Gente que vive fuera

No cabe duda de que cinco años después, y de la mano de Juan Antonio Horrach, el cinefórum que uno contribuyó a iniciar ha llegado a su culmen. El estreno en Palma, ante un público selecto, del documental Gente que vive fuera, presentado y comentado por uno de sus protagonistas –el escritor catalán afincado en Mallorca Xavier Pericay– puede considerarse una verdadera primicia. Y no sólo por el hecho de que se tratase, efectivamente, de un estreno, ni por la calidad incuestionable del producto, sino también porque quienes conocemos el panorama supuestamente cultural de las salas en las que un documental así debería verse –me refiero, por ejemplo, a Cineciutat– sabemos que la intoxicación ideológica de quienes deciden su programación, se traduce en una férrea censura del silencio contra todo lo que no se ajuste a la religión establecida. Con más motivo pues, se agradece la participación de Xavier Pericay.
Gente que vive fuera es el documental de las víctimas del nacionalismo catalán, que ha producido exiliados que pudieron rehacer su vida profesional y personal en otras partes de España. Su talento les dio la posibilidad de escapar de un ambiente asfixiante, pero también el valor de hacerlo. Porque una vez más y como siempre, no hay nacionalismo que no deje un reguero de sujetos estigmatizados por atreverse a ser individuo antes que tribu. Albert Boadella, Félix de Azúa, Xavier Pericay y Federico Jiménez Losantos (tres barceloneses y un aragonés) dejan testimonio de los distintos aspectos en los que la Barcelona que conocieron en su juventud fue convirtiéndose en lo contrario de lo que fue: el lugar donde había libertades que no había en Madrid. Pero lo más relevante del documental, y le da una categoría excepcional, es que no se ventila cuestión ideológica alguna. El pálpito de la vivencia, no exenta de humor en momentos puntuales –cosa que no soportan los nacionalistas- recorre cada una de sus observaciones, sea en el campo familiar, social, educativo, político o económico. De ahí que Gente que vive fuera sea un documento recomendable, sobre todo, para quienes han caído en la trampa de la propaganda y la mentira, que pretende convertir las cosas en lo contrario de lo que son, transfigurando al verdugo en víctima, y han perdido la capacidad de ver la realidad si no es a través de las gafas de la ideología.

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La independencia no es cuestión de cifras

Participo en un debate televisivo sobre actualidad política. Un nacionalista enragé afirma que la democracia consiste en aceptar lo que quiera el pueblo catalán y, dado que los últimos sondeos oscilan entre un 41% y un 57% de voto independentista en las próximas elecciones del 25-N, concluye que la democracia se reduce a acatar las cifras. Los turnos y tiempos del programa apenas me dejan tiempo para contestar.

Aun siendo un factor importante, la democracia es una joya conceptual que no se reduce a una suma de votos. De hecho, es peligroso aferrarse únicamente a este principio. Hay marcos legales previamente establecidos que delimitan unas normas de juego. Esos códigos establecen, por ejemplo, en quién reside la soberanía y –mucho más importante todavía- qué principios básicos de derechos y libertades no pueden ser alterados circunstancialmente, a menos que nos sea indiferente que en nombre del fragor emocional del momento  se vote cualquier desatino. Hay derechos individuales que deben ser salvaguardados de una voluntad mayoritaria impulsiva. Este detalle capital es consecuencia de una extensa experiencia histórica plagada de ejemplos que llevaron a desconfiar de la democracia durante siglos. Después de vencer en la batalla naval de las Arginusas (406 a. J.C.), los atenienses juzgaron a los 6 generales que habían sobrevivido –murieron otros dos- por no haber salvado a los compatriotas que habiendo caído al agua,  se debatían entre las olas de un temporal que impedía a los barcos maniobrar. La Asamblea votó su ejecución, agitada por la locuacidad de un tal Calíxeno. Ejecutada la sentencia, los ciudadanos se arrepintieron y las cosas se giraron en contra de Calíxeno, pero nada podía ya reparar el error. De ahí que, con el tiempo, se establecieran frenos constitucionales a la voluntad mayoritaria de una soberanía popular que podía ser fácilmente manipulada. Piénsese en los extremos a los que ha llegado el nacionalismo vasco, y se comprenderá que el ejemplo no es demagógico.

Pues bien, la soberanía constitucionalmente establecida -y democráticamente refrendada- reside en el pueblo español, de forma que una parte no puede decidir en lo que afecta al todo, lo que además deja al nacionalismo independentista en franca minoría. Por otra parte, la aplicación práctica de sus postulados no mejora la democracia, sino todo lo contrario, pues siempre introduce algún sesgo identitario –étnico, racial, social, religioso, o lingüístico- que define al ciudadano auténtico, a diferencia del que no lo es. Como en las sociedades avanzadas –y Cataluña todavía lo es- hay personas de todo tipo y condición, los nacionalismos se concretan inevitablemente en algún nivel de discriminación a favor de quien tiene el rasgo que define su concepto de pueblo. De ahí que quien pide respeto y libertad de cara al exterior, puede ser una amenaza para la libertad interior, más todavía si es minoritaria. Por todo ello, afirmaba el pensador liberal Constant que el pueblo puede convertirse en su propio déspota. Se puede constatar que los nacionalistas han renunciado deliberadamente a distinguir entre democracia asamblearia y constitucional. El resultado es el que estamos viendo: consideran legítimamente democráticos mecanismos que tienen rasgos de aclamación, un sistema de votación característico de momentos de inestabilidad y que ha llevado a consecuencias históricas muy negativas, aun presentándose bajo la apariencia de la libertad.

El segundo argumento de nuestro nacionalista enragé es el de las balanzas fiscales. Más números. Sin embargo, las cuentas no están claras. No hay un acuerdo definitivo sobre cómo calcular las balanzas fiscales ni siquiera entre los especialistas. De ahí que cualquier lector de periódicos se encontrará un día con que España somete a Cataluña a un expolio fiscal, y al siguiente con que hay estudios que demuestran lo contrario. Como en todo, hay diversos paradigmas, y los nacionalistas tienen el suyo. El caso es que la comunidad autónoma más endeudada (la deuda catalana asciende a 46.000 millones de euros) va a ser rescatada por el Fondo de Liquidez del Estado que va a aportar más de 5000. Es imposible ignorar el tufillo a victimismo falaz de quien ha gestionado pésimamente el erario público. Por no hablar de otro embuste mayor: los impuestos no los pagan los territorios sino las personas. De ahí que básicamente aporte lo mismo un extremeño que un madrileño o un catalán a las arcas públicas según su status, al margen de dónde lo haga. Y si reivindica que no recibe en la misma medida en que aporta, está cuestionando el sentido redistribuidor de los impuestos –argumento propio de los más pudientes-, con el que los nacionalistas se alinean cuando conviene. Reivindiquen pues una reducción de impuestos o mayor eficiencia en el gasto, ya que el verdadero problema es la avidez de una enloquecida administración autonómica, local o nacional, que dilapida lo que esquilma a los contribuyentes.

Federalismos de tapadera

Entre el atrabiliario intercambio de sambenitos –generalmente insultantes o peyorativos- al que a diario reducen la política sujetos de poca categoría, aparecen de vez en cuando etiquetas que tienen, contrariamente, un matiz positivo, que repentinamente muchos dicen defender y que, atropelladamente, codician adjudicarse. Ambas maniobras son ejemplos de uso adulterado de los términos, pues si en el primer caso se pretende denigrar al contrario calificándolo de lo que no es, en el segundo, se quiere pasar por lo que uno quisiera ser, sin lograrlo.

Hete aquí que en el panorama actual abundan de sopetón los políticos y los partidos federalistas. Es normal y natural que la cercanía de procesos electorales agite los ánimos de los inventores de consignas, pero la verdad es que la huida hacia el independentismo de CiU y Mas, ha dejado en ridículo las ambigüedades calculadas y confusas del PSOE y sus secciones autonómicas, que temen ser menos que Mas, y que en los dos gobiernos tripartitos que formaron en Cataluña, como en Baleares, siempre pretendieron superar a CiU y no desentonar con sus socios nacionalistas. De ahí que llame la atención que sus líderes vuelvan ahora a ondear la bandera “federal”, supuestamente entre el autonomismo y el secesionismo, aunque de momento, su propuesta nade en la indefinición.

La palabra federal proviene del término en latín foedus, que significa alianza, pacto. En teoría política, se denomina federalista a quien organiza el poder político entre distintas partes o unidades territoriales en pie de igualdad. El acuerdo puede regular distintos derechos de distintas formas –la variedad de gobiernos federales es enorme-, pero siempre se establecen dos niveles de gobierno: uno general o federal y otro local jerárquicamente organizados. Muchos opinan que las autonomías españolas han evolucionado en un sentido federal muy claro, aunque no se las haya denominado como tales, y que el sistema autonómico ya ha derivado de facto en un federalismo. Dado que ha primado la deslealtad, el “yo no soy menos que nadie”y la irresponsabilidad del gobierno central, el resultado es un caos inviable y ruinoso en el que las comunidades no tienen las mismas competencias. Somos un ejemplo de federalismo sin compromiso, que además de hacer dificultosísimo el gobierno federal, encubre las ambiciones soberanistas. El caso es que el grado de simetría y de cooperación entre las partes es la clave pasa saber de qué estamos hablando. Y aquí es donde los federalistas de nuevo cuño – que niegan que el caso de España sea federalismo- inciden muy parcialmente en las características de los países federales que quisieran tener, hasta el punto de que su federalismo despeja el camino a la retórica de los estados libres asociados o la de de una confederación. Así, destacan que Alemania ha modificado su constitución más de 50 veces desde 1949 y que los Länder con mayor capacidad fiscal ponen límites a su aportación a los que tienen capacidad inferior a la media. Pero olvidan que también devolvieron competencias al gobierno federal cuando el desacuerdo entre los Länder hacía imposible el consenso e inviable el sistema. También destacan que los EEUU tienen una gran capacidad de decisión y autogobierno, pero dejan en segundo plano que tienen un alto grado de simetría, que nadie cuestiona la unidad que forman las partes ni la prevalencia del gobierno nacional sobre el de cada estado.

Dicho esto, hará bien el lector en ignorar mis palabras y considerarlas como una pobre introducción al brillante artículo de Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes.  El federalismo bien entendido tiene aspectos que deliberadamente le intentan escamotear los ideólogos oportunistas, sin los que el nacionalismo excluyente y segregador saldría reforzado.

Sobre “La perversión pedagógica de la inmersión lingüística”

 “La perversión pedagógica de la inmersión lingüística“, Editorial Sloper (10€).

A pesar de que abundan las publicaciones sobre la problemática lingüística de la educación en Baleares, destaca -y hacía falta que llegara- un libro como el de Juan Jiménez Castillo. Desde el núcleo de la administración educativa, una voz especialmente autorizada por su trayectoria profesional, y pertrechada del rigor de la investigación científica y teórica, ha osado decir –y demostrar- lo que muchos se niegan a ver y otros silencian cómplicemente.

Juan Jiménez, Inspector de Educación en Baleares y Doctor en Ciencias de la Educación, expone en su segundo libro los motivos psicopedagógicos por los que la inmersión lingüística obligatoria en una lengua diferente a la materna, perjudica en especial a los niños castellanohablantes de Baleares más desfavorecidos socioeconómicamente, y a los que añaden dificultades cognitivas. Insisto: motivos psicopedagógicos. Jiménez acota el problema al área que le concierne, y devuelve así este asunto al campo del que nunca debió salir: la educación es un fenómeno demasiado importante como para deformarlo grotescamente con finalidades políticas, ideológicas e identitarias, de forma que sin entrar en esos ámbitos, el lector encontrará los argumentos y los datos por los que la imposición catalanista en la enseñanza de una sola lengua vehicular, es una aberración estrictamente educativa.

Lejos de las alucinaciones paranoides del monolitismo nacionalista –que se alimentan de una imaginaria animadversión a una lengua- Jiménez analiza, compara y evalúa las virtudes y defectos de los diferentes proyectos lingüísticos de centro que han resuelto satisfactoriamente la convivencia y aprendizaje efectivo de 2 y hasta 3 lenguas, a diferencia de quienes se han valido del mismo como coartada legal para dar rienda suelta a la pseudociencia, y a sus desvaríos totalitarios. La clave está en que queden profesionales de la docencia que mantengan el aprendizaje como principal meta educativa, en lugar de hacer desaparecer de la realidad social una lengua que además de cooficial, es la materna de más del 50 % de los niños.

El libro de Juan Jiménez es claro, incisivo, documentado y está magníficamente escrito. Y en lo personal, es un alivio sentirse menos solo,  gracias a que este hereje haya tenido la lucidez y la valentía de escribir un libro,  que resquebraja la uniformidad del mismo sermón que se ha impuesto en todos los centros e instituciones educativas públicas de Baleares.

 

Payeras el temeroso

Confieso que la osadía de salir a la luz pública a defender los propios puntos de vista tiene pocas consecuencias gratas, pero hay una que cada vez me divierte más. Escandalizar a los mojigatos, a los puritanos de los dogmas ideológicos del pensamiento político subvencionado y promovido oficialmente, tiene algo de subversivo, pues el escándalo del meapilas de turno sobredimensiona el asunto hasta darle más trascendencia de la que tiene.

Una semana después de que se publicaran los resultados del sondeo realizado por el Instituto Balear de Estudios Sociales –que darían representación a UPyD en el Ayuntamiento de Palma si se celebraran ahora elecciones-  Miquel Payeras nos dedica un artículo titulado “La suma PP-UPyD” en el que lamenta que “el PP perdería la mayoría absoluta, pero la demagogia populista le podría apoyar y así gobernar juntos”.

Para empezar, sorprende que a estas alturas el Sr. Payeras no se haya enterado de que UPyD no se rige por las mismas reglas que el resto de minorías que alguna vez hayan tenido representación institucional en Baleares. Está tan acostumbrado a la conducta habitual, que da por supuesto que entregaríamos fácilmente nuestro apoyo, tal vez porque hasta ahora todos se conformaron con poltronas y partes suculentas que administrar de los presupuestos. Sin embargo, tiene un ejemplo –tal vez lo ignore deliberadamente- con lo ocurrido en Asturias. Nacho Prendes, el único diputado autonómico de UPyD,  publicó un documento de 23 folios con propuestas programáticas que discutir con los partidos mayoritarios, de forma que quien reclamara su voto para poder gobernar, se comprometiera a aplicarlas. Así que concedió su apoyo al único partido que se interesó en discutirlas y se comprometió en asumirlas –en este caso, el PSOE-, y sin contrapartida alguna, es decir, sin formar parte del gobierno, y pudiendo retirar su decisivo voto si no se respeta lo firmado. Siendo así las cosas, es pertinente cuestionar las facilonas especulaciones sobre el futuro que tan a la ligera hace el Sr.Payeras, en caso de repetirse una situación parecida en Baleares.

Pero no nos engañemos. Lo que verdaderamente le preocupa es la “demagogia antinacionalista”de la que nos acusa. Por lo visto, no se pueden plantear argumentos críticos con una ideología, sin ser acusado de demagogo por quienes la han asumido. Aun tratándose de un intelectual orgánico pagado y promocionado por los medios abiertamente declarados como nacionalistas, sería de esperar algo más que una descalificación sin más contra quienes están demostrando que el origen de los problemas actuales está en la sobredimensión descomunal de unas instituciones autonómicas que se han valido del victimismo nacionalista para engordar parasitariamente a costa de los ciudadanos. Reformar el caos institucional para devolver a la administración a un equilibrio y tamaño eficaces no es pues demagógico, sino señalar las raíces del problema que muchos se niegan a reconocer interesadamente. Claro que siempre ha sido más fácil recurrir al espantajo del enemigo externo o a la falacia de las balanzas fiscales, que reconocer la incompetencia propia. Y esto último es característico del nacionalismo de todos los partidos. De ahí que deje irónicamente a “la imaginación más gótica” de los lectores lo que podría acarrear la entrada de UPyD en las instituciones. Lo dice como si nada hubiera en el panorama actual que  dé señales de haber llegado al límite del agotamiento. A no ser que lo propio de los godos sea cambiar lo que ha dado unos resultados funestos por haberse hecho rematadamente mal. En ese caso, habría que agudizar el oído y la vista, no sea cosa que los que se las dan de modernos resulten ser unos verdaderos cavernícolas que no ven más allá de las fronteras de la tribu.

Realidad o ficción en la educación balear

IES Ramón Llull

Observe el lector la fotografía anterior. Es la fachada del Instituto de Educación Secundaria Ramón Llull, centro educativo público más antiguo y de más solera en Baleares. Parece una foto real. Pero no lo es: es ficción.

Como se ve, ondean la bandera nacional y la autonómica como establece la ley. Acatarla parece preceptivo, consustancial a la democracia. Pero no lo es: es ficción. Hace décadas que no se cumple la Ley de Banderas en muchas instituciones públicas, en especial en los centros educativos. Sin embargo, el lector observará de nuevo la foto, y verá que la vista no le engaña: las banderas están ahí… Pero no, es ficción. La bandera española y la de Baleares ondearon durante un fin de semana en la fachada principal del instituto, porque una productora de cine así lo pidió para filmar unas escenas en las que el centro se convertía en comisaría de policía. Después, fueron quitadas de inmediato.

La verdad es totalmente diferente a lo que se ve en la foto, porque el ambiente educativo balear convierte en realidad la ficción. Caceroladas, protestas, pseudohuelgas, empujones, insultos, lacitos y lazazos con la bandera de otra comunidad autónoma, contaminación auditiva autóctona durante los recreos, vídeos de exaltación lingüística… son las principales acciones con las que sin pudor alguno, sin el más mínimo recato, el nacionalismo se vale de la educación como correa de transmisión de sus consignas, y se aprovecha de un público acrítico, para convertirla en un falansterio identitario. Y son una realidad diaria. No son ficción. Sin embargo, el cumplimiento de la ley –y del mínimo decoro en no instrumentalizarla políticamente- son ficción;  hace falta que se grabe una película para ver la realidad a través del espejo de la ficción.

El docente indecente (II)

El docente indecente se retrata de nuevo. En el vídeo tenemos la enésima prueba, la última deposición de la ética del pedo (acertada expresión de Sánchez-Ferlosio) que practican algunos profesores: como es mío, huele bien, y si el que manipula a los estudiantes soy yo, la pestilencia es maravillosa. Es un acto más en la campaña contra la tímida intención del Govern Balear de reconocer la libertad de elección lingüística en la enseñanza. Hace unos días señalaba la impudicia con la que los poseedores de esencias y verdades incuestionables se sirven de la educación para sus fines. ¿Se puede forjar una educación de calidad con estos mimbres?

Después de tanto discurso, tanta palabrería ciudadana, tanta solidaridad arrojadiza, tanto antiliberalismo de alpargata, y tanta ética sentimentaloide, resulta dramática la desinhibición con la que el docente indecente se desacredita a sí mismo. Se autorretrata con desnudez pasmosa: no deslinda entre enseñar y adoctrinar. No distingue entre los campos personal y profesional, privado y social. Y se vale de su posición como adulto ante un público inmaduro -y todavía acrítico- para convertir en un foro político el ámbito que más aséptico a las presiones ideológicas debería ser. Pero lo peor de todo no es eso, ni que cante con los niños con expresiones groseras que ellos hablan como quieren, cosa que nadie le impide ni le reprocha, sino su libertofobia primaria, su inadaptación a la sociedad plural donde necesariamente hay diferencias de todo tipo, también lingüísticas. Le encanta la uniformidad. Y le molesta que haya quien no la comparta.

Uno, que también ha sido joven, feliz e indocumentado, recuerda que hubo épocas en las que la rebeldía de la juventud consistía básicamente en enfrentarse a los adultos. Me parece más pura esa forma de insurrección -por achacable que sea a la efervescencia de la edad- que el aquelarre de sesgada orientación política con el que se convierte la educación pública en un templo de manipulación doctrinal.