Una orientación bibliográfica para alumnos de Teoría del Conocimiento

Hannah Arendt, la película

     En conjunto, el imaginario cinematográfico sobre los filósofos es más bien pobre. Ciertamente, raramente han tenido el tipo de aventuras que interesa al gran público. Tampoco es fácil reconvertir en imágenes la evolución del pensamiento y las ideas. Sin embargo, no siempre han tenido unas vidas tan monótonas como para que no hayan vivido vicisitudes y peripecias dignas de narrar.  Sólo con un buen trabajo de guión -análisis de textos y documentos que no siempre son fáciles- se puede conseguir un buen resultado.

     Es el caso de Hannah Arendt, dirigida por Margarethe von Trotta. La película está fenomenalmente documentada, pues gran parte de los diálogos están extraídos de sus cartas – su correspondencia con Mary McCarthy- o sus obras:  la clase que imparte en una escena, por ejemplo, es un texto de su gran obra Los orígenes del totalitarismo. Von Trotta y Pam Katz son las autoras del guión.

      Cuando en 1960, Adolf Eichmann fue secuestrado en Argentina y trasladado a Israel para ser juzgado por haber organizado el transporte masivo de judíos a los campos de exterminio, Arendt pidió al director de la revista The New Yorker ser su corresponsal en Jerusalén.  Había escrito y reflexionado largo y tendido sobre la mentalidad totalitaria, pero nunca había visto a ningún nazi justificándose, una vez había acabado todo. Pues bien, algo de lo que escribió en su incisivo análisis del juicio y del personaje, enfureció a mucha gente. Hasta el extremo de que las reacciones contra ella la sumieron en una especie de tercer exilio (de Alemania y Francia los dos primeros por ser de origen judío), y el tercero porque el marco de libertad de opinión y de respeto al individuo que sólo había encontrado en los EEUU, parecía haberse roto.

    Como tantas veces ha ocurrido, ese es el precio de pensar en libertad. Un pensador, escritor o periodista, necesita poder decir lo que piensa. En el caso de Arendt más todavía, porque ella siempre quiso entender la realidad, más allá de la comprensible indignación emocional. Y como lo que dijo superaba los esquematismos simples, el maniqueísmo radical, el falso dilema entre blanco y negro, señalando que había matices que se habían ignorado, o que no todas las víctimas lo fueron en el mismo grado, fue atacada visceralmente por el sectarismo ramplón; tanto es así, que por poner por escrito dos aspectos  que se revelaron durante el juicio –el papel de los Judenrät (consejos judíos formados por rabinos eminentes que regían los guetos aplicando las disposiciones de los nazis), y la valoración general de Eichmann, -que no era un monstruo sino un payaso a ojos de Arendt- la acusaron de autoodio, un recurso demagógico propio de  intransigentes de piñón fijo, y hubo reacciones desquiciadas en Israel que pedían incluso su ejecución. La primera es leída –un párrafo- en la película, y la segunda es una frase –en cursiva- que aparece una sola vez en todo el libro.

    La  recopilación de artículos que escribió sobre el caso se publicó en forma de libro en 1963, con el título de Eichmann en Jerusalén; informe sobre la banalidad del mal. El escándalo y las críticas demostraban en general que no se había leído la obra, o bien que no se la había entendido. Es frecuente que se hagan lecturas banales de los filósofos, haciéndoles decir lo que cada lector particular entiende. Arendt se defendió alegando que iban dirigidos contra lo que no había escrito. Una expresión –la perversidad del genio- le fue dedicada con la intención de contrarrestar la de la banalidad del mal, que había pasado a ser conocida por todo el mundo.

     Aclaremos cuanto antes que Hannah Arendt aprobaba el secuestro de Eichmann, defendía el derecho de Israel a juzgarle, y aprobaba su ahorcamiento final, por considerarlo uno de los peores criminales de la historia. Hubo voces que rechazaban estos tres puntos. Le pareció muy desafortunada la descripción que hizo la acusación al calificar a Eichmann de “sádico pervertido” o “monstruo más anormal de todos los tiempos”. Arendt destacaba que lo más grave e interesante del caso es que hubo muchos como él, que no eran sádicos pervertidos, sino personas terriblemente normales, incluso mediocres, que llegaron a cometer delitos atroces, en circunstancias que impedían reconocer que habían cometido actos de profunda maldad. De ahí que achacar los crímenes del nacionalsocialismo dibujando a uno de sus protagonistas como un remedo de Barba Azul, le parecía profundamente desacertado e ignorar totalmente lo más relevante de lo que se había visto en el juicio.

       Puede parecer que la expresión la banalidad del mal no cuadra. Mal y banalidad parecen palabras que se excluyen mutuamente. Quienes no leyeron o no habían entendido la obra de Arendt, interpretaban que quería decir algo así como que lo ocurrido no era tan grave o una banalidad, o que incluso eximía de responsabilidad a Eichmann. Jamás insinuó nada ni remotamente parecido. Se refería a la facilidad con la que alguien tan anodino, tan simple, que no tiene carisma ni iniciativas apenas, que al mismo tiempo que es buen padre ha renunciado a juzgar seriamente sus actos, valiéndose de mecanismos de justificación y racionalización que son de una insignificancia absoluta, puede convertirse en parte activa de la barbarie. Si en Los orígenes del totalitarismo había analizado las fuentes ideológicas profundas del mal radical, aquí constataba que también en las actitudes superficiales de quien renuncia a reflexionar sobre sus actos, puede anidar el mal.

      Y aquí hay un detalle que observar. Arendt era especialmente sensible al lenguaje. Como ella, Eichmann hablaba alemán y eso le permitió captar matices y connotaciones que se perdían en la traducción simultánea (la lengua oficial del juicio fue el hebreo). De ahí que le chocara la absoluta mediocridad del personaje, que repetía consignas –”clichés” los denomina- que además no eran suyos sino prestados de la retórica nacionalsocialista-, lugares comunes en forma de frases hechas que a veces ni él mismo entendía del todo, porque confundía el sentido de las palabras. El libro está plagado de observaciones al respecto. Por multitud de detalles, Eichmann le parecía más bien un payaso que un monstruo, que se había sumado a la posibilidad más cercana que tenía de medrar socialmente. Eichmann era un mediocre intelectual y laboralmente, que se había afiliado en 1932 a las SS sin haber leído Mein Kampf, días después de intentar formar parte de un club de masones. Había logrado pasar por experto en judaísmo tras leer dos libros –dos-. Se califica a sí mismo como un “idealista”. Cuando le pregunta el juez si cree que si hubiera habido más coraje cívico en Alemania, las cosas hubieran ocurrido igual, él contesta que claro que no, todo se hubiera organizado mucho más eficazmente, pero en el mismo sentido. No había tenido las ideas que puso en práctica, pero a veces se jactaba de ello. Insiste en que nunca odió a los judíos, que incluso ayudó a alguno, que lo pasó muy mal cuando le mandaron a ver lo que hacían en el este los einsatzgruppen (batallones que mataban a tiros a judíos y eslavos) o a Chelmno (donde se  los había empezado a gasear en camiones). Mantenía que la expulsión de 45000 judíos de Austria en 1938 –antes de optar por la solución final– era “salvarlos”, pero que llegado el momento, un funcionario tenía que hacer lo que le encargaban y que había hecho un juramento de lealtad. Se tomaba en serio los lemas que inventaba Himmler por Navidad o extraídos de los discursos de Hitler, como el juramento SS, “mi honor es mi lealtad”. Todo ello hacía que en la mente de hombres simples se grabara la idea de que se estaba haciendo algo grandioso, histórico, único: “una gran misión que se realiza una sola vez en dos mil años”, y que en consecuencia, era una pesada carga en nombre de la cual había que destruir la empatía por el sufrimiento humano, pero ese era su deber. En este sentido se declara lector de Kant y partidario del imperativo categórico, que en efecto es una ética del deber, pero vaciándolo totalmente de todo juicio de conciencia sobre lo que se está haciendo, es decir, que no sabe lo que dice cuando se declara kantiano, modelo que además establece que todo humano es un fin en sí mismo. Alegaba que las deportaciones y evacuaciones masivas en tren “habían ayudado a las víctimas, por cuanto les había facilitado ir al encuentro con su destino” (sic). Empezó el juicio declarándose “inocente en el sentido de las palabras de la acusación”, porque él “ayudó y toleró” la comisión de los delitos, pero nunca los consumó él mismo. “Su única culpa era la obediencia, que es una virtud”. “El burócrata cauto, sí, así era yo”…

    Eichmann no necesitaba pensar ni debía hacerlo, cumplía con el orden establecido en un contexto en el que el  deber emanaba de la palabra del führer; este es el cuadro al que se refiere Arendt denominándolo banalidad del mal. Se es plenamente consciente de lo que se hace, pero se ha optado por la irreflexión, cuando es precisamente la reflexión lo que nos convierte en personas capaces de discernir. Por añadir dos detalles profundamente irónicos a este sucinto cuadro, Eichmann devolvió a su carcelero la novela que éste le había prestado, de gran éxito en aquel momento –Lolita, de Nabokov- sin terminarla, porque le parecía “malsana”. Por último, frente a la horca en el momento de ser ejecutado, pronuncia unas últimas palabras afirmando que no cree en la trascendencia ni en la salvación del alma, pero concluye diciendo “señores, nos volveremos a ver todos dentro de muy poco”.

  “Este nuevo tipo de criminal”, dice Arendt, sufre algo como “la anestesia del pensamientolos hombres que no piensan son como sonámbulos”. Pero se refiere a la trivialidad con la que justifica y asume las metas, no a que no supiera lo que hacía, como si fuera un autómata o no fuera capaz de actuar creativamente a favor del mal. De ahí que personas normales que no piensan –un burócrata sigue teniendo capacidad de juicio moral aunque renuncie a aplicarla- en lo que hacen, se convierten en colaboradores necesarios de los crímenes. En otras palabras, cierta forma de estupidez superficial también es parte del mal. No es lo mismo decir que Eichmann no consideraba que hacía el mal, porque había renunciado a pensar, que decir que el mal que hizo es banal.

     Como se comprobó en el juicio, Arendt observó que hubo niveles entre las víctimas. La escritora israelita Idith Zertal, explica en su libro La nación y la muerte, que en los años 50 se juzgó en Israel a judíos que habían sido policías y kapos en los guetos y campos de concentración. Sin embargo, nunca se llegó al nivel de los miembros de ningún Judenrät. El caso Kastner fue paradigmático: el acusador, Grünewald, fue sentenciado por difamación, a pesar de que Kastner había organizado la salida de Hungría de 1685 judíos amigos y parientes de los miembros del Consejo, al mismo tiempo que aplicaba con el resto las directrices nazis en el gueto. El resultado es que casi medio millón fueron a parar a las cámaras de gas. Kastner ya había sido diputado húngaro y siempre estuvo entre las élites. En 1952 era portavoz del ministerio de comercio e industria israelita. Los supervivientes de los Judenrät habían emigrado mayoritariamente a Israel, donde, en general, eran destacados miembros de los partidos políticos que formaron los primeros gobiernos. Pues bien, pese a que el fiscal Cohen había llevado ya casos de este estilo contra kapos de poca monta, en el caso Kastner, se invirtieron los papeles de tal forma, que el estado se puso a favor del acusado y contra el acusador, sentenciándolo finalmente por difamación. La tesis de Zertal –que se pregunta si era menos condenable la colaboración de los consejos judíos que la de los kapos- es que la cohesión y fundación del estado israelita era suficiente razón de estado como para ser duro con los kapos y condescendiente con los Judenrät. Una miopía a conveniencia que creara una historiografía oportuna para la cohesión del pueblo judío, que debía centrar la historia del Holocausto en torno a los muertos, jamás en torno a los supervivientes, pues entre estos había habido muchos grados entre el blanco de las víctimas y el negro de los verdugos, y hablar de los vivos, era entrar en terreno proceloso y contraproducente para la construcción nacional que el recién creado estado de Israel exigía.

    Eso explica que el libro de Arendt tampoco fuera bienvenido por el establishment oficial. De hecho, no se publicó en Israel hasta el año 2002. La escena en la que Sigfried Moses, importante rabino alemán, conmina a Arendt a no seguir escribiendo cuando solamente se había publicado el primer artículo, es real y tuvo lugar en Suiza, aunque no en presencia de agentes del Mossad.

    ¿Ha aportado algo la psicología experimental al tema de la banalidad del mal?

     Sin duda. Son muy conocidos los experimentos de Milgram y Zimbardo, en los que se observa hasta qué punto es capaz de llegar, un sujeto cualquiera, a suministrar descargas eléctricas letales a un aprendiz intencionadamente atolondrado, o a ejercer de carcelero sádico con un preso accidental. En ambos casos se mide el grado de conformidad del individuo, en relación a una autoridad que dirige el experimento, o al rol que casualmente desempeña.

     A priori, ambos experimentos confirman la banalidad del mal. En el caso del experimento de Milgram, del 50% al 65% de los sujetos llegan a dar descargas letales, y el resto abandona cuando también ha llegado bastante lejos. Psicólogos como Haslam han cuestionado, sin embargo, que  la conformidad a secas sea lo que hace funcionar la mente de los profesores y carceleros, en la que subyace el liderazgo activo en nombre de lo que se está haciendo: se sienten comprometidos con un acto, el experimento, que está al servicio del un valor, la ciencia, empresa con la que se sienten identificados. Y aunque de entrada empatizan tanto con el experimentador como con el aprendiz, no lo hacen en igual grado. Después de los experimentos, reconocían que habían apostado por un valor –la ciencia, la verdad, la investigación- y cuando Milgram les agradecía su compromiso, se diluía el complejo de culpa por lo que habían hecho, e incluso se ofrecían a hacer más experimentos en el futuro. Si la simple conformidad con la autoridad elimina la capacidad para darse cuenta de lo que se hace, en realidad lo que ocurría es que se actuaban proactivamente en nombre del bien. Igual que Eichmann, los participantes interpretaban pues sus actos como pasos en favor de algo inapreciable. Así que el mal no surge de la inconsciencia sobre lo que se está haciendo, sino de la identificación activa en nombre de un contenido cognitivo valioso e importante. Esta convicción conduce al sujeto a hacer el trabajo sucio y buscar la aprobación de quienes están en el poder.

    ¿Refuta todo esto la tesis de Arendt sobre la banalidad del mal? En mi opinión, no del todo ni concluyentemente; sea la falta de reflexión, la presencia de un valor superior, o ambas cosas, lo que guía los actos del sujeto, sigue habiendo un conocimiento de las consecuencias previsibles que se producirán, tanto en los experimentos de Milgram y Zimbardo, como en el caso de Eichmann. Por tanto, se asume acríticamente dicho valor o una orden, diluyendo la responsabilidad de las consecuencias al ejecutarla sin más. En definitiva, depende entonces de dónde pongamos el acento – sea en actuar acrítica e irreflexivamente,  sea en el valor por el que se actúa- lo que nos hará entender la banalidad del mal en uno de sus dos aspectos. Y ambos son contemplados por Arendt.