El marco de conocimiento de las ciencias naturales

Anuncios

La percepción como forma de conocimiento (entrevista a Enric Munar)

El marco de conocimiento de la historia

El marco de conocimiento de las ciencias humanas

“Leer para vivir”, por Juan Jiménez Castillo

Tarjeton presentacion en Palma de Leer para vivir

 

En el proceloso panorama de la educación en Baleares, la voz de Juan Jiménez Castillo se distingue con luz propia. Mientras otros se sirven de la educación a modo de coartada para divulgar convicciones ideológicas que apenas disimulan un proyecto político, Juan Jiménez procede de forma radicalmente diferente. En sus libros – y éste es el tercero que publica en tres años- se adentra rigurosamente en las deficiencias reales de la práctica docente diaria, y lo que es más importante todavía, propone formas efectivas de mejorarla. No es casualidad que llegue tan lejos, pues el lector comprobará que a un profundo conocimiento del marco teórico y sus tendencias, suma la experiencia real del terreno que pisa –el de las aulas – soslayado precisamente por algunos de los que más elevan el tono en temas educativos. Insisto: no es lo mismo valerse de la educación que servir a la misma.

Pese a que nadie ignora la trascendencia de la lectura como habilidad fundamental, las revelaciones que hace Juan Jiménez con su fino análisis, le dejan a uno pensativo. En lugar de repetir argumentos trillados a los que se recurre habitualmente como cortinas de humo –pedir sin más la implicación de las partes o atribuir toda deficiencia a los condicionantes económicos- nuestro autor centra su investigación en causas internas relativas al ejercicio profesional de la enseñanza en las aulas, sin atribuirlas, como se acostumbra muy a la ligera, a factores externos. Su testimonio de que en las escuelas de Baleares se dispone de un enfoque sobre cómo aprender a leer, pero no de un verdadero método de aprendizaje, confirma la sospecha de que no siempre ha triunfado el mejor modelo pedagógico posible, por enjundioso y sugerente que suene su nombre (Teberovsky). Si sumamos a esto que el mismo marco legal –la LOE- no impulsa el desarrollo de la lectura por no contemplarlo como objetivo finalista hasta la educación primaria -siendo factible adelantarlo al segundo ciclo de la educación infantil-, o que los equipos de las escuelas de Infantil y Primaria no siempre hayan acordado ni discutido qué es lo que más conviene a los niños, resulta patente que se deben hacer mejoras profesionales concretas. En nada se parece todo ello a hacer meras declaraciones de buenas intenciones.

En Leer para vivir, Juan Jiménez revela una situación paradójica. Pese a que nadie niega la trascendencia de adquirir la habilidad de la lectoescritura, resulta que ha triunfado en las escuelas la renuncia a ejercer el papel de verdadero estímulo que desarrolle el potencial de los niños en cuanto brota. Un potencial innato, que ve mermada su capacidad de crecimiento exponencial si no es aprovechado a tiempo, cuando no se malogra. La causa radica en el constructivismo, en un pseudoprogresismo mal entendido que idealiza y eterniza el juego, y en los efectos de lo que Basil Bernstein denominó pedagogías implícitas. Combinando la ironía del experto y el rigor del científico, Juan Jiménez analiza la suma de esos factores, y demuestra sus verdaderas consecuencias. Así pues, los juzga por sus resultados en lugar de por la magia retórica con las que son promovidos, como si la innovación que los caracteriza fuera un fin en sí mismo. No se aprende a leer hojeando, mirando o jugando con los libros -sino que se necesita una labor metódica previa- y, mucho menos todavía, se debe renunciar a las cartillas de lectura. La progresiva desaparición de estos materiales redunda en otra consecuencia indeseable: se extingue la provechosa posibilidad de colaboración de los padres, que ni tan solo pueden prolongar la labor del maestro en casa, fomentando el hábito y el placer de leer. Precisamente en este sentido, Juan Jiménez reivindica la experiencia positiva de las escuelas de padres. Y expone un programa por niveles en los que éstos formen parte de la comunidad educativa (maestros, niños y padres), adquiriendo estrategias prácticas fáciles de llevar a cabo.
Por último, una simple reflexión sobre los posibles defectos de las ciencias humanas frente a las ciencias naturales, que supuestamente los superaron hace siglos. Juan Jiménez Castillo está en el grupo de los que dignifican el estatus de la Pedagogía, inclinándola del lado de la ciencia y alejándola del de la propaganda, motivo por el que no siempre ha salido bien parada del ruido mediático de quienes más dicen defenderla. Los que hemos tenido en ocasiones anteriores la grata experiencia de descubrir -gracias precisamente a la lectura- obras y fuentes que las versiones deformadas de los hechos pretendían escamotearnos, tenemos con Leer para vivir, un ejemplo vivo de lo que su título anuncia. Y una prueba de cómo hay que proceder y por dónde empezar, si realmente se pretende mejorar la realidad educativa española.

 

Plis, o el docente decente

Un soplo de aire fresco. Una brizna de decoro y prurito profesional. Una llamada a la reflexión sobre qué significa ejercer la docencia decentemente. Por fin, tras un curso a lo largo del cual uno se ha sentido abochornado por pertenecer al colectivo de los profesores, se presenta PLIS (Profesores Libres de Ingeniería Social).
Puede parecer extraño que haga falta recuperar lo que se daba por hecho, lo que no se suele cuestionar, pues es tan básico, que es condición sine qua non para ejercer profesionalmente la enseñanza. Me refiero a lo que no es ni debe ser un profesor. Un profesor no puede ser un individuo que no distingue entre la institución educativa y sus propias inclinaciones ideológicas. Un profesor no puede carecer de pudor a mostrar su doctrina y valerse de las aulas como vía para divulgarla. Un profesor no debe confundir sus desbordamientos emocionales con la verdad. Un profesor debe encontrar contrapuntos que templen de forma ilustrada las pasiones humanas –también las suyas-, tengan éstas el cariz que tengan. Un profesor no debe ignorar que en todo campo hay corrientes y paradigmas diferentes, también en su especialidad y en cómo ejercerla. Un profesor no debe reducir la realidad a esquemas simples y maniqueos, sino conocer y transmitir su complejidad. Un profesor no debe socavar el desarrollo de conocimientos y facultades que todavía no están maduras. Un profesor no debe entrar patentemente uniformado en las aulas ni pretender uniformarlas.
Podríamos seguir con la lista, pero no es necesario. Pese a lo controvertido que sea el mundo educativo, casi todo el mundo sabe lo que no quiere para sus hijos. Y esto es precisamente lo que nos recuerda el colectivo PLIS, formado por profesores de secundaria. Porque han podido comprobar que las deficiencias profesionales que denuncian, se traducen en graves deficiencias éticas, es decir, en la progresiva degeneración de la educación en general, sobre todo la pública. Se enfrentarán a fuertes presiones y tremendas deformaciones de su mensaje. Es característica de los ingenieros sociales la simpleza del análisis, pero más todavía la dogmática imposición de sus postulados, de ahí la necesidad de que alguien sirva de contrapunto a los que pretenden convertir la educación en un toque de fanfarria, con el que se moviliza a todo el mundo para cualquier cosa… menos para aprender.

 

Despedida curso 2012/13

   Es imposible contar la vida de uno mismo sin contar cómo afecta a los demás. Hoy he salido de clase con mi vanidad profesional dolorida. En 4º de ESO, he reaccionado con unas bruscas voces cuando he oído por tercera vez consecutiva el mismo disparate gramatical. Un torrente de lágrimas ha brotado de los ojos de mi víctima, que ha intentado esconderlas en vano. He simulado que no me daba cuenta, para no quitar privacidad a la humillación, pero caigo en la cuenta de que una cosa es corregir a la gente, lo cual está incluido en la profesión y es didácticamente inevitable, y otra muy distinta, es repartir coces.

    2º de Bachillerato. Tras unas consignas teóricas que son un repaso de lo que ya se había explicado, he enfrentado a mis alumnos a varios textos de Aristóteles, cuyo tema y tesis tenían que discernir. Deambulando por la clase, observo desde el fondo mi propio esquema en la pizarra. Unos trazos histéricos, que parecen diseñados por un fugitivo del hospital psiquiátrico que se ha escondido en Son Pacs, me hacen pensar en los pegotes de los chicles pisoteados a la salida de un cine. Uno espera que en este caso, el orden de los factores sí altere el producto, y que la exposición progresiva de lo que parece sencillo, se lo haya parecido también a los demás. Pero cabe tener dudas razonables a la vista de lo que uno mismo ha escrito, y me pregunto qué otras chuflas y chanzas no mereceré, además de las relativas a mi escasa estatura…

    Llega el momento de contrastar lo que han hecho mis alumnos y, como es habitual, aciertos y desaciertos se reparten a partes iguales. Me he propuesto dirigir menos en esta parte de la clase, porque no hay una única respuesta correcta. Así, la natural inquietud de cada cual sobre si lo que ha hecho está bien o mal, le hará releer los textos y madurar sus respuestas, dedicando algo más de tiempo al asunto. Esto, que parece muy correcto sobre el papel, de inmediato se muestra problemático, porque hay quien pide que dicte las correcciones una por una y texto por texto…  Pongo cara de póker mientras me asalta un dilema: si dicto las respuestas, se reduce la clase a la nada, a una copia mecánica en la que el trabajo lo da hecho el profesor, y el aprendizaje es nulo. Si no lo hago, les dejo a una deriva en la que pueden desorientarse más todavía, pues hay textos que efectivamente tienen su dificultad… Suena el timbre, que contrariamente a los lugares comunes, no les ha salvado tanto a ellos de una clase que por momentos se ha hecho pesada, como quizás a mí mismo de encontrar la fórmula del equilibrio ideal entre el estímulo del descubrimiento y la orientación necesaria para no perderse.

    Salgo de clase, preguntándome si la supuesta seguridad profesional que se debe mostrar –y todo el mundo da por supuesta- es parte de la ficción más que de la realidad. Y si no estará uno haciendo a diario algo tan humano como simular que es más de lo que realmente es.

Nota: leí este texto en el acto de despedida de los alumnos del IES Son Pacs que terminaron Bachillerato en el curso 2012/13. Fue mi forma de reconocer que también ellos han tenido paciencia durante años con los defectos de sus profesores.