Contra la mediocridad

El Estado y los servicios públicos pueden ser un buen invento, siempre que no caigan en manos de corruptos o incompetentes. De lo contrario, al ciudadano le conviene buscar organizaciones o empresas  verdaderamente independientes que llenen los vacíos creados, aunque haya que asumir ciertos costes. Tanto unos como otros –corruptos e incompetentes- hacen un daño tremendo a las instituciones, sobre todo cuando les caracteriza la incapacidad de reconocer sus errores y la rotundidad de los hechos contrastables.

     La sociedad no puede esperar eternamente a que ciertas funciones y servicios concuerden con su verdadera función y recuperen el rumbo que perdieron hace décadas. Es sabido que en España tenemos un sistema educativo pensado para los tontos, con el que no aprenden ni los listos. De los informes PISA se desprende un dato esclarecedor: el porcentaje de alumnos excelentes en educación secundaria se ha desplomado (apenas un 3%) mientras que entre los países a los que quisiéramos parecernos oscila en torno al 15%. A menos que creamos que la naturaleza reparte caprichosamente la inteligencia según el mapa de las fronteras políticas, habrá que concluir que algo anómalo está pasando. No solamente el alumnado potencialmente excelente ha sido olvidado y desincentivado por el marco LOGSE-LOE, sino que uno de los principios de la ley –la atención a la diversidad- brilla por su ausencia a la hora de atender a los alumnos con altas capacidades, por más personal que se sume a unos departamentos de Orientación cuya incompetencia será eternamente un enigma por resolver.

    Por su parte, las familias y la opinión pública coinciden en lo más natural del mundo: todos quieren lo mejor para sus hijos. La difícil coyuntura que atravesamos subraya la idea de que una formación lo más sólida posible, eleva las oportunidades para el día de mañana. Pues bien, lejos de que las esclerotizadas castas educativas sindicales, políticas y funcionariales –intoxicadas por intereses particulares y deformaciones ideológicas políticamente correctas- sienten las bases para mejorar las cosas, una organización internacional independiente -no adscrita a ningún territorio ni marco o injerencia política alguna- ofrece un programa de verdadero nivel para estudiantes de Bachillerato, que pueden impartir centros privados y públicos que cumplan una serie de requisitos imprescindibles, y siempre que pasen los filtros establecidos. Conocido como Bachillerato Internacional, otorga un Programa de Diploma (PD) reconocido mundialmente en muchas universidades.

    Lejos de mí la intención de alentar otra mixtificación psicopedagógica que sólo sirve para inventar nuevos camelos que vender a puerta fría, es importantísimo aclarar la premisa sobre la que gira este programa: tanto profesores como estudiantes deben estar dispuestos a trabajar más y mejor, ya que la parte más importante de la evaluación –tanto en trabajos de investigación, ensayos escritos o exámenes finales- es externa, y conforme a unos criterios –formales y de contenido- preestablecidos. He ahí la clave, ya que ser evaluados por profesores de otras partes del mundo garantiza la máxima imparcialidad del sistema.  Sí, la exigencia, la excelencia, el esfuerzo, las ganas de aprender, el deseo de enseñar más y mejor así como aplicar cambios metodológicos que rompan la rutina, subyacen a la actitud de búsqueda y descubrimiento del conocimiento que el BI intenta inculcar. Es decir, todo lo que la deriva del facilismo y el acomodacionismo educativos cuestionaron en pro de un igualitarismo mal entendido que nos ha sumido en la mediocridad.

    No conviene engañarse. El IB no es adecuado para todo el mundo. Si su hijo no es un buen lector, no estudia motu proprio cuando debe hacerlo, no obtiene buenas notas en las asignaturas difíciles y no tiene afán de superación ni inquietud por el aprendizaje, olvídese del BI. Si como docente, prefiere usted no complicarse la existencia con mayores responsabilidades en el nivel de sus alumnos, quédese donde está y súmese al discurso que se ha adueñado de las salas y claustros de profesores de los institutos y escuelas de España. Las cortinas de humo le aseguran la comodidad de no ser evaluado externamente en el desempeño de su trabajo, y encontrar recurrentes chivos expiatorios para lo que se tercie.

Historia de un crimen

A sangre fría –de Truman Capote– es un ejemplo sangrante de que no erraba Jean-François Revel cuando afirmaba que la mentira es la primera de todas las fuerzas que mueven el mundo. Y muy especialmente en el periodismo, podríamos añadir, ya que el único freno a la falsificación de los hechos es la probidad personal, de la que Truman Capote tenía tanta como cualquier ser humano, es decir, muy poca.

  Esto es lo que se desprende de la ponencia de Xavier Pericay en nuestro cinefórum. Pericay comentó Historia de un crimentitulada en inglés Infamous-, película que narra algunos detalles del proceso de elaboración y documentación de la que pasa por ser un ejemplo de reportaje de investigación modélico, hasta el punto de ser considerada como el inicio del Nuevo Periodismo. A sangre fría es una novela de no ficción que sigue siendo de lectura obligatoria para los alumnos de todas las facultades de periodismo españolas. Y sin embargo, se conocen muchos datos actualmente, que demuestran que su autor prefirió que la realidad no le estropease un producto redondo para el gran público gracias al cual, además, se hizo rico y mundialmente conocido.

Xavier Pericay –que ha ejercido el periodismo profesionalmente y ha impartido clases de varias asignaturas en facultades de periodismo de Barcelona y Palma- comentó algunas de las deformaciones interesadas que Capote hizo, para llegar posteriormente al fondo de la cuestión, en donde radica el verdadero problema -de cariz epistemológico- y que trata sobre cómo sabemos lo que creemos saber… Considera Pericay que el lector de periódicos debe preguntarse  cómo sabe el periodista lo que le sirve como verdad contrastada, y no dar por supuestas virtudes que cabe exigir a los periodistas responsables, no sólo porque pueden carecer de la objetividad que deberían tener como  bandera, sino por el sesgo ideológico que introducen los medios o las personas para las que trabajan. Eso le haría ser precavido y menos manipulable en nombre de intereses de toda índole que deforman deliberadamente la realidad. Lamentablemente, no abundan los lectores que se hagan esa pregunta. Si sumamos a esto que la ficción basada en hechos reales tiene un plus de fascinación de por sí, más se desdibuja la diferencia entre hechos y quimeras cuando el periodista desdibuja los límites entre ambos, o los explota. Y en este sentido, Truman Capote consiguió hacer pasar su novela como un minucioso trabajo de reporterismo fiel a la realidad, extremo que no deja de ser un mito.

 

3º sesión de cinefórum. “Teléfono rojo: volamos hacia Moscú”

Dos son los motivos por los que es una satisfacción presentar el cinefórum de UPyD: se consolida la afluencia de un público que llena la sala, y la calidad de los ponentes invitados despierta siempre el máximo interés. En nuestra última sesión, Fernando Navarro –recomiendo su blog (http://www.navarth.blogspot.com.es/)- comentó lúcidamente la magistral película “Teléfono rojo: volamos hacia Moscú”, dirigida en 1964 por Stanley Kubrick.

Navarro afirmó que el enfoque humorístico en forma de parodia sobre el belicismo –muchos personajes son desaforados o ridículos- no debe eludir las importantes cuestiones de fondo que se suscitan. En la actualidad, es frecuente contemplar la Guerra Fría, y la terrible amenaza de una guerra termonuclear, como un caso de estupidez de los políticos y de paranoia generalizada (especialmente de los norteamericanos, claro está). Esta visión permite reafirmar la manía antinorteamericana, y nuestro sentimiento de superioridad moral (“estos americanos, tan obtusos como siempre”). Y por otro, porque permite pensar que un hecho real fue sólo una pesadilla, un mal sueño generado por unos políticos chiflados que no supieron cómo afrontar una crisis. Hay que decir que esta visión de los americanos como paranoicos se obtiene de una forma muy sencilla: se aparta de la escena a su contrincante. Es como si en una escena de boxeo, borráramos a uno de los púgiles: quedaría el otro dando puñetazos al vacío como un tonto, con el espectador diciendo ¿y éste qué hace? Pero lo cierto es que los americanos no eran especialmente tontos, ni absurdamente paranoicos. La amenaza existía realmente. Existía un bloque comunista con vocación expansiva y con armas termonucleares disponibles. Es muy posible que, los que ahora sonreímos ante la paranoia americana, si hubiéramos vivido en EEUU, en plena Guerra Fría, nos habríamos apresurado, por ejemplo, a construir un refugio en el sótano. Cabe preguntarse, por ejemplo, cómo hubiéramos actuado cualquiera de nosotros en una situación parecida; de hecho, la crisis de los misiles en Cuba había estado cerca de desencadenar la guerra en 1962.

Navarro se detuvo en el trasfondo gnoseológico del asunto: señaló las limitaciones que tenemos para imaginar la probabilidad que habríamos atribuido al desarrollo de escenarios cuyo desenlace ya conocemos. Tendemos, cuando conocemos un resultado, a atribuirle una cierta inevitabilidad, y a pensar que, desde el principio, este era el desenlace más previsible. Esta ilusión cognitiva se conoce como la falacia del “lo supe desde el primer momento”. Se ha comprobado experimentalmente que deformamos nuestras predicciones sobre lo que va a pasar, según lo que haya ocurrido de hecho: es decir,  mantenemos que considerábamos muy probable que algo iba a pasar, después de que pase. Pues bien esta ilusión cognitiva, que hace que reordenemos nuestras creencias según lo que efectivamente ocurre, está presente:

1)      Sabemos que la guerra termonuclear no se produjo.

2)      A posteriori, atribuimos a lo que ha ocurrido una probabilidad mucho mayor de la que le habríamos asignado previamente.

3)      Nos burlamos de los políticos pensando que eran unos exagerados y unos paranoicos.

Dado que a posteriori todos parecemos sabios, Navarro recordó las palabras de Daniel Kahneman sobre lo ingratos que podemos llegar a ser con los políticos:

   “Nos apresuramos a criticar a los que toman las decisiones (los políticos) por decisiones que, con los datos de los que disponían eran correctas, pero funcionaron mal, y a reconocerles poco mérito por decisiones acertadas porque a posteriori parecen obvias.”

Navarro observó además uno de los tres papeles que tiene Peter Sellers en la película, y que figura en el título original en inglés: el Doctor Strangelove.  En las escenas finales, éste hace planes delirantes para organizar la vida humana después de la devastación de la guerra nuclear, quitando importancia a que sólo sobreviviría un 1% de la población.  Lo relevante del asunto es el parecido con los análisis escritos en 1960 por Hermann Kahn, físico y consultor de la RAND Corporation, un think tank creado para ofrecer asesoramiento a las fuerzas armadas norteamericanas.

Para terminar, Navarro comentó que los nombres de los personajes tienen connotaciones sexuales: el general Jack D. Ripper (tiene que ver con Jack el destripador); el general Turguisson (se refiere a la turgencia del personaje obsesionado con sus fluidos corporales después de sufrir un episodio de impotencia); Mandrake alude a la mandrágora, conocido afrodisiaco; Strangelove,… Incluso, el del presidente, Merkin Muffley, con un sentido verdaderamente sarcástico.  En resumen, parece como si Kubrick nos estuviera enviando un mensaje: todo se debe a un exceso de testosterona. Al principio, un avión nodriza protagoniza una estética cópula al abastecer a otro, cuando la guerra ya es inevitable, los protagonistas están encantados porque van a poder encerrarse en un búnker con un harén formado por jóvenes debidamente seleccionadas para repoblar el planeta, etc. ¿Pero depende entonces todo de que los humanos tengan una buena voluntad? ¿De tener políticos sensatos en lugar de dominados por sus impulsos sexuales?

Para Fernando Navarro, esta visión moralista es lamentablemente insuficiente. La teoría de la decisión racional, con ejemplos como el conocido dilema del prisionero, demuestran que nada es así de simple. De ahí que todo político deba ser consciente de que al ejercer el poder, va a tener que trabajar con muchos condicionantes que convierten el purismo idealista en una opción descabellada, que los mismos ciudadanos rechazarían si les perjudicara. La peculiaridad de la Guerra Fría, lo que la convierte en algo horrible, es que parece ser un escenario de laboratorio, diseñado específicamente para demostrar que hay ocasiones en que, los condicionantes son tan diabólicos, que queda muy poco margen para la voluntad de los hombres, que se ven incapaces de evitar el camino al desastre, y a los que sólo cabe esperar que el azar juegue a su favor, concluyó Fernando Navarro.

“M, el vampiro de Düsseldorf”

Es una satisfacción ampliar la lista de colaboradores en nuestro cinefórum. Juan Antonio Horrach participó por primera vez como ponente el pasado día 15 de noviembre, y esperamos que vuelva a hacerlo de nuevo. Sabíamos a priori que Horrach reunía condiciones excepcionales para un acto de este tipo. Los hechos no hicieron sino confirmar nuestra sospecha.

Como buen cinéfilo que es, Horrach tiene entre sus favoritos a directores como Ingmar Bergman, Robert Bresson, Stanley Kubrick o Fritz Lang. Hay que destacar además, que presentó en abril de 2012 su tesis doctoral sobre René Girard, titulada “Hacia una fenomenología del desarraigo. El lugar de la filosofía en el proceso mimético-sacrificial de René Girard.” Un trabajo fenomenalmente escrito que trata aspectos literarios, psicológicos, históricos, antropológicos, sociológicos y filosóficos, siempre a la luz de las teorías de Girard. Precisamente, la película de Fritz LangM, el vampiro de Düsseldorf”, dio pie a comentar algunos conceptos centrales de las teorías de Girard, como son la función purificadora del chivo expiatorio en épocas de convulsión social, o la estructura mimética de la conducta individual al convertirse en masa.

Sin embargo, a lo largo de la presentación de nuestro invitado y del coloquio siguiente, se trataron temas que nunca pierden vigencia, gracias a los cuales las grandes obras de la literatura y el cine se convierten en clásicos. De hecho, a pesar de tratarse de una película de 1931, se destacó que “M, el vampiro de Düsseldorf” apenas ha envejecido. Resumo muy brevemente los temas comentados e invito a los lectores a ver el vídeo enlazado a continuación.

  1. El papel del estado como garante de una justicia imparcial frente a las reacciones  emocionales que conducen al linchamiento.
  2. La dificultad de determinar el grado de responsabilidad individual en los casos de criminales cuyo diagnóstico oscila entre la psicosis y la psicopatía.
  3. Posibles conflictos entre el Derecho Penal,  los derechos de los acusados, y la seguridad de la sociedad.
  4. La cadena perpetua como respuesta a los casos de criminales sin curación posible.                                                                                                                                                                                                                                                                              

“La ola”. Se reanuda el cinefórum.

Recomenzar el cinefórum de UPyD con el profesor Arturo Cadenas es ya, además de un lujo, un clásico. No en vano es la tercera vez que participa con nosotros abriendo el ciclo.

El planteamiento de Cadenas fue diferente al habitual en un cinefórum, pero propio de cinéfilos exigentes. Si a eso sumamos que se trata de un Doctor en Filosofía del Derecho,  que ha reflexionado y analizado los fundamentos y consecuencias de ciertas corrientes actualmente en boga, el nivel de exigencia aumenta, pues se espera de un buen guionista y de un buen director, que distingan entre lo esencial y lo secundario, si pretenden dar a su obra rasgos de verosimilitud. Porque ése es el punto débil que Cadenas criticó de La ola.

Los movimientos totalitarios no se sostienen –de hecho, ni siquiera nacen- sin un núcleo duro de  unas pocas ideas muy superficiales, con impacto emocional pero sin base racional, que son repetidas hasta la saciedad, de forma que una masa de indoctrinados las ponga en práctica sin freno moral alguno. Pues bien, sin este aglutinante que catalice otros factores secundarios –de cariz sociológico, económico, o psicológico-  se desenfoca completamente qué da origen al totalitarismo. De ahí que Arturo Cadenas, contestara la pregunta que Rainer Wenger –el profesor de instituto al que se le ocurre un experimento para explicar a sus alumnos qué son las autocracias- plantea en clase: ¿podría repetirse otra dictadura al estilo nazi en la Alemania actual? Sin un núcleo duro de creencias, es decir, sin una ideología, la respuesta es que no, y esto es precisamente lo que Cadenas echa en falta en la sucesión de episodios de la película. Sin un catalizador intelectual y moral, unos amigos adolescentes en busca de cohesión grupal, no se convierte en un movimiento totalitario. Sobre este particular, es inevitable observar la diferencia entre Rainer -un angelito candoroso caído del cielo- y quienes se valen de las instituciones educativas para imponer sus convicciones identitarias desde la más tierna infancia, introduciendo en las aulas lo que a todas luces falta en La ola.

Al señalar las deficiencias de La ola (Die welle), Cadenas dio indirectamente mayor relevancia a la ponencia con la que inauguró el acto. En un contexto postmoderno de relativismo casi absoluto sobre verdades y valores, de bajísima resistencia a la frustación, de hedonismo acomodado, de poca voluntad y capacidad para el esfuerzo, sin olvidar una tremenda ignorancia, pueden darse las condiciones para la reaparición de mitos irracionales que las conquistas políticas y filosóficas occidentales, tardaron siglos en derribar. De ahí que Cadenas destacara la conversación de dos jóvenes aburridos –y algo bebidos- que en la película, echan en falta la existencia de una meta colectiva por la que “hacer piña”. El peligro consiste en que la crisis de valores en que se encuentra la democracia liberal, favorezca una vulnerabilidad intelectual y sentimental, que renuncie al progreso moral en nombre de un omnipresente fast-food cultural. De ahí el peligro que el ultranacionalismo, el fundamentalismo de cariz religioso y movimientos asamblearios callejeros -ejemplos reales de ideologías esencialistas-, pretendan adueñarse del espacio público en nombre de lo contrario de lo que realmente son.    

    

Cuestión de fondo

Por poco perspicaz que se sea, y siempre que se tenga información mínimamente objetiva sobre lo que plantean los partidos políticos ante la situación límite que atravesamos, se debe reconocer que el debate político en España gira en torno a las propuestas que UPyD anunció en sus programas políticos. No es motivo de sorpresa, porque es natural que un diagnóstico atinado de la enfermedad determine el tratamiento a seguir. Otra cosa es que quienes gobiernan tengan lucidez y valor para reconocerlo.

Se alegará, ciertamente, que las propuestas de UPyD en el Parlamento no cuentan con el apoyo de otros partidos. Cristóbal Montoro, Ministro de hacienda y Administraciones Públicas, el mismo que vota en contra de dichas proposiciones no de ley en el Congreso -calificándolas de simple centralismo– canta una melodía superficialmente parecida en la entrevista de día 9 de abril en El Mundo. Afirma que hay que revisar y corregir el descontrol autonómico para evitar el despilfarro, propone reformar los servicios públicos para precisar qué servicios se deben prestar en Sanidad, Educación y Servicios Sociales, e incluso se muestra burlón por el interés de los políticos en salir en las televisiones autonómicas. Es de suponer que se refiere a todas las televisiones públicas deficitarias, también a las que el PP auspició, creó y sigue alentando. Pero no llega a proponer una reforma del estado que lo haga sostenible, y siente las bases que eviten el fantasma de una intervención europea que muchos dan por inminente. Y así,  mientras se hacen recortes a salto de mata y se ajustan los gastos por aquí y por allá, no hay atisbo de reestructurar el monstruo administrativo de un estado inviable por elefantiásico. Juan Luis Calbarro echa de menos valentía y visión de estado para no eludir las causas que subyacen al problema. Joan Font Rosselló afirma que las reformas del PP balear son cosméticas para no perjudicar el modus vivendi del ejército de paniaguados que hay que colocar al calor del gasto público. En fin, ya sabíamos lo mucho que se parecen los partidos políticos a la hora de mantener intactas sus redes clientelares.

Mientras tanto, las reformas de calado que UPyD acaba de recordar en Baleares –reforma constitucional para eliminar diputaciones y consells, y fusión de ayuntamientos pequeños– conectan con lo que observa el ciudadano de a pie y se abren paso entre la opinión pública. Se pueden perder las votaciones en las instituciones, pero si se gana terreno en lo más importante -el debate político- es que no se están haciendo esfuerzos en vano. Es cierto que quedan periodistas de poco recorrido que siguen afirmando que el discurso de UPyD se reduce a puntuales cuestiones lingüísticas. La libertad consiste también en que cada cual puede anclarse en la ficción que prefiera, aunque cabe esperar de los periodistas que hagan bien su trabajo. Ahora bien, cuando la urgencia de una regeneración democrática e institucional aviva un debate tan necesario como imparable, es que ha dejado de valer cualquier cosa, y habrá que dejarse de zarandajas. La cuestión de fondo es si somos capaces de encontrar soluciones por nosotros mismos… o no. Nos jugamos mucho en ello.

 

 

¡Bienvenido, Mister Marshall!

Es una gran satisfacción que viejos amigos se incorporen a la lista de ponentes que colaboran desinteresadamente en el cinefórum de UPyD. En esta ocasión, Javier Navarro Ferrer participó como invitado a la última sesión de nuestro ciclo de cine políticamente incorrecto.

Javier Navarro analizó el contexto histórico de ¡Bienvenido, Míster Marshall!

Filmada en 1952, cuando las posibilidades de que España se acogiera a la ayuda norteamericana -para reactivar la economía de una Europa arrasada- acababan de esfumarse. Una de las condiciones para ser incluida en el Plan Marshall, era la relajación en materia religiosa, de forma que se modificara el Foro de los Españoles, que no reconocía libertad alguna al respecto. Franco había hecho la consulta al Vaticano, que tras cuatro años deliberando, se negó a que España dejara de ser exclusivamente católica. El hecho de que se identificara al General Franco con el bando perdedor fue otro motivo para sumirnos en el período que conocemos como Autarquía: el retraso y la pobreza se traducen en que cuando se filma la película, todavía existían las cartillas de racionamiento.

  Javier Navarro comentó otros detalles sobre el Plan Marshall. Dado que el comunismo se había extendido al este de Europa, y había estado a punto de ganar las elecciones en Italia, la administración norteamericana decide resolver definitivamente la histórica y traumática conflictividad en Europa, convirtiéndola en una sociedad moderna, con una numerosa clase media, que disfrute de las ventajas de la democracia y el liberalismo. A la ayuda financiera, se suman iniciativas como el envío de mulas para reactivar la agricultura griega, ó 10 millones de cartas de los inmigrantes italianos a sus familias advirtiéndoles del peligro del comunismo. El modo de vida norteamericano se concreta en productos como el chicle, la coca-cola, los electrodomésticos, la publicidad, el café soluble, etc., privilegios poco extendidos hasta el momento.

Javier Navarro destacó el mérito de los guionistas de la película eludiendo los rigores de la censura del momento. Miguel Mihura (alma mater de La Codorniz), Juan Antonio Bardem (claramente opuesto al régimen) y Luis García Berlanga (más inclinado por el humor en forma de esperpento), consiguieron hacer pasar como una historia aparentemente banal en forma de simple comedia, lo que en el fondo es un retrato crítico de la realidad española y de los viejos defectos que la caracterizan. La picaresca generalizada, el paletismo cazurro, la mitificación del localismo castizo, la cultura del pelotazo que se espera como caído del maná gracias a la ayuda exterior en lugar de al desarrollo interno, la existencia de oligarquías caciquiles con las que congraciarse o el retraso cultural, son aspectos centrales de la película, sobre los que cabe hacer inevitables extrapolaciones sesenta años después. No en vano se destacó que los quiméricos proyectos de los responsables políticos para transformar la realidad, terminan también hoy en día como en ¡Bienvenido, Mister Marshall!, es decir, en sueños dolorosamente rotos, que los ciudadanos acaban pagando con lo poco que queda en sus esquilmados bolsillos.

Sin ser exhaustivo, los comentarios en el coloquio repararon en varias cuestiones:

  1. El recuerdo que suscita la película de una infancia no tan lejana.
  2. La pervivencia de prejuicios antinorteamericanos –que ya no proceden de una iglesia ultraconservadora como en la película- sino del supuesto progresismo de la izquierda, que rechaza tanto más profundamente los rasgos de la cultura estadounidense cuanto más los imita.
  3. El subdesarrollo en que las autoridades franquistas sumieron al país hasta que un grupo de ministros logró introducir cambios que terminaron con la Autarquía.
  4. El actual interés en conseguir la instalación en España de una gran zona de casinos con Las Vegas.
  5. Los guiños intencionados a un público consciente de que había censura en España.