Gente que vive fuera

No cabe duda de que cinco años después, y de la mano de Juan Antonio Horrach, el cinefórum que uno contribuyó a iniciar ha llegado a su culmen. El estreno en Palma, ante un público selecto, del documental Gente que vive fuera, presentado y comentado por uno de sus protagonistas –el escritor catalán afincado en Mallorca Xavier Pericay– puede considerarse una verdadera primicia. Y no sólo por el hecho de que se tratase, efectivamente, de un estreno, ni por la calidad incuestionable del producto, sino también porque quienes conocemos el panorama supuestamente cultural de las salas en las que un documental así debería verse –me refiero, por ejemplo, a Cineciutat– sabemos que la intoxicación ideológica de quienes deciden su programación, se traduce en una férrea censura del silencio contra todo lo que no se ajuste a la religión establecida. Con más motivo pues, se agradece la participación de Xavier Pericay.
Gente que vive fuera es el documental de las víctimas del nacionalismo catalán, que ha producido exiliados que pudieron rehacer su vida profesional y personal en otras partes de España. Su talento les dio la posibilidad de escapar de un ambiente asfixiante, pero también el valor de hacerlo. Porque una vez más y como siempre, no hay nacionalismo que no deje un reguero de sujetos estigmatizados por atreverse a ser individuo antes que tribu. Albert Boadella, Félix de Azúa, Xavier Pericay y Federico Jiménez Losantos (tres barceloneses y un aragonés) dejan testimonio de los distintos aspectos en los que la Barcelona que conocieron en su juventud fue convirtiéndose en lo contrario de lo que fue: el lugar donde había libertades que no había en Madrid. Pero lo más relevante del documental, y le da una categoría excepcional, es que no se ventila cuestión ideológica alguna. El pálpito de la vivencia, no exenta de humor en momentos puntuales –cosa que no soportan los nacionalistas- recorre cada una de sus observaciones, sea en el campo familiar, social, educativo, político o económico. De ahí que Gente que vive fuera sea un documento recomendable, sobre todo, para quienes han caído en la trampa de la propaganda y la mentira, que pretende convertir las cosas en lo contrario de lo que son, transfigurando al verdugo en víctima, y han perdido la capacidad de ver la realidad si no es a través de las gafas de la ideología.

“Leer para vivir”, por Juan Jiménez Castillo

Tarjeton presentacion en Palma de Leer para vivir

 

En el proceloso panorama de la educación en Baleares, la voz de Juan Jiménez Castillo se distingue con luz propia. Mientras otros se sirven de la educación a modo de coartada para divulgar convicciones ideológicas que apenas disimulan un proyecto político, Juan Jiménez procede de forma radicalmente diferente. En sus libros – y éste es el tercero que publica en tres años- se adentra rigurosamente en las deficiencias reales de la práctica docente diaria, y lo que es más importante todavía, propone formas efectivas de mejorarla. No es casualidad que llegue tan lejos, pues el lector comprobará que a un profundo conocimiento del marco teórico y sus tendencias, suma la experiencia real del terreno que pisa –el de las aulas – soslayado precisamente por algunos de los que más elevan el tono en temas educativos. Insisto: no es lo mismo valerse de la educación que servir a la misma.

Pese a que nadie ignora la trascendencia de la lectura como habilidad fundamental, las revelaciones que hace Juan Jiménez con su fino análisis, le dejan a uno pensativo. En lugar de repetir argumentos trillados a los que se recurre habitualmente como cortinas de humo –pedir sin más la implicación de las partes o atribuir toda deficiencia a los condicionantes económicos- nuestro autor centra su investigación en causas internas relativas al ejercicio profesional de la enseñanza en las aulas, sin atribuirlas, como se acostumbra muy a la ligera, a factores externos. Su testimonio de que en las escuelas de Baleares se dispone de un enfoque sobre cómo aprender a leer, pero no de un verdadero método de aprendizaje, confirma la sospecha de que no siempre ha triunfado el mejor modelo pedagógico posible, por enjundioso y sugerente que suene su nombre (Teberovsky). Si sumamos a esto que el mismo marco legal –la LOE- no impulsa el desarrollo de la lectura por no contemplarlo como objetivo finalista hasta la educación primaria -siendo factible adelantarlo al segundo ciclo de la educación infantil-, o que los equipos de las escuelas de Infantil y Primaria no siempre hayan acordado ni discutido qué es lo que más conviene a los niños, resulta patente que se deben hacer mejoras profesionales concretas. En nada se parece todo ello a hacer meras declaraciones de buenas intenciones.

En Leer para vivir, Juan Jiménez revela una situación paradójica. Pese a que nadie niega la trascendencia de adquirir la habilidad de la lectoescritura, resulta que ha triunfado en las escuelas la renuncia a ejercer el papel de verdadero estímulo que desarrolle el potencial de los niños en cuanto brota. Un potencial innato, que ve mermada su capacidad de crecimiento exponencial si no es aprovechado a tiempo, cuando no se malogra. La causa radica en el constructivismo, en un pseudoprogresismo mal entendido que idealiza y eterniza el juego, y en los efectos de lo que Basil Bernstein denominó pedagogías implícitas. Combinando la ironía del experto y el rigor del científico, Juan Jiménez analiza la suma de esos factores, y demuestra sus verdaderas consecuencias. Así pues, los juzga por sus resultados en lugar de por la magia retórica con las que son promovidos, como si la innovación que los caracteriza fuera un fin en sí mismo. No se aprende a leer hojeando, mirando o jugando con los libros -sino que se necesita una labor metódica previa- y, mucho menos todavía, se debe renunciar a las cartillas de lectura. La progresiva desaparición de estos materiales redunda en otra consecuencia indeseable: se extingue la provechosa posibilidad de colaboración de los padres, que ni tan solo pueden prolongar la labor del maestro en casa, fomentando el hábito y el placer de leer. Precisamente en este sentido, Juan Jiménez reivindica la experiencia positiva de las escuelas de padres. Y expone un programa por niveles en los que éstos formen parte de la comunidad educativa (maestros, niños y padres), adquiriendo estrategias prácticas fáciles de llevar a cabo.
Por último, una simple reflexión sobre los posibles defectos de las ciencias humanas frente a las ciencias naturales, que supuestamente los superaron hace siglos. Juan Jiménez Castillo está en el grupo de los que dignifican el estatus de la Pedagogía, inclinándola del lado de la ciencia y alejándola del de la propaganda, motivo por el que no siempre ha salido bien parada del ruido mediático de quienes más dicen defenderla. Los que hemos tenido en ocasiones anteriores la grata experiencia de descubrir -gracias precisamente a la lectura- obras y fuentes que las versiones deformadas de los hechos pretendían escamotearnos, tenemos con Leer para vivir, un ejemplo vivo de lo que su título anuncia. Y una prueba de cómo hay que proceder y por dónde empezar, si realmente se pretende mejorar la realidad educativa española.

 

Plaza Albert Camus

Palma de Mallorca. Plaza Albert Camus. El transeúnte de ese lugar tiene motivos para recordar al autor de El hombre rebelde, pero más que por el nombre, porque la disposición del entorno le permitirá imaginar qué ironías no hubiera escrito el argelino de haberse interesado por la faceta urbanística y arquitectónica del poder -insuflado de teorías, pretensiones y resortes- que sólo su agudo sentido de la desmitificación podía desvelar. Tampoco podrá evitar establecer paralelismos entre la legión de pseudointelectuales que le despreció –Sartre al frente- y los voceros actuales del populismo, que siguen haciendo lo mismo en las clases que imparten: en aquella época ignoraban deliberadamente las vergüenzas y crímenes del comunismo, y hoy se hace lo mismo con los oradores de opereta caribeñobolivarianos. La soledad es el precio de anteponer la ecuanimidad a los embates del sectarismo.
Si nuestro transeúnte mira a su izquierda, verá una estructura férrea que hace pensar más bien en los restos de un accidente áereo que en un Palacio de Congresos en obras. Nadie ignora ya que el montante de dinero público invertido es un abuso a costa del contribuyente, ni que el desinterés y abandono de la iniciativa privada que alentó inicialmente su gestación, indicaba que era el momento de paralizarla, más aún, todo apunta a que el simple mantenimiento del edificio una vez acabado, nos empobrecerá eternamente. Pero todo esto ya se ha dicho. Lo interesante es llegar al fondo de la cuestión, y que nadie se atreve a reconocer abiertamente: la desestacionalización del turismo –coartada con la que se sigue justificando la trama- es un mito irrealizable. La prueba es que hemos oído hablar de ella desde la infancia, sin que nada ni nadie haya podido ir más allá de atraer puntualmente a algún grupo muy reducido de turistas en invierno, lo que en ningún caso basta para mantener activa una industria tan voluminosa.

Vista del Palacio de Congresos desde la Plaza Albert Camus.

Vista del Palacio de Congresos desde la Plaza Albert Camus.

Si nuestro paseante mira a su derecha, cundirá la sorpresa. Un paquebote excesivo que no encaja en el lugar – ni al parecer de muchos, en toda la ciudad- le hará sospechar que un huracán lo arrancó de los muelles para vararlo a poca distancia del mar. Se equivoca. Es un edificio abandonado y en deterioro, ciertamente, pero fue protegido oportunamente por la cúpula de la extinta UM –actualmente en la cárcel- cuando le convino maniobrar en contra de quien legalmente había comprado el solar con el acuerdo de que el vendedor (GESA) lo demolería, y así construir a posteriori. Era una simple venganza por haber recurrido el asunto de Ca’n Domenge, que la cúpula mafiosa había convertido en otro escándalo. El Tribunal Supremo acaba de resolver el asunto: se debe compensar al comprador con 85 millones de euros. Es sólo el principio, porque sobre el paquebote ruinoso quedan pendientes 22 contenciosos más…

Vista del edificio de Gesa desde la Plaza Albert Camus.

Vista del edificio de Gesa desde la Plaza Albert Camus.

 

A nuestro paseante le queda mirar al frente, al mar, en dirección a la costa argelina, que queda a unos 300 kilómetros. Inevitablemente imaginará que Camus hubiera podido añadir a su libro algún capítulo sobre los resortes del ogro filantrópico que, con excusas proféticas sobre el devenir de la economía, arruina el espacio público al tiempo que vacía los bolsillos del ciudadano. Ciertamente, la economía no era lo que más le interesaba, y lo de hoy en día es más ligero que las duras dictaduras de su época, pero cabe dudar sobre el tamaño del atropello económico, y si eso exige otras formas sutiles de rebeldía.

Vista de la Bahía de Palma desde la Plaza Albert Camus.

Vista de la Bahía de Palma desde la Plaza Albert Camus.

 

 

Plis, o el docente decente

Un soplo de aire fresco. Una brizna de decoro y prurito profesional. Una llamada a la reflexión sobre qué significa ejercer la docencia decentemente. Por fin, tras un curso a lo largo del cual uno se ha sentido abochornado por pertenecer al colectivo de los profesores, se presenta PLIS (Profesores Libres de Ingeniería Social).
Puede parecer extraño que haga falta recuperar lo que se daba por hecho, lo que no se suele cuestionar, pues es tan básico, que es condición sine qua non para ejercer profesionalmente la enseñanza. Me refiero a lo que no es ni debe ser un profesor. Un profesor no puede ser un individuo que no distingue entre la institución educativa y sus propias inclinaciones ideológicas. Un profesor no puede carecer de pudor a mostrar su doctrina y valerse de las aulas como vía para divulgarla. Un profesor no debe confundir sus desbordamientos emocionales con la verdad. Un profesor debe encontrar contrapuntos que templen de forma ilustrada las pasiones humanas –también las suyas-, tengan éstas el cariz que tengan. Un profesor no debe ignorar que en todo campo hay corrientes y paradigmas diferentes, también en su especialidad y en cómo ejercerla. Un profesor no debe reducir la realidad a esquemas simples y maniqueos, sino conocer y transmitir su complejidad. Un profesor no debe socavar el desarrollo de conocimientos y facultades que todavía no están maduras. Un profesor no debe entrar patentemente uniformado en las aulas ni pretender uniformarlas.
Podríamos seguir con la lista, pero no es necesario. Pese a lo controvertido que sea el mundo educativo, casi todo el mundo sabe lo que no quiere para sus hijos. Y esto es precisamente lo que nos recuerda el colectivo PLIS, formado por profesores de secundaria. Porque han podido comprobar que las deficiencias profesionales que denuncian, se traducen en graves deficiencias éticas, es decir, en la progresiva degeneración de la educación en general, sobre todo la pública. Se enfrentarán a fuertes presiones y tremendas deformaciones de su mensaje. Es característica de los ingenieros sociales la simpleza del análisis, pero más todavía la dogmática imposición de sus postulados, de ahí la necesidad de que alguien sirva de contrapunto a los que pretenden convertir la educación en un toque de fanfarria, con el que se moviliza a todo el mundo para cualquier cosa… menos para aprender.

 

Hannah Arendt, la película

     En conjunto, el imaginario cinematográfico sobre los filósofos es más bien pobre. Ciertamente, raramente han tenido el tipo de aventuras que interesa al gran público. Tampoco es fácil reconvertir en imágenes la evolución del pensamiento y las ideas. Sin embargo, no siempre han tenido unas vidas tan monótonas como para que no hayan vivido vicisitudes y peripecias dignas de narrar.  Sólo con un buen trabajo de guión -análisis de textos y documentos que no siempre son fáciles- se puede conseguir un buen resultado.

     Es el caso de Hannah Arendt, dirigida por Margarethe von Trotta. La película está fenomenalmente documentada, pues gran parte de los diálogos están extraídos de sus cartas – su correspondencia con Mary McCarthy- o sus obras:  la clase que imparte en una escena, por ejemplo, es un texto de su gran obra Los orígenes del totalitarismo. Von Trotta y Pam Katz son las autoras del guión.

      Cuando en 1960, Adolf Eichmann fue secuestrado en Argentina y trasladado a Israel para ser juzgado por haber organizado el transporte masivo de judíos a los campos de exterminio, Arendt pidió al director de la revista The New Yorker ser su corresponsal en Jerusalén.  Había escrito y reflexionado largo y tendido sobre la mentalidad totalitaria, pero nunca había visto a ningún nazi justificándose, una vez había acabado todo. Pues bien, algo de lo que escribió en su incisivo análisis del juicio y del personaje, enfureció a mucha gente. Hasta el extremo de que las reacciones contra ella la sumieron en una especie de tercer exilio (de Alemania y Francia los dos primeros por ser de origen judío), y el tercero porque el marco de libertad de opinión y de respeto al individuo que sólo había encontrado en los EEUU, parecía haberse roto.

    Como tantas veces ha ocurrido, ese es el precio de pensar en libertad. Un pensador, escritor o periodista, necesita poder decir lo que piensa. En el caso de Arendt más todavía, porque ella siempre quiso entender la realidad, más allá de la comprensible indignación emocional. Y como lo que dijo superaba los esquematismos simples, el maniqueísmo radical, el falso dilema entre blanco y negro, señalando que había matices que se habían ignorado, o que no todas las víctimas lo fueron en el mismo grado, fue atacada visceralmente por el sectarismo ramplón; tanto es así, que por poner por escrito dos aspectos  que se revelaron durante el juicio –el papel de los Judenrät (consejos judíos formados por rabinos eminentes que regían los guetos aplicando las disposiciones de los nazis), y la valoración general de Eichmann, -que no era un monstruo sino un payaso a ojos de Arendt- la acusaron de autoodio, un recurso demagógico propio de  intransigentes de piñón fijo, y hubo reacciones desquiciadas en Israel que pedían incluso su ejecución. La primera es leída –un párrafo- en la película, y la segunda es una frase –en cursiva- que aparece una sola vez en todo el libro.

    La  recopilación de artículos que escribió sobre el caso se publicó en forma de libro en 1963, con el título de Eichmann en Jerusalén; informe sobre la banalidad del mal. El escándalo y las críticas demostraban en general que no se había leído la obra, o bien que no se la había entendido. Es frecuente que se hagan lecturas banales de los filósofos, haciéndoles decir lo que cada lector particular entiende. Arendt se defendió alegando que iban dirigidos contra lo que no había escrito. Una expresión –la perversidad del genio- le fue dedicada con la intención de contrarrestar la de la banalidad del mal, que había pasado a ser conocida por todo el mundo.

     Aclaremos cuanto antes que Hannah Arendt aprobaba el secuestro de Eichmann, defendía el derecho de Israel a juzgarle, y aprobaba su ahorcamiento final, por considerarlo uno de los peores criminales de la historia. Hubo voces que rechazaban estos tres puntos. Le pareció muy desafortunada la descripción que hizo la acusación al calificar a Eichmann de “sádico pervertido” o “monstruo más anormal de todos los tiempos”. Arendt destacaba que lo más grave e interesante del caso es que hubo muchos como él, que no eran sádicos pervertidos, sino personas terriblemente normales, incluso mediocres, que llegaron a cometer delitos atroces, en circunstancias que impedían reconocer que habían cometido actos de profunda maldad. De ahí que achacar los crímenes del nacionalsocialismo dibujando a uno de sus protagonistas como un remedo de Barba Azul, le parecía profundamente desacertado e ignorar totalmente lo más relevante de lo que se había visto en el juicio.

       Puede parecer que la expresión la banalidad del mal no cuadra. Mal y banalidad parecen palabras que se excluyen mutuamente. Quienes no leyeron o no habían entendido la obra de Arendt, interpretaban que quería decir algo así como que lo ocurrido no era tan grave o una banalidad, o que incluso eximía de responsabilidad a Eichmann. Jamás insinuó nada ni remotamente parecido. Se refería a la facilidad con la que alguien tan anodino, tan simple, que no tiene carisma ni iniciativas apenas, que al mismo tiempo que es buen padre ha renunciado a juzgar seriamente sus actos, valiéndose de mecanismos de justificación y racionalización que son de una insignificancia absoluta, puede convertirse en parte activa de la barbarie. Si en Los orígenes del totalitarismo había analizado las fuentes ideológicas profundas del mal radical, aquí constataba que también en las actitudes superficiales de quien renuncia a reflexionar sobre sus actos, puede anidar el mal.

      Y aquí hay un detalle que observar. Arendt era especialmente sensible al lenguaje. Como ella, Eichmann hablaba alemán y eso le permitió captar matices y connotaciones que se perdían en la traducción simultánea (la lengua oficial del juicio fue el hebreo). De ahí que le chocara la absoluta mediocridad del personaje, que repetía consignas –”clichés” los denomina- que además no eran suyos sino prestados de la retórica nacionalsocialista-, lugares comunes en forma de frases hechas que a veces ni él mismo entendía del todo, porque confundía el sentido de las palabras. El libro está plagado de observaciones al respecto. Por multitud de detalles, Eichmann le parecía más bien un payaso que un monstruo, que se había sumado a la posibilidad más cercana que tenía de medrar socialmente. Eichmann era un mediocre intelectual y laboralmente, que se había afiliado en 1932 a las SS sin haber leído Mein Kampf, días después de intentar formar parte de un club de masones. Había logrado pasar por experto en judaísmo tras leer dos libros –dos-. Se califica a sí mismo como un “idealista”. Cuando le pregunta el juez si cree que si hubiera habido más coraje cívico en Alemania, las cosas hubieran ocurrido igual, él contesta que claro que no, todo se hubiera organizado mucho más eficazmente, pero en el mismo sentido. No había tenido las ideas que puso en práctica, pero a veces se jactaba de ello. Insiste en que nunca odió a los judíos, que incluso ayudó a alguno, que lo pasó muy mal cuando le mandaron a ver lo que hacían en el este los einsatzgruppen (batallones que mataban a tiros a judíos y eslavos) o a Chelmno (donde se  los había empezado a gasear en camiones). Mantenía que la expulsión de 45000 judíos de Austria en 1938 –antes de optar por la solución final– era “salvarlos”, pero que llegado el momento, un funcionario tenía que hacer lo que le encargaban y que había hecho un juramento de lealtad. Se tomaba en serio los lemas que inventaba Himmler por Navidad o extraídos de los discursos de Hitler, como el juramento SS, “mi honor es mi lealtad”. Todo ello hacía que en la mente de hombres simples se grabara la idea de que se estaba haciendo algo grandioso, histórico, único: “una gran misión que se realiza una sola vez en dos mil años”, y que en consecuencia, era una pesada carga en nombre de la cual había que destruir la empatía por el sufrimiento humano, pero ese era su deber. En este sentido se declara lector de Kant y partidario del imperativo categórico, que en efecto es una ética del deber, pero vaciándolo totalmente de todo juicio de conciencia sobre lo que se está haciendo, es decir, que no sabe lo que dice cuando se declara kantiano, modelo que además establece que todo humano es un fin en sí mismo. Alegaba que las deportaciones y evacuaciones masivas en tren “habían ayudado a las víctimas, por cuanto les había facilitado ir al encuentro con su destino” (sic). Empezó el juicio declarándose “inocente en el sentido de las palabras de la acusación”, porque él “ayudó y toleró” la comisión de los delitos, pero nunca los consumó él mismo. “Su única culpa era la obediencia, que es una virtud”. “El burócrata cauto, sí, así era yo”…

    Eichmann no necesitaba pensar ni debía hacerlo, cumplía con el orden establecido en un contexto en el que el  deber emanaba de la palabra del führer; este es el cuadro al que se refiere Arendt denominándolo banalidad del mal. Se es plenamente consciente de lo que se hace, pero se ha optado por la irreflexión, cuando es precisamente la reflexión lo que nos convierte en personas capaces de discernir. Por añadir dos detalles profundamente irónicos a este sucinto cuadro, Eichmann devolvió a su carcelero la novela que éste le había prestado, de gran éxito en aquel momento –Lolita, de Nabokov- sin terminarla, porque le parecía “malsana”. Por último, frente a la horca en el momento de ser ejecutado, pronuncia unas últimas palabras afirmando que no cree en la trascendencia ni en la salvación del alma, pero concluye diciendo “señores, nos volveremos a ver todos dentro de muy poco”.

  “Este nuevo tipo de criminal”, dice Arendt, sufre algo como “la anestesia del pensamientolos hombres que no piensan son como sonámbulos”. Pero se refiere a la trivialidad con la que justifica y asume las metas, no a que no supiera lo que hacía, como si fuera un autómata o no fuera capaz de actuar creativamente a favor del mal. De ahí que personas normales que no piensan –un burócrata sigue teniendo capacidad de juicio moral aunque renuncie a aplicarla- en lo que hacen, se convierten en colaboradores necesarios de los crímenes. En otras palabras, cierta forma de estupidez superficial también es parte del mal. No es lo mismo decir que Eichmann no consideraba que hacía el mal, porque había renunciado a pensar, que decir que el mal que hizo es banal.

     Como se comprobó en el juicio, Arendt observó que hubo niveles entre las víctimas. La escritora israelita Idith Zertal, explica en su libro La nación y la muerte, que en los años 50 se juzgó en Israel a judíos que habían sido policías y kapos en los guetos y campos de concentración. Sin embargo, nunca se llegó al nivel de los miembros de ningún Judenrät. El caso Kastner fue paradigmático: el acusador, Grünewald, fue sentenciado por difamación, a pesar de que Kastner había organizado la salida de Hungría de 1685 judíos amigos y parientes de los miembros del Consejo, al mismo tiempo que aplicaba con el resto las directrices nazis en el gueto. El resultado es que casi medio millón fueron a parar a las cámaras de gas. Kastner ya había sido diputado húngaro y siempre estuvo entre las élites. En 1952 era portavoz del ministerio de comercio e industria israelita. Los supervivientes de los Judenrät habían emigrado mayoritariamente a Israel, donde, en general, eran destacados miembros de los partidos políticos que formaron los primeros gobiernos. Pues bien, pese a que el fiscal Cohen había llevado ya casos de este estilo contra kapos de poca monta, en el caso Kastner, se invirtieron los papeles de tal forma, que el estado se puso a favor del acusado y contra el acusador, sentenciándolo finalmente por difamación. La tesis de Zertal –que se pregunta si era menos condenable la colaboración de los consejos judíos que la de los kapos- es que la cohesión y fundación del estado israelita era suficiente razón de estado como para ser duro con los kapos y condescendiente con los Judenrät. Una miopía a conveniencia que creara una historiografía oportuna para la cohesión del pueblo judío, que debía centrar la historia del Holocausto en torno a los muertos, jamás en torno a los supervivientes, pues entre estos había habido muchos grados entre el blanco de las víctimas y el negro de los verdugos, y hablar de los vivos, era entrar en terreno proceloso y contraproducente para la construcción nacional que el recién creado estado de Israel exigía.

    Eso explica que el libro de Arendt tampoco fuera bienvenido por el establishment oficial. De hecho, no se publicó en Israel hasta el año 2002. La escena en la que Sigfried Moses, importante rabino alemán, conmina a Arendt a no seguir escribiendo cuando solamente se había publicado el primer artículo, es real y tuvo lugar en Suiza, aunque no en presencia de agentes del Mossad.

    ¿Ha aportado algo la psicología experimental al tema de la banalidad del mal?

     Sin duda. Son muy conocidos los experimentos de Milgram y Zimbardo, en los que se observa hasta qué punto es capaz de llegar, un sujeto cualquiera, a suministrar descargas eléctricas letales a un aprendiz intencionadamente atolondrado, o a ejercer de carcelero sádico con un preso accidental. En ambos casos se mide el grado de conformidad del individuo, en relación a una autoridad que dirige el experimento, o al rol que casualmente desempeña.

     A priori, ambos experimentos confirman la banalidad del mal. En el caso del experimento de Milgram, del 50% al 65% de los sujetos llegan a dar descargas letales, y el resto abandona cuando también ha llegado bastante lejos. Psicólogos como Haslam han cuestionado, sin embargo, que  la conformidad a secas sea lo que hace funcionar la mente de los profesores y carceleros, en la que subyace el liderazgo activo en nombre de lo que se está haciendo: se sienten comprometidos con un acto, el experimento, que está al servicio del un valor, la ciencia, empresa con la que se sienten identificados. Y aunque de entrada empatizan tanto con el experimentador como con el aprendiz, no lo hacen en igual grado. Después de los experimentos, reconocían que habían apostado por un valor –la ciencia, la verdad, la investigación- y cuando Milgram les agradecía su compromiso, se diluía el complejo de culpa por lo que habían hecho, e incluso se ofrecían a hacer más experimentos en el futuro. Si la simple conformidad con la autoridad elimina la capacidad para darse cuenta de lo que se hace, en realidad lo que ocurría es que se actuaban proactivamente en nombre del bien. Igual que Eichmann, los participantes interpretaban pues sus actos como pasos en favor de algo inapreciable. Así que el mal no surge de la inconsciencia sobre lo que se está haciendo, sino de la identificación activa en nombre de un contenido cognitivo valioso e importante. Esta convicción conduce al sujeto a hacer el trabajo sucio y buscar la aprobación de quienes están en el poder.

    ¿Refuta todo esto la tesis de Arendt sobre la banalidad del mal? En mi opinión, no del todo ni concluyentemente; sea la falta de reflexión, la presencia de un valor superior, o ambas cosas, lo que guía los actos del sujeto, sigue habiendo un conocimiento de las consecuencias previsibles que se producirán, tanto en los experimentos de Milgram y Zimbardo, como en el caso de Eichmann. Por tanto, se asume acríticamente dicho valor o una orden, diluyendo la responsabilidad de las consecuencias al ejecutarla sin más. En definitiva, depende entonces de dónde pongamos el acento – sea en actuar acrítica e irreflexivamente,  sea en el valor por el que se actúa- lo que nos hará entender la banalidad del mal en uno de sus dos aspectos. Y ambos son contemplados por Arendt.

Despedida curso 2012/13

   Es imposible contar la vida de uno mismo sin contar cómo afecta a los demás. Hoy he salido de clase con mi vanidad profesional dolorida. En 4º de ESO, he reaccionado con unas bruscas voces cuando he oído por tercera vez consecutiva el mismo disparate gramatical. Un torrente de lágrimas ha brotado de los ojos de mi víctima, que ha intentado esconderlas en vano. He simulado que no me daba cuenta, para no quitar privacidad a la humillación, pero caigo en la cuenta de que una cosa es corregir a la gente, lo cual está incluido en la profesión y es didácticamente inevitable, y otra muy distinta, es repartir coces.

    2º de Bachillerato. Tras unas consignas teóricas que son un repaso de lo que ya se había explicado, he enfrentado a mis alumnos a varios textos de Aristóteles, cuyo tema y tesis tenían que discernir. Deambulando por la clase, observo desde el fondo mi propio esquema en la pizarra. Unos trazos histéricos, que parecen diseñados por un fugitivo del hospital psiquiátrico que se ha escondido en Son Pacs, me hacen pensar en los pegotes de los chicles pisoteados a la salida de un cine. Uno espera que en este caso, el orden de los factores sí altere el producto, y que la exposición progresiva de lo que parece sencillo, se lo haya parecido también a los demás. Pero cabe tener dudas razonables a la vista de lo que uno mismo ha escrito, y me pregunto qué otras chuflas y chanzas no mereceré, además de las relativas a mi escasa estatura…

    Llega el momento de contrastar lo que han hecho mis alumnos y, como es habitual, aciertos y desaciertos se reparten a partes iguales. Me he propuesto dirigir menos en esta parte de la clase, porque no hay una única respuesta correcta. Así, la natural inquietud de cada cual sobre si lo que ha hecho está bien o mal, le hará releer los textos y madurar sus respuestas, dedicando algo más de tiempo al asunto. Esto, que parece muy correcto sobre el papel, de inmediato se muestra problemático, porque hay quien pide que dicte las correcciones una por una y texto por texto…  Pongo cara de póker mientras me asalta un dilema: si dicto las respuestas, se reduce la clase a la nada, a una copia mecánica en la que el trabajo lo da hecho el profesor, y el aprendizaje es nulo. Si no lo hago, les dejo a una deriva en la que pueden desorientarse más todavía, pues hay textos que efectivamente tienen su dificultad… Suena el timbre, que contrariamente a los lugares comunes, no les ha salvado tanto a ellos de una clase que por momentos se ha hecho pesada, como quizás a mí mismo de encontrar la fórmula del equilibrio ideal entre el estímulo del descubrimiento y la orientación necesaria para no perderse.

    Salgo de clase, preguntándome si la supuesta seguridad profesional que se debe mostrar –y todo el mundo da por supuesta- es parte de la ficción más que de la realidad. Y si no estará uno haciendo a diario algo tan humano como simular que es más de lo que realmente es.

Nota: leí este texto en el acto de despedida de los alumnos del IES Son Pacs que terminaron Bachillerato en el curso 2012/13. Fue mi forma de reconocer que también ellos han tenido paciencia durante años con los defectos de sus profesores.

Contra la mediocridad

El Estado y los servicios públicos pueden ser un buen invento, siempre que no caigan en manos de corruptos o incompetentes. De lo contrario, al ciudadano le conviene buscar organizaciones o empresas  verdaderamente independientes que llenen los vacíos creados, aunque haya que asumir ciertos costes. Tanto unos como otros –corruptos e incompetentes- hacen un daño tremendo a las instituciones, sobre todo cuando les caracteriza la incapacidad de reconocer sus errores y la rotundidad de los hechos contrastables.

     La sociedad no puede esperar eternamente a que ciertas funciones y servicios concuerden con su verdadera función y recuperen el rumbo que perdieron hace décadas. Es sabido que en España tenemos un sistema educativo pensado para los tontos, con el que no aprenden ni los listos. De los informes PISA se desprende un dato esclarecedor: el porcentaje de alumnos excelentes en educación secundaria se ha desplomado (apenas un 3%) mientras que entre los países a los que quisiéramos parecernos oscila en torno al 15%. A menos que creamos que la naturaleza reparte caprichosamente la inteligencia según el mapa de las fronteras políticas, habrá que concluir que algo anómalo está pasando. No solamente el alumnado potencialmente excelente ha sido olvidado y desincentivado por el marco LOGSE-LOE, sino que uno de los principios de la ley –la atención a la diversidad- brilla por su ausencia a la hora de atender a los alumnos con altas capacidades, por más personal que se sume a unos departamentos de Orientación cuya incompetencia será eternamente un enigma por resolver.

    Por su parte, las familias y la opinión pública coinciden en lo más natural del mundo: todos quieren lo mejor para sus hijos. La difícil coyuntura que atravesamos subraya la idea de que una formación lo más sólida posible, eleva las oportunidades para el día de mañana. Pues bien, lejos de que las esclerotizadas castas educativas sindicales, políticas y funcionariales –intoxicadas por intereses particulares y deformaciones ideológicas políticamente correctas- sienten las bases para mejorar las cosas, una organización internacional independiente -no adscrita a ningún territorio ni marco o injerencia política alguna- ofrece un programa de verdadero nivel para estudiantes de Bachillerato, que pueden impartir centros privados y públicos que cumplan una serie de requisitos imprescindibles, y siempre que pasen los filtros establecidos. Conocido como Bachillerato Internacional, otorga un Programa de Diploma (PD) reconocido mundialmente en muchas universidades.

    Lejos de mí la intención de alentar otra mixtificación psicopedagógica que sólo sirve para inventar nuevos camelos que vender a puerta fría, es importantísimo aclarar la premisa sobre la que gira este programa: tanto profesores como estudiantes deben estar dispuestos a trabajar más y mejor, ya que la parte más importante de la evaluación –tanto en trabajos de investigación, ensayos escritos o exámenes finales- es externa, y conforme a unos criterios –formales y de contenido- preestablecidos. He ahí la clave, ya que ser evaluados por profesores de otras partes del mundo garantiza la máxima imparcialidad del sistema.  Sí, la exigencia, la excelencia, el esfuerzo, las ganas de aprender, el deseo de enseñar más y mejor así como aplicar cambios metodológicos que rompan la rutina, subyacen a la actitud de búsqueda y descubrimiento del conocimiento que el BI intenta inculcar. Es decir, todo lo que la deriva del facilismo y el acomodacionismo educativos cuestionaron en pro de un igualitarismo mal entendido que nos ha sumido en la mediocridad.

    No conviene engañarse. El IB no es adecuado para todo el mundo. Si su hijo no es un buen lector, no estudia motu proprio cuando debe hacerlo, no obtiene buenas notas en las asignaturas difíciles y no tiene afán de superación ni inquietud por el aprendizaje, olvídese del BI. Si como docente, prefiere usted no complicarse la existencia con mayores responsabilidades en el nivel de sus alumnos, quédese donde está y súmese al discurso que se ha adueñado de las salas y claustros de profesores de los institutos y escuelas de España. Las cortinas de humo le aseguran la comodidad de no ser evaluado externamente en el desempeño de su trabajo, y encontrar recurrentes chivos expiatorios para lo que se tercie.