¿Truco o tratamiento?

 

No cabe duda. Este libro es la obra definitiva sobre la realidad de la supuesta medicina alternativa. Singh y Ernst, analizan con detalle y profundo conocimiento del tema, las cuatro modalidades más populares: la acupuntura, la homeopatía, la quiropráctica y la fitoterapia. Y lo que es más importante, han logrado una verdadera lección de teoría del conocimiento de principio a fin, ya que conceptos centrales de la investigación farmacológica -como aleatorización o doble ciego- están presentes a lo largo de todo el libro. Además, incorporan sutiles reflexiones sobre el lenguaje usado, las emociones implicadas, la percepción sesgada y la intuición, de forma que aluden continuamente a las formas de conocimiento principales. Al final del libro, aluden también a otras modas supuestamente terapéuticas con las que se construye un emporio económico que puede tener consecuencias muy negativas para un público que, ingenuamente, puede ser confundido y engañado por un efecto placebo que sigue siendo muy inferior a los efectos terapéuticos de la medicina convencional. En definitiva, un libro fundamental para quienes estén dispuestos a distinguir con honestidad la diferencia entre la ciencia y la charlatanería.

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Las ciencias sociales como forma de brujería

    Un gran clásico, difícil de encontrar y más bien olvidado, este libro de Stanislav Andreski es una irónica reflexión sobre las maniobras intelectuales con las que algunos científicos sociales han intentado hacerse merecedores del estatus de científicos ante la opinión pública. Desde la aparente medición y cuantificación objetiva de cuestiones humanas, el sectarismo subyacente de las tendencias ideológicas, hasta el uso de un lenguaje mixtificador, Andreski se propuso desvelar las maniobras con las que algunos ídolos de las ciencias humanas en su época, a los que reprocha su falta de rigor y honestidad intelectual, realizaron maniobras de prestidigitación ante un público deslumbrado por una nueva forma de brujería. El daño infligido se constata, por ejemplo, en el sector en el que más psicólogos, sociólogos y pedagogos son contratados –la educación- con una eficiencia inversamente proporcional al número de especialistas contratados.  El autor confía, sin embargo, en que el paso del tiempo, permitirá distinguir la farsa de las verdaderas aportaciones al conocimiento.

Una orientación bibliográfica para alumnos de Teoría del Conocimiento

“Leer para vivir”, por Juan Jiménez Castillo

Tarjeton presentacion en Palma de Leer para vivir

 

En el proceloso panorama de la educación en Baleares, la voz de Juan Jiménez Castillo se distingue con luz propia. Mientras otros se sirven de la educación a modo de coartada para divulgar convicciones ideológicas que apenas disimulan un proyecto político, Juan Jiménez procede de forma radicalmente diferente. En sus libros – y éste es el tercero que publica en tres años- se adentra rigurosamente en las deficiencias reales de la práctica docente diaria, y lo que es más importante todavía, propone formas efectivas de mejorarla. No es casualidad que llegue tan lejos, pues el lector comprobará que a un profundo conocimiento del marco teórico y sus tendencias, suma la experiencia real del terreno que pisa –el de las aulas – soslayado precisamente por algunos de los que más elevan el tono en temas educativos. Insisto: no es lo mismo valerse de la educación que servir a la misma.

Pese a que nadie ignora la trascendencia de la lectura como habilidad fundamental, las revelaciones que hace Juan Jiménez con su fino análisis, le dejan a uno pensativo. En lugar de repetir argumentos trillados a los que se recurre habitualmente como cortinas de humo –pedir sin más la implicación de las partes o atribuir toda deficiencia a los condicionantes económicos- nuestro autor centra su investigación en causas internas relativas al ejercicio profesional de la enseñanza en las aulas, sin atribuirlas, como se acostumbra muy a la ligera, a factores externos. Su testimonio de que en las escuelas de Baleares se dispone de un enfoque sobre cómo aprender a leer, pero no de un verdadero método de aprendizaje, confirma la sospecha de que no siempre ha triunfado el mejor modelo pedagógico posible, por enjundioso y sugerente que suene su nombre (Teberovsky). Si sumamos a esto que el mismo marco legal –la LOE- no impulsa el desarrollo de la lectura por no contemplarlo como objetivo finalista hasta la educación primaria -siendo factible adelantarlo al segundo ciclo de la educación infantil-, o que los equipos de las escuelas de Infantil y Primaria no siempre hayan acordado ni discutido qué es lo que más conviene a los niños, resulta patente que se deben hacer mejoras profesionales concretas. En nada se parece todo ello a hacer meras declaraciones de buenas intenciones.

En Leer para vivir, Juan Jiménez revela una situación paradójica. Pese a que nadie niega la trascendencia de adquirir la habilidad de la lectoescritura, resulta que ha triunfado en las escuelas la renuncia a ejercer el papel de verdadero estímulo que desarrolle el potencial de los niños en cuanto brota. Un potencial innato, que ve mermada su capacidad de crecimiento exponencial si no es aprovechado a tiempo, cuando no se malogra. La causa radica en el constructivismo, en un pseudoprogresismo mal entendido que idealiza y eterniza el juego, y en los efectos de lo que Basil Bernstein denominó pedagogías implícitas. Combinando la ironía del experto y el rigor del científico, Juan Jiménez analiza la suma de esos factores, y demuestra sus verdaderas consecuencias. Así pues, los juzga por sus resultados en lugar de por la magia retórica con las que son promovidos, como si la innovación que los caracteriza fuera un fin en sí mismo. No se aprende a leer hojeando, mirando o jugando con los libros -sino que se necesita una labor metódica previa- y, mucho menos todavía, se debe renunciar a las cartillas de lectura. La progresiva desaparición de estos materiales redunda en otra consecuencia indeseable: se extingue la provechosa posibilidad de colaboración de los padres, que ni tan solo pueden prolongar la labor del maestro en casa, fomentando el hábito y el placer de leer. Precisamente en este sentido, Juan Jiménez reivindica la experiencia positiva de las escuelas de padres. Y expone un programa por niveles en los que éstos formen parte de la comunidad educativa (maestros, niños y padres), adquiriendo estrategias prácticas fáciles de llevar a cabo.
Por último, una simple reflexión sobre los posibles defectos de las ciencias humanas frente a las ciencias naturales, que supuestamente los superaron hace siglos. Juan Jiménez Castillo está en el grupo de los que dignifican el estatus de la Pedagogía, inclinándola del lado de la ciencia y alejándola del de la propaganda, motivo por el que no siempre ha salido bien parada del ruido mediático de quienes más dicen defenderla. Los que hemos tenido en ocasiones anteriores la grata experiencia de descubrir -gracias precisamente a la lectura- obras y fuentes que las versiones deformadas de los hechos pretendían escamotearnos, tenemos con Leer para vivir, un ejemplo vivo de lo que su título anuncia. Y una prueba de cómo hay que proceder y por dónde empezar, si realmente se pretende mejorar la realidad educativa española.

 

Plaza Albert Camus

Palma de Mallorca. Plaza Albert Camus. El transeúnte de ese lugar tiene motivos para recordar al autor de El hombre rebelde, pero más que por el nombre, porque la disposición del entorno le permitirá imaginar qué ironías no hubiera escrito el argelino de haberse interesado por la faceta urbanística y arquitectónica del poder -insuflado de teorías, pretensiones y resortes- que sólo su agudo sentido de la desmitificación podía desvelar. Tampoco podrá evitar establecer paralelismos entre la legión de pseudointelectuales que le despreció –Sartre al frente- y los voceros actuales del populismo, que siguen haciendo lo mismo en las clases que imparten: en aquella época ignoraban deliberadamente las vergüenzas y crímenes del comunismo, y hoy se hace lo mismo con los oradores de opereta caribeñobolivarianos. La soledad es el precio de anteponer la ecuanimidad a los embates del sectarismo.
Si nuestro transeúnte mira a su izquierda, verá una estructura férrea que hace pensar más bien en los restos de un accidente áereo que en un Palacio de Congresos en obras. Nadie ignora ya que el montante de dinero público invertido es un abuso a costa del contribuyente, ni que el desinterés y abandono de la iniciativa privada que alentó inicialmente su gestación, indicaba que era el momento de paralizarla, más aún, todo apunta a que el simple mantenimiento del edificio una vez acabado, nos empobrecerá eternamente. Pero todo esto ya se ha dicho. Lo interesante es llegar al fondo de la cuestión, y que nadie se atreve a reconocer abiertamente: la desestacionalización del turismo –coartada con la que se sigue justificando la trama- es un mito irrealizable. La prueba es que hemos oído hablar de ella desde la infancia, sin que nada ni nadie haya podido ir más allá de atraer puntualmente a algún grupo muy reducido de turistas en invierno, lo que en ningún caso basta para mantener activa una industria tan voluminosa.

Vista del Palacio de Congresos desde la Plaza Albert Camus.

Vista del Palacio de Congresos desde la Plaza Albert Camus.

Si nuestro paseante mira a su derecha, cundirá la sorpresa. Un paquebote excesivo que no encaja en el lugar – ni al parecer de muchos, en toda la ciudad- le hará sospechar que un huracán lo arrancó de los muelles para vararlo a poca distancia del mar. Se equivoca. Es un edificio abandonado y en deterioro, ciertamente, pero fue protegido oportunamente por la cúpula de la extinta UM –actualmente en la cárcel- cuando le convino maniobrar en contra de quien legalmente había comprado el solar con el acuerdo de que el vendedor (GESA) lo demolería, y así construir a posteriori. Era una simple venganza por haber recurrido el asunto de Ca’n Domenge, que la cúpula mafiosa había convertido en otro escándalo. El Tribunal Supremo acaba de resolver el asunto: se debe compensar al comprador con 85 millones de euros. Es sólo el principio, porque sobre el paquebote ruinoso quedan pendientes 22 contenciosos más…

Vista del edificio de Gesa desde la Plaza Albert Camus.

Vista del edificio de Gesa desde la Plaza Albert Camus.

 

A nuestro paseante le queda mirar al frente, al mar, en dirección a la costa argelina, que queda a unos 300 kilómetros. Inevitablemente imaginará que Camus hubiera podido añadir a su libro algún capítulo sobre los resortes del ogro filantrópico que, con excusas proféticas sobre el devenir de la economía, arruina el espacio público al tiempo que vacía los bolsillos del ciudadano. Ciertamente, la economía no era lo que más le interesaba, y lo de hoy en día es más ligero que las duras dictaduras de su época, pero cabe dudar sobre el tamaño del atropello económico, y si eso exige otras formas sutiles de rebeldía.

Vista de la Bahía de Palma desde la Plaza Albert Camus.

Vista de la Bahía de Palma desde la Plaza Albert Camus.

 

 

Sobre “La perversión pedagógica de la inmersión lingüística”

 “La perversión pedagógica de la inmersión lingüística“, Editorial Sloper (10€).

A pesar de que abundan las publicaciones sobre la problemática lingüística de la educación en Baleares, destaca -y hacía falta que llegara- un libro como el de Juan Jiménez Castillo. Desde el núcleo de la administración educativa, una voz especialmente autorizada por su trayectoria profesional, y pertrechada del rigor de la investigación científica y teórica, ha osado decir –y demostrar- lo que muchos se niegan a ver y otros silencian cómplicemente.

Juan Jiménez, Inspector de Educación en Baleares y Doctor en Ciencias de la Educación, expone en su segundo libro los motivos psicopedagógicos por los que la inmersión lingüística obligatoria en una lengua diferente a la materna, perjudica en especial a los niños castellanohablantes de Baleares más desfavorecidos socioeconómicamente, y a los que añaden dificultades cognitivas. Insisto: motivos psicopedagógicos. Jiménez acota el problema al área que le concierne, y devuelve así este asunto al campo del que nunca debió salir: la educación es un fenómeno demasiado importante como para deformarlo grotescamente con finalidades políticas, ideológicas e identitarias, de forma que sin entrar en esos ámbitos, el lector encontrará los argumentos y los datos por los que la imposición catalanista en la enseñanza de una sola lengua vehicular, es una aberración estrictamente educativa.

Lejos de las alucinaciones paranoides del monolitismo nacionalista –que se alimentan de una imaginaria animadversión a una lengua- Jiménez analiza, compara y evalúa las virtudes y defectos de los diferentes proyectos lingüísticos de centro que han resuelto satisfactoriamente la convivencia y aprendizaje efectivo de 2 y hasta 3 lenguas, a diferencia de quienes se han valido del mismo como coartada legal para dar rienda suelta a la pseudociencia, y a sus desvaríos totalitarios. La clave está en que queden profesionales de la docencia que mantengan el aprendizaje como principal meta educativa, en lugar de hacer desaparecer de la realidad social una lengua que además de cooficial, es la materna de más del 50 % de los niños.

El libro de Juan Jiménez es claro, incisivo, documentado y está magníficamente escrito. Y en lo personal, es un alivio sentirse menos solo,  gracias a que este hereje haya tenido la lucidez y la valentía de escribir un libro,  que resquebraja la uniformidad del mismo sermón que se ha impuesto en todos los centros e instituciones educativas públicas de Baleares.

 

Ciclo de cine políticamente incorrecto. “La naranja mecánica”.

Ha sido un placer concluir el segundo cinefórum de UPyD en Baleares, sobre cine calificable como políticamente incorrecto.

En el improbable caso de que hubiera habido alguien presente en la sala que viera “La naranja mecánica” –como en efecto, los hubo- por primera vez, o que no la hubiera visto en mucho tiempo, confieso mi envidia. Recuerdo el impacto visual, temático y musical que me produjo esta obra maestra -entre otras filmadas por Stanley Kubrick– cuando la vi primera vez. Tanto es así, que como ocurre con todo lo que produce profunda impresión en el público, traspasa las fronteras de la simple ficción, y provoca fuertes reacciones, sean de rechazo o admiración. Porque en cuanto algunos jóvenes cometieron algunos delitos en Inglaterra después de su estreno, se estableció una relación causa-efecto, de forma que incluso un primer ministro hizo declaraciones requiriendo la recuperación de la censura, y algunos alcaldes la prohibieron en sus respectivos municipios.

Kubrick fue amenazado de muerte. Vivía en las afueras de Londres con su mujer e hijas, y pidió a la Warner que retirara la película de la cartelera,  cosa que consiguió,  a pesar de los ingresos que ya estaba generando. La Warner Brothers no quería enemistarse con él, dado que sus películas eran garantía de éxito, y el hecho es que La naranja mecánica no volvió a verse en una sala de cine británica hasta 26 años después, lo cual es sorprendente tratándose de la democracia más antigua del mundo. Algunos aspectos de la película pueden parecer desde el presente osados para la época: por primera vez se filmaba una violación, entre carcajadas y cantando Singing in the rain,  melodía vinculada en la mente del público a la danza, la felicidad y el amor. Otros han señalado el contexto de conflictividad y movilizaciones sociales, más el problema irlandés precipitándose hacia lo peor, como factores que perjudicaron la acogida de la película.

A mí –que prefiero analizar una obra en sí misma más que por el contexto- me parece una de las películas más políticamente incorrectas de la historia del cine. Hay quienes la han incluido en el conjunto de las distopías, como Un mundo feliz o 1984. El mismo Kubrick no compartía esa clasificación –más bien le sorprendía- y afirmó que sólo quería hacer ficción. Yo me siento más identificado con quienes la consideran como una comedia negra, en la que ciertamente no se salva nadie, y en la que uno tiene la impresión de que el director siempre está muy por delante del espectador, al que está retando a reconocerse en un espejo del que no sale favorecido.

     La naranja mecánica narra una historia cruda, sin concesión sentimental alguna, en la que partiendo del sadismo de su protagonista, y sin pretensiones moralizantes, se sugieren muchos temas, de los que destaco uno: el grado de coacción adecuado para combatir el crimen. El tema más políticamente incorrecto queda plasmado en la conducta del intelectual (Patrick Magee)-personaje sobre el que reclamo especial atención- pues es natural exigir a las autoridades que nos defiendan de los delincuentes, y eso puede implicar a su vez  otras formas de coacción que en el fondo consideramos justificada cuando somos nosotros las víctimas. Lo más interesante es la profunda contradicción cuando -en nombre de unos valores ilustrados y humanitarios- decimos que rechazamos sin más la venganza o la violencia, para practicarla después con fruición si somos sus víctimas. De ahí que el intelectual –y sus amigos periodistas- sean los peor parados de la película: cínicamente criticarán por motivos políticos aquello que sienten, hacen y aprovechan secretamente.  Aclaremos que en este caso, la violencia se nos presenta en su nivel más inquietante, es decir, no como medio para conseguir fines concretos, cosa que puede entenderse y es la forma habitual de tratarla (como mecanismo de defensa, como resultado de la desesperación, el heroísmo por una causa justa, la miseria, etc.), sino en su manifestación más descarnada: por puro placer, pues Alexander DeLarge –el protagonista- tiene todos los rasgos de un psicópata. De ahí que inevitablemente uno se pregunte cómo reaccionar ante el mal desinhibido en forma de joven no inmoral sino amoral, que carece del más mínimo principio de empatía. Por cierto, sobre este particular no quiero dejar de decir que la calidad del doblaje es tal –Kubrick dirigía personalmente todas las facetas de sus películas- que la voz en off de Malcolm Mcdowell en el que fue el papel de su vida, no deja indiferente al espectador. Es sarcástica, inteligente, carismática, hipnótica, hasta el punto de que logra lo que él no hace con sus víctimas: ponernos en su lugar y en más de una ocasión, hacernos reír.

Kubrick nos retrata como somos, sin melindres gazmoños. Es ingenuo promover la justicia y el bien mediante la razón, sin poner  en juego mecanismos más básicos, más contundentes, y coactivos en términos de manipulación de la conducta. Sobre esto en particular, distingo tres niveles de complejidad ética creciente:

1º nivel: la manipulación de la conducta. El condicionamiento clásico o respondiente que descubrió Pavlov, aplicado intencionadamente como ingeniería de la conducta a un humano, como tesis fundamental del conductismo: la conducta no tiene misterio ni secreto, pues no es sino una variable que depende de los condicionamientos adquiridos. El cura de la prisión planteará el discurso tradicional sobre la libertad desde la perspectiva cristiana; es la elección moral y consciente la que nos convierte en seres humanos. Rechaza así el modelo de caja negra del conductismo, de forma que creer en la libertad se debería a nuestra ignorancia sobre el origen de la conducta.

2º nivel: el juicio que merece la posibilidad de la manipulación. Se plantea el problema de entregar al poder político –muy destacable la actuación de Anthony Sharp como Ministro del Interior– mecanismos de manipulación.  En este sentido, además del discurso moralizante del cura, el intelectual mantiene un juicio muy negativo desde instancias filosóficas, políticas y éticas. Ambos chocan con la lógica científica del Dr. Brodsky.

3º nivel: más profundo y que nos afecta a todos. Cuando nosotros somos la víctima, no distinguimos entre justicia y venganza, es más, no entendemos la primera sin la segunda. De ahí que al mismo tiempo que el intelectual se sirve del condicionamiento de Alex para atacar las inclinaciones totalitarias del poder, se aprovecha del mismo con la misma crueldad o más que la más humilde de sus víctimas. La razón dicta una cosa, pero la pasión otra muy diferente. Y esa disociación entre lo que pensamos y lo que hacemos da origen al giro del Ministro del Interior (Anthony Sharp), que como superviviente de la política que tiene que ser, está dispuesto a hacer lo que manden las circunstancias del momento, es decir, la opinión pública. De ahí que tanto pueda protagonizar la lucha contra la delincuencia, como convertirse en el mejor aliado de Alex, y ser tan amoral como él mismo. El fin –el poder- justifica los medios.

¿Cómo mantener a raya a un Alex sin coaccionarle? Este asunto me parece interesantísismo, porque el mismo Anthony Burguess –autor de la novela homónima en la que se basa la película- fue víctima en 1944 de un ataque del mismo estilo: su mujer fue violada por cuatro soldados norteamericanos cuando estaba embarazada –perdió el niño- y a él le dieron una paliza tremenda.  Y aquí, quitémonos las caretas, la cuestión es cómo responderíamos si pasáramos por algo así, si mantendríamos las sutilezas de un discurso políticamente correcto, cuando sentimos precisamente todo lo contrario.

Un aspecto de importancia capital de La naranja mecánica, y difícilmente explicable, es el efecto del fondo musical. Hay quien ha afirmado que con Kubrick la música deja de ser un simple fondo, o una forma de influir en los sentimientos, para pasar a ser parte intelectual de la película. En este caso, clásicos conocidísimos como Beethoven, Elgar, Purcell, Rossini etc., acompañan sorprendentemente bien a unas escenas con las que a priori parecen incompatibles. A los clásicos hay que añadir la música sintética de Wendy Carlos. Por lo demás, el uso magistral que hace Kubrick del zoom, me parece un recurso técnico destacable.

Afortunadamente, la participación del público en el coloquio compensó sobradamente la pobreza de mis notas. Cito pues los principales temas sugeridos:

-la relación de la conflictividad social británica de los años 70 con el reflejo de las clases sociales en la película.

-la reinserción del delincuente como principio constitucional, y el rechazo que produce en la opinión pública su coste económico.

-la educación como origen de las conductas antisociales.

-la dificultad de escapar del pasado.

-la aceptación de la naturaleza innata de cada sujeto, frente a los intentos del poder en transformarla en lo contrario de lo que es.