inocente en el sentido de las palabras de la acusación”, porque él “ayudó y toleró” la comisión de los delitos, pero nunca los consumó él mismo. “Su única culpa era la obediencia, que es una virtud”. “El burócrata cauto, sí, así era yo”…

    Eichmann no necesitaba pensar ni debía hacerlo, cumplía con el orden establecido en un contexto en el que el  deber emanaba de la palabra del führer; este es el cuadro al que se refiere Arendt denominándolo banalidad del mal. Se es plenamente consciente de lo que se hace, pero se ha optado por la irreflexión, cuando es precisamente la reflexión lo que nos convierte en personas capaces de discernir. Por añadir dos detalles profundamente irónicos a este sucinto cuadro, Eichmann devolvió a su carcelero la novela que éste le había prestado, de gran éxito en aquel momento –Lolita, de Nabokov- sin terminarla, porque le parecía “malsana”. Por último, frente a la horca en el momento de ser ejecutado, pronuncia unas últimas palabras afirmando que no cree en la trascendencia ni en la salvación del alma, pero concluye diciendo “señores, nos volveremos a ver todos dentro de muy poco”.

  “Este nuevo tipo de criminal”, dice Arendt, sufre algo como “la anestesia del pensamientolos hombres que no piensan son como sonámbulos”. Pero se refiere a la trivialidad con la que justifica y asume las metas, no a que no supiera lo que hacía, como si fuera un autómata o no fuera capaz de actuar creativamente a favor del mal. De ahí que personas normales que no piensan –un burócrata sigue teniendo capacidad de juicio moral aunque renuncie a aplicarla- en lo que hacen, se convierten en colaboradores necesarios de los crímenes. En otras palabras, cierta forma de estupidez superficial también es parte del mal. No es lo mismo decir que Eichmann no consideraba que hacía el mal, porque había renunciado a pensar, que decir que el mal que hizo es banal.

     Como se comprobó en el juicio, Arendt observó que hubo niveles entre las víctimas. La escritora israelita Idith Zertal, explica en su libro La nación y la muerte, que en los años 50 se juzgó en Israel a judíos que habían sido policías y kapos en los guetos y campos de concentración. Sin embargo, nunca se llegó al nivel de los miembros de ningún Judenrät. El caso Kastner fue paradigmático: el acusador, Grünewald, fue sentenciado por difamación, a pesar de que Kastner había organizado la salida de Hungría de 1685 judíos amigos y parientes de los miembros del Consejo, al mismo tiempo que aplicaba con el resto las directrices nazis en el gueto. El resultado es que casi medio millón fueron a parar a las cámaras de gas. Kastner ya había sido diputado húngaro y siempre estuvo entre las élites. En 1952 era portavoz del ministerio de comercio e industria israelita. Los supervivientes de los Judenrät habían emigrado mayoritariamente a Israel, donde, en general, eran destacados miembros de los partidos políticos que formaron los primeros gobiernos. Pues bien, pese a que el fiscal Cohen había llevado ya casos de este estilo contra kapos de poca monta, en el caso Kastner, se invirtieron los papeles de tal forma, que el estado se puso a favor del acusado y contra el acusador, sentenciándolo finalmente por difamación. La tesis de Zertal –que se pregunta si era menos condenable la colaboración de los consejos judíos que la de los kapos- es que la cohesión y fundación del estado israelita era suficiente razón de estado como para ser duro con los kapos y condescendiente con los Judenrät. Una miopía a conveniencia que creara una historiografía oportuna para la cohesión del pueblo judío, que debía centrar la historia del Holocausto en torno a los muertos, jamás en torno a los supervivientes, pues entre estos había habido muchos grados entre el blanco de las víctimas y el negro de los verdugos, y hablar de los vivos, era entrar en terreno proceloso y contraproducente para la construcción nacional que el recién creado estado de Israel exigía.

    Eso explica que el libro de Arendt tampoco fuera bienvenido por el establishment oficial. De hecho, no se publicó en Israel hasta el año 2002. La escena en la que Sigfried Moses, importante rabino alemán, conmina a Arendt a no seguir escribiendo cuando solamente se había publicado el primer artículo, es real y tuvo lugar en Suiza, aunque no en presencia de agentes del Mossad.

    ¿Ha aportado algo la psicología experimental al tema de la banalidad del mal?

     Sin duda. Son muy conocidos los experimentos de Milgram y Zimbardo, en los que se observa hasta qué punto es capaz de llegar, un sujeto cualquiera, a suministrar descargas eléctricas letales a un aprendiz intencionadamente atolondrado, o a ejercer de carcelero sádico con un preso accidental. En ambos casos se mide el grado de conformidad del individuo, en relación a una autoridad que dirige el experimento, o al rol que casualmente desempeña.

     A priori, ambos experimentos confirman la banalidad del mal. En el caso del experimento de Milgram, del 50% al 65% de los sujetos llegan a dar descargas letales, y el resto abandona cuando también ha llegado bastante lejos. Psicólogos como Haslam han cuestionado, sin embargo, que  la conformidad a secas sea lo que hace funcionar la mente de los profesores y carceleros, en la que subyace el liderazgo activo en nombre de lo que se está haciendo: se sienten comprometidos con un acto, el experimento, que está al servicio del un valor, la ciencia, empresa con la que se sienten identificados. Y aunque de entrada empatizan tanto con el experimentador como con el aprendiz, no lo hacen en igual grado. Después de los experimentos, reconocían que habían apostado por un valor –la ciencia, la verdad, la investigación- y cuando Milgram les agradecía su compromiso, se diluía el complejo de culpa por lo que habían hecho, e incluso se ofrecían a hacer más experimentos en el futuro. Si la simple conformidad con la autoridad elimina la capacidad para darse cuenta de lo que se hace, en realidad lo que ocurría es que se actuaban proactivamente en nombre del bien. Igual que Eichmann, los participantes interpretaban pues sus actos como pasos en favor de algo inapreciable. Así que el mal no surge de la inconsciencia sobre lo que se está haciendo, sino de la identificación activa en nombre de un contenido cognitivo valioso e importante. Esta convicción conduce al sujeto a hacer el trabajo sucio y buscar la aprobación de quienes están en el poder.

    ¿Refuta todo esto la tesis de Arendt sobre la banalidad del mal? En mi opinión, no del todo ni concluyentemente; sea la falta de reflexión, la presencia de un valor superior, o ambas cosas, lo que guía los actos del sujeto, sigue habiendo un conocimiento de las consecuencias previsibles que se producirán, tanto en los experimentos de Milgram y Zimbardo, como en el caso de Eichmann. Por tanto, se asume acríticamente dicho valor o una orden, diluyendo la responsabilidad de las consecuencias al ejecutarla sin más. En definitiva, depende entonces de dónde pongamos el acento – sea en actuar acrítica e irreflexivamente,  sea en el valor por el que se actúa- lo que nos hará entender la banalidad del mal en uno de sus dos aspectos. Y ambos son contemplados por Arendt.

Historia de un crimen

A sangre fría –de Truman Capote– es un ejemplo sangrante de que no erraba Jean-François Revel cuando afirmaba que la mentira es la primera de todas las fuerzas que mueven el mundo. Y muy especialmente en el periodismo, podríamos añadir, ya que el único freno a la falsificación de los hechos es la probidad personal, de la que Truman Capote tenía tanta como cualquier ser humano, es decir, muy poca.

  Esto es lo que se desprende de la ponencia de Xavier Pericay en nuestro cinefórum. Pericay comentó Historia de un crimentitulada en inglés Infamous-, película que narra algunos detalles del proceso de elaboración y documentación de la que pasa por ser un ejemplo de reportaje de investigación modélico, hasta el punto de ser considerada como el inicio del Nuevo Periodismo. A sangre fría es una novela de no ficción que sigue siendo de lectura obligatoria para los alumnos de todas las facultades de periodismo españolas. Y sin embargo, se conocen muchos datos actualmente, que demuestran que su autor prefirió que la realidad no le estropease un producto redondo para el gran público gracias al cual, además, se hizo rico y mundialmente conocido.

Xavier Pericay –que ha ejercido el periodismo profesionalmente y ha impartido clases de varias asignaturas en facultades de periodismo de Barcelona y Palma- comentó algunas de las deformaciones interesadas que Capote hizo, para llegar posteriormente al fondo de la cuestión, en donde radica el verdadero problema -de cariz epistemológico- y que trata sobre cómo sabemos lo que creemos saber… Considera Pericay que el lector de periódicos debe preguntarse  cómo sabe el periodista lo que le sirve como verdad contrastada, y no dar por supuestas virtudes que cabe exigir a los periodistas responsables, no sólo porque pueden carecer de la objetividad que deberían tener como  bandera, sino por el sesgo ideológico que introducen los medios o las personas para las que trabajan. Eso le haría ser precavido y menos manipulable en nombre de intereses de toda índole que deforman deliberadamente la realidad. Lamentablemente, no abundan los lectores que se hagan esa pregunta. Si sumamos a esto que la ficción basada en hechos reales tiene un plus de fascinación de por sí, más se desdibuja la diferencia entre hechos y quimeras cuando el periodista desdibuja los límites entre ambos, o los explota. Y en este sentido, Truman Capote consiguió hacer pasar su novela como un minucioso trabajo de reporterismo fiel a la realidad, extremo que no deja de ser un mito.

 

Joaquín Zapata comenta “Wall street”

La prueba del interés que suscitó el último ponente de nuestro cinefórum,  es que se produjo el coloquio más largo de los que ha habido hasta ahora.  Joaquín Zapata –Licenciado en Ciencias de la Información y especializado en información económica-, reúne unas condiciones excepcionales para acercar a los profanos el mundo de la Bolsa y contrarrestar los mitos que lo rodean. Zapata suma a una larga experiencia tanto en España como en EEUU –debutó en el Mercado de Materias Primas de Chicago y ha colaborado con casas de intermediación de Wall Street- la virtud de la docencia especializada, a la que se dedica preferentemente en la actualidad.

Para Joaquín Zapata, Wall street –dirigida en 1987 por Oliver Stone– es un fiel retrato que apenas ha envejecido, y cuyos personajes recogen las presiones, ilusiones y sueños no siempre realizados que puede producir la fascinación por la posibilidad de ganar mucho dinero. No obstante, de sus comentarios se desprende que un inversor medio, se verá libre de incidir en los estereotipos habituales. Nadie disfruta del don de la adivinación, motivo por el que destacó que la Bolsa da grandes lecciones de humildad a diario. La imprevisibilidad de la evolución diaria de la cotización es una constante que como máximo puede reducirse, pero nunca eliminar del todo. De ahí que diera importancia a ciertos fundamentos que debe manejar el inversor medio: algunas herramientas básicas de análisis de gráficos y estadísticas, una actitud siempre templada ante los acontecimientos, jamás endeudarse para invertir en Bolsa el dinero que se necesite para la vida cotidiana, tomar medidas de protección conocidas como stop loss, y tener un conocimiento lo más objetivo posible de la situación económica general. Capítulo aparte -pero no por ello menos importante- son las reacciones psicológicas ante los golpes de buena o mala suerte, a los que Zapata dedica especial atención en sus cursos. Recordemos que las cifras oficiales hablan de  9 millones de españoles que invierten sus ahorros en Bolsa. De ahí que comentara las 10 cosas más tontas (y peligrosas) que dice la gente sobre el precio de las acciones, que divulgó el exitoso inversor Peter Lynch:

1. Si ya ha bajado tanto, no puede bajar más.

2. Siempre se sabe cuándo ha tocado fondo.

3. Si ya ha subido tanto, no es posible que suba más.

4. Sólo cuesta 3 euros la acción. ¿Qué puedo perder?

5. Con el tiempo todas vuelven.

6. Cuando rebote a 10€, yo vendo.

7. Tarda demasiado en suceder algo.

8. ¡Mira todo el dinero que perdí por no comprarla!

9. Esa me la he perdido, pero la siguiente no.

10. La acción ha subido, yo tenía razón. La acción ha bajado, me equivoqué.

 

La dilatada experiencia de Joaquín Zapata le permite sumar al conocimiento de la materia, las sensaciones que le dan los valores para tomar decisiones como inversor.  Por todo ello, y dado que el desarrollo de la informática ha puesto al alcance de todos el mundo de la Bolsa, recordó a los asistentes que se pueden obtener fácilmente mayores rendimientos que los que ofrecen los bancos en los fondos habituales de inversión. Y por encima de todo, la satisfacción de gestionar autónomamente sus propios recursos.

3º sesión de cinefórum. “Teléfono rojo: volamos hacia Moscú”

Dos son los motivos por los que es una satisfacción presentar el cinefórum de UPyD: se consolida la afluencia de un público que llena la sala, y la calidad de los ponentes invitados despierta siempre el máximo interés. En nuestra última sesión, Fernando Navarro –recomiendo su blog (http://www.navarth.blogspot.com.es/)- comentó lúcidamente la magistral película “Teléfono rojo: volamos hacia Moscú”, dirigida en 1964 por Stanley Kubrick.

Navarro afirmó que el enfoque humorístico en forma de parodia sobre el belicismo –muchos personajes son desaforados o ridículos- no debe eludir las importantes cuestiones de fondo que se suscitan. En la actualidad, es frecuente contemplar la Guerra Fría, y la terrible amenaza de una guerra termonuclear, como un caso de estupidez de los políticos y de paranoia generalizada (especialmente de los norteamericanos, claro está). Esta visión permite reafirmar la manía antinorteamericana, y nuestro sentimiento de superioridad moral (“estos americanos, tan obtusos como siempre”). Y por otro, porque permite pensar que un hecho real fue sólo una pesadilla, un mal sueño generado por unos políticos chiflados que no supieron cómo afrontar una crisis. Hay que decir que esta visión de los americanos como paranoicos se obtiene de una forma muy sencilla: se aparta de la escena a su contrincante. Es como si en una escena de boxeo, borráramos a uno de los púgiles: quedaría el otro dando puñetazos al vacío como un tonto, con el espectador diciendo ¿y éste qué hace? Pero lo cierto es que los americanos no eran especialmente tontos, ni absurdamente paranoicos. La amenaza existía realmente. Existía un bloque comunista con vocación expansiva y con armas termonucleares disponibles. Es muy posible que, los que ahora sonreímos ante la paranoia americana, si hubiéramos vivido en EEUU, en plena Guerra Fría, nos habríamos apresurado, por ejemplo, a construir un refugio en el sótano. Cabe preguntarse, por ejemplo, cómo hubiéramos actuado cualquiera de nosotros en una situación parecida; de hecho, la crisis de los misiles en Cuba había estado cerca de desencadenar la guerra en 1962.

Navarro se detuvo en el trasfondo gnoseológico del asunto: señaló las limitaciones que tenemos para imaginar la probabilidad que habríamos atribuido al desarrollo de escenarios cuyo desenlace ya conocemos. Tendemos, cuando conocemos un resultado, a atribuirle una cierta inevitabilidad, y a pensar que, desde el principio, este era el desenlace más previsible. Esta ilusión cognitiva se conoce como la falacia del “lo supe desde el primer momento”. Se ha comprobado experimentalmente que deformamos nuestras predicciones sobre lo que va a pasar, según lo que haya ocurrido de hecho: es decir,  mantenemos que considerábamos muy probable que algo iba a pasar, después de que pase. Pues bien esta ilusión cognitiva, que hace que reordenemos nuestras creencias según lo que efectivamente ocurre, está presente:

1)      Sabemos que la guerra termonuclear no se produjo.

2)      A posteriori, atribuimos a lo que ha ocurrido una probabilidad mucho mayor de la que le habríamos asignado previamente.

3)      Nos burlamos de los políticos pensando que eran unos exagerados y unos paranoicos.

Dado que a posteriori todos parecemos sabios, Navarro recordó las palabras de Daniel Kahneman sobre lo ingratos que podemos llegar a ser con los políticos:

   “Nos apresuramos a criticar a los que toman las decisiones (los políticos) por decisiones que, con los datos de los que disponían eran correctas, pero funcionaron mal, y a reconocerles poco mérito por decisiones acertadas porque a posteriori parecen obvias.”

Navarro observó además uno de los tres papeles que tiene Peter Sellers en la película, y que figura en el título original en inglés: el Doctor Strangelove.  En las escenas finales, éste hace planes delirantes para organizar la vida humana después de la devastación de la guerra nuclear, quitando importancia a que sólo sobreviviría un 1% de la población.  Lo relevante del asunto es el parecido con los análisis escritos en 1960 por Hermann Kahn, físico y consultor de la RAND Corporation, un think tank creado para ofrecer asesoramiento a las fuerzas armadas norteamericanas.

Para terminar, Navarro comentó que los nombres de los personajes tienen connotaciones sexuales: el general Jack D. Ripper (tiene que ver con Jack el destripador); el general Turguisson (se refiere a la turgencia del personaje obsesionado con sus fluidos corporales después de sufrir un episodio de impotencia); Mandrake alude a la mandrágora, conocido afrodisiaco; Strangelove,… Incluso, el del presidente, Merkin Muffley, con un sentido verdaderamente sarcástico.  En resumen, parece como si Kubrick nos estuviera enviando un mensaje: todo se debe a un exceso de testosterona. Al principio, un avión nodriza protagoniza una estética cópula al abastecer a otro, cuando la guerra ya es inevitable, los protagonistas están encantados porque van a poder encerrarse en un búnker con un harén formado por jóvenes debidamente seleccionadas para repoblar el planeta, etc. ¿Pero depende entonces todo de que los humanos tengan una buena voluntad? ¿De tener políticos sensatos en lugar de dominados por sus impulsos sexuales?

Para Fernando Navarro, esta visión moralista es lamentablemente insuficiente. La teoría de la decisión racional, con ejemplos como el conocido dilema del prisionero, demuestran que nada es así de simple. De ahí que todo político deba ser consciente de que al ejercer el poder, va a tener que trabajar con muchos condicionantes que convierten el purismo idealista en una opción descabellada, que los mismos ciudadanos rechazarían si les perjudicara. La peculiaridad de la Guerra Fría, lo que la convierte en algo horrible, es que parece ser un escenario de laboratorio, diseñado específicamente para demostrar que hay ocasiones en que, los condicionantes son tan diabólicos, que queda muy poco margen para la voluntad de los hombres, que se ven incapaces de evitar el camino al desastre, y a los que sólo cabe esperar que el azar juegue a su favor, concluyó Fernando Navarro.